Política

Un fiscal duro que echa el freno

Pedro Horrach, no afiliado y de familia rica y hotelera de Baleares, sigue sin ver indicios suficientes para imputar a la Infanta, en contra de su amigo el juez José Castro

El fiscal anticorrupción Pedro Horrach. / Uly Martín

El fiscal Pedro Horrach ha aparcado el bisturí con el que escruta a fondo escándalos de corrupción. Tenaz, con nervio y brillante, con el mismo criterio de manifiesta imparcialidad e independencia de siempre —subraya su entorno— ahora usará un escudo para intentar proteger a la infanta Cristina de su imputación y evitar que declare en el juzgado de Palma el próximo 27 de abril.

El temible Horrach, de 47 años, cambia el paso pero no de bando. Estaba preparado para desdecir la nueva postura de su cómplice en causas y años compartidos, el juez José Castro, que ha imputado a la hija menor del Rey. Otro indomable, del que le separan 20 años de edad y este episodio jurídico concreto. En dos días de fiesta de Semana Santa, el acusador habitual fue a su pequeño despacho de la Fiscalía Anticorrupción en Palma a trabajar, a preparar en soledad y con calma el sonado recurso de apelación.

Tiene memorizado en parte el espinazo de la causa, que suma ya 41.000 folios. Ha actuado en la construcción de este sumario y en él ha archivado su tratado de geografía: personas, hechos, documentos y declaraciones. Ha echado muchas cuentas y ha repasado cientos de nombres, correos electrónicos, dosieres y convenios.

Minucioso, deportista, militante del café cortado y del tabaco rubio, en su móvil cantan las melodías de Fito y Fitipaldis. Pedro Horrach Arrom, mallorquín, está casado con Ana Zácher, abogada y funcionaria, natural de Bilbao, con la que estudió para la judicatura con el exfiscal del Tribunal Supremo José María Luzón, un conservador, de quien recuerdan su maestría. La pareja de juristas no encaminó a su única hija hacia el oficio; ella ahora estudia medicina.

Su entorno asegura que sus superiores le han dado libertad y autonomía

La familia paterna de Horrach es rica: tiene y gestiona hoteles en Mallorca y en otras zonas del sur de Europa. Sus padres estarían más tranquilos si el incisivo fiscal se dedicara a los negocios familiares. Sobre todo habrían evitado invectivas de clanes mafiosos políticos de Mallorca a los que Pedro Horrach investigó y acusó en otras causas en el pasado.

Se ignoran las opiniones particulares y las querencias políticas de este fiscal anticorrupción que ametralló verbalmente al expresidente balear del PP Jaume Matas y envolvió punzante hasta destemplarlo al duque de Palma, Iñaki Urdangarin, en sus dos interrogatorios en el caso Nóos. El fiscal logró sentar en el banquillo a Matas y luego su condena, e hizo lo mismo —con su compañero Juan Carrau— con Maria Antònia Munar, expresidenta de Unió Mallorquina (UM), el partido bisagra que manejó el poder en las islas durante las últimas décadas.

Horrach no milita en asociaciones de fiscales. Es apreciado por sus colegas, abogados y magistrados, en general. Los policías y guardias civiles le ven como un aliado.

Pedro Horrach se opone a la imputación de la infanta Cristina porque asegura no ver datos claros en los que mantener una acusación concreta, al contrario que el juez. Su posición, aseguran en su entorno, es fruto de la reflexión y ha sido tomada desde el conocimiento de todas las declaraciones y aportaciones existentes.

Quienes le conocen también dicen que rechaza actuar al dictado de la superioridad, que le habría dado libertad y autonomía, sin vetos previos. Obra como lo hizo en 2012 —entonces en sintonía con el juez— y repite su misma postura ahora enfrentado a Castro por el cambio de escenario que el instructor ha articulado con su paquete de indicios a cargar sobre la hija del Rey.

Detenidos por escándalos de corrupción que han sido interrogados por él en la comisaría recuerdan su contundencia, a veces su rudeza en el cerco con interrogantes y facturas que exhibe. Los abogados reconocen su insistencia y su deseo de mantener el secreto de sus casos. Las defensas saben que negocia pactos de conformidad, que los acusados asuman su culpa a cambio de un mejor trato en las penas. El fiscal así logra aliados en el banquillo, arrepentidos, que confiesan los delitos y ayudan a atar la condena a otros reos.

Es famoso entre los detenidos por su rudeza en los interrogatorios

Urdangarin y su abogado intentaron con Diego Torres y su defensor un posible acuerdo previo de este caso, para mitigar el calvario de un largo juicio y una posible dura pena.

Fuentes de su entorno afirman que juez, fiscal, policías e inspectores de Hacienda y funcionarios judiciales forman equipo, sin horarios ni festivos. Pedro Horrach estará como acusador en el juicio contra Urdangarin, Torres y quizá —no se sabe aún— la Infanta. El papel de José Castro concluirá en la instrucción y no deberá defender y argumentar en la vista la acusación que ahora perfila sobre la hija del Rey. Ahí está el abismo. “No es necesario ir siempre a coro”, asume uno de ellos dos.

Cuentan de este fiscal, agradable y educado, que un día se soliviantó, polemizó en tono alto por teléfono. Se enfadó, pero no fue con un imputado en una táctica de interrogatorio. Se rebeló ante alguien importante —que no se revela— en defensa de su criterio. Sucedió mientras efectuaba registros a empresas e interrogatorios a políticos de Valencia. Fue entonces cuando recibió presiones con interferencias y falsas noticias. No se echó atrás.

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