La casta somos todos

Segunda entrega de la disección que John Carlin hace al partido de Pablo Iglesias

El escritor y periodista trata de descifrar las causas del fenómeno y su proyecto político

Ampliar foto
Pablo Iglesias en la asamblea de Podemos, en octubre.

De si es verdad que la revolución tendrá que esperar, o de si cabe la posibilidad de que Podemos pase a la historia como un mero revulsivo social, no parecen haberse enterado los militantes de Podemos en un acto público en Vallecas, el clásico barrio obrero del sur de Madrid. “¡Estamos a punto de derribar los muros del castillo!”, exclama uno de los oradores. Tampoco se respira mucha diversidad ideológica. El acto se inicia con una consigna, aclamada con júbilo: “¡Un brindis por la revolución cubana!”.

El acto se celebra en el Ateneo Republicano de Vallecas, una especie de club social para vecinos de tendencia izquierdista. Pero ahora hay algo nuevo que les une: la sensación de que sí, se puede ganar.

“Estamos viviendo un momento histórico, un momento de ilusión”, declara un asistente. “El pueblo obrero y guerrero de Vallecas se prepara para el cambio”, proclama otra. Se repiten disciplinadamente las consignas de la dirección: “Combatir la casta y a la gentuza que nos ha declarado la guerra a los ciudadanos”, a “los banqueros responsables de los desahucios”, a “los poderes ocultos que han secuestrado la democracia”, a “los políticos podridos” que se llenan los bolsillos mientras los niños pasan hambre en los colegios. “La batalla contra la desigualdad es lo que Podemos representa, ante todo”, y cuando llegue al poder “los peces pequeños se comerán a los peces grandes”.

Propuestas concretas sobre cómo se acabaría con la desigualdad no hay, y espíritu de transversalidad, poco. Pero entusiasmo, sí. Y lo que queda constatado es que aunque los números que acumula Podemos provengan de un amplio sector, la energía política, el petróleo que alimenta el motor Podemos, es de izquierdas. Como lo es un diario en venta en una mesa a la entrada del Ateneo llamado El Otro País. En la página cuatro hay un artículo muy crítico con la formación cuyo argumento central es que Podemos, “desideologizado”, ha imitado el modus operandi político de las potencias capitalistas. “Para entender el éxito electoral (presente y futuro) de Podemos”, dice el artículo, hay que recurrir a lo que “los publicistas estadounidenses resumen en: 1) contar una historia; 2) ser breve; 3) ser emocional”.

Maribel Cabrera tiene 36 años, los mismos que Pablo Iglesias, su vecino en Vallecas. Maby, como sus amigos la conocen, vende ropa deportiva en El Corte Inglés, donde gana 850 euros al mes. A sus espaldas tiene una agitada trayectoria como sindicalista y activista local, curtida en el movimiento indignado 15-M; hoy forma parte del equipo de 25 personas que representa a Podemos en el municipio de Madrid.

“Cuando no tenía pareja quería a Brad Pitt”, cuenta Maby, que hoy sí tiene pareja y una hija. Irradia energía y buen humor y ya no sueña más con hacerle la competencia a Angelina Jolie. Es su manera de explicar cómo su asociación con Podemos le ha rebajado las expectativas políticas, adaptándolas al mundo como es, no como quisiera que fuera.

“He sido de izquierdas toda la vida porque quería igualdad social, pero veo que los partidos de izquierda no han conseguido nada, que las ideas utópicas de izquierdas no pueden más. Eso fue hace dos siglos. Podemos es intentar adaptar la sociedad a lo que se puede hacer hoy, es decir, con mucho trabajo y poco a poco, ni de izquierdas ni de derechas”.

A diferencia de Maby, Manu Báez, de 32 años, y Rafa Arias, de 52, ambos también de Vallecas, carecen de trayectoria en la militancia política. Manu, que se gana la vida como profesor de música, no había votado nunca. Pablo Iglesias empezó a convencerle desde su programa de televisión, La Tuerka. “Me gustó desde un principio”, dice, “porque no me trataba como imbécil”.

Aunque los números que acumula Podemos provengan de un amplio sector, la energía política, el petróleo que alimenta el motor, es de izquierdas

Rafa Arias, celador en un hospital además de camarero ocasional, destaca lo mismo. “Siento que Iglesias y los otros profesores universitarios que dirigen Podemos me tratan con respeto, que hacen caso a gente como yo”.

Andrés Serrano, jefe de unidad en la Policía Municipal de Madrid, comparte con Maby una dilatada trayectoria de izquierdas. Llegó a militar en Izquierda Unida, pero su prioridad hoy no es llegar a la dictadura del proletariado. “He bajado el listón”, dice durante una conversación en un bar céntrico de la capital. “Me conformo por ahora con un país más decente, un país donde el trabajo bien hecho tenga recompensa. Que salga el mejor, no el amigo de alguien”.

¿Aboga, entonces, por un capitalismo decente? “De momento, sí. Yo firmo ahora un capitalismo donde mis hijos se esfuercen y les vaya bien. Ahora queremos lo básico, que es regenerar el país, modernizarlo, acabar con las redes de complicidades y los clientelismos, que ha sido lo nuestro desde el franquismo”.

Pero ¿no teme que la ilusión se convierta en decepción en caso de que Podemos llegue al poder y descubra que las arcas del Estado están vacías? “Hay que apostar por algo”, responde Andrés, “y yo he elegido apostar por Podemos. Pero, sí, decepcionará, inevitablemente. El paro no se acabará mañana. Si hay cambio será poco a poco. Pero con tal de que se apliquen las leyes y se dé ejemplo de honestidad, un ejemplo que ayude a cambiar la forma de ser de la sociedad, veré justificado mi voto”.

Alfonso tiene un perfil diferente de los anteriores simpatizantes de Podemos, pero comparte la idea de que las corruptas costumbres de la casta se filtran por toda la ciudadanía. Alfonso, que prefiere no revelar su verdadero nombre, tiene 48 años. Estudió en una universidad inglesa y ha sido director financiero en varias grandes empresas, entre ellas Telefónica. Ha votado al PSOE y también al PP. Hoy piensa votar a Podemos. Incluso ha donado dinero al partido.

Su principal atracción para el electorado radica no en la fuerza de sus ideas, sino en la de su visión moral

Como Andrés Serrano, Alfonso piensa sobre todo en el futuro de sus hijos. “Sus posibilidades a día de hoy son mucho peores que las de mi generación y todos, no solo los políticos, hemos sido cómplices de esta situación”, dice. El problema es, en esencia, moral. O, por decirlo de otra manera, los hábitos amorales de la famosa casta se extienden a todos. “El 95% de los españoles piensa que ‘si hago esto y no me pillan, bien’. Yo veo a Podemos como una posibilidad, la única que veo en el panorama político, de cambiar y regenerar el sistema en general”.

Alfonso insiste en que es el sistema; no es que los españoles sean gente corrupta por determinismo biológico. Cuando llega un inglés a España se suma alegremente a la cultura del “con IVA o sin IVA”; se compra un porcentaje de su casa en la Costa del Sol con dinero negro. Todo tiene que ver con el sistema ético, que viene de arriba, según Alfonso. Por eso él, como Andrés Serrano, considera que con tal de tener un Gobierno que insista en la aplicación de las leyes y dé ejemplo con su manera de administrar el poder, España ya ganaría mucho. “Con tal de que al menos tengan como prioridad combatir el paro y, ante todo, que impongan su modelo de transparencia, ya hay más que suficiente razón para votarles”.

Curiosamente, siendo Podemos un partido formado por profesores universitarios, su principal atracción para el electorado radica no en la fuerza de sus ideas, sino en la de su visión moral. Podemos lo sabe y todo indica que va a tener como estrategia de aquí a las elecciones de fin de año eludir todo lo que pueda hablar de proyectos concretos —cosa bastante habitual en los partidos tradicionales que tanto critican— y hará lo posible para centrarse en donde son más fuertes y creíbles, en su misión de transformación política y social.

Durante una conversación de 45 minutos Juan Carlos Monedero, uno de los profesores fundadores, parece sentirse más cómodo hablando de transformación que de proyectos concretos, pese a que él ha sido señalado como el encargado en Podemos de formularlos.

Esa España es a la que apunta Podemos, ese sector de la población aparentemente creciente que se mira de repente con cierta vergüenza

¿La transformación se aplicaría también a la universidad, el mundo del que todos los dirigentes de Podemos provienen? “La universidad en España es muy franquista en su forma de ser”, contesta Monedero. “Es endogámica, no tolera la desobediencia. Dime cinco grandes obras de la universidad española de los últimos 20 años. No hay”. ¿Quiere decir que la universidad también es casta? “Totalmente. El que le lleva el maletín al catedrático es el que asciende. No es ninguna metáfora”.

Y si España es un país donde hasta un tercio de los desempleados trabaja en negro y a la vez muchos cobran como desempleados, donde saltarse la ley para provecho propio es más la regla que la excepción, ¿no se podría decir, entonces, que todos son cómplices de la casta?

“Claro”, responde Monedero. “Pero con un matiz. Si son corruptos los políticos es porque la gente los tolera, pero se ha roto la identificación del pueblo con los políticos y hay una España ahora que no se ve reflejada en esa manera de ser”.

Esa España es a la que apunta Podemos, ese sector de la población aparentemente creciente que, como dice Monedero que le ocurrió a él en sus viajes al extranjero, se mira de repente con cierta vergüenza y siente un fuerte deseo de modernizar el país. “Somos conscientes”, abunda Monedero, “de que si no cambiamos la cultura política del país no cambiamos nada”.

¿Cómo se hace eso? “Haciendo que nadie pueda tener impunidad, que se cambien algunas leyes, que los partidos no decidan los puestos judiciales y haya independencia del Poder Judicial”. Entonces, ¿a lo que apunta Podemos, como lo ve Andrés Serrano, es a un capitalismo decente? Monedero se toma un par de segundos antes de responder. “No existe”, dice. “No existe el capitalismo con rostro humano. Si te lo ofrecen te están mintiendo. Una renta básica, por ejemplo: eso no te lo puede ofrecer el mercado”. ¿Eso no suena bastante a vieja izquierda? “No. En el momento que vivimos las ideologías son una autoindulgencia”.

Más información