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Manuel Valls, una puerta abierta en Barcelona

El 'vallsismo', que quedó sepultado por el ascenso de Macron, mezcla ley y orden, valores republicanos y social-liberalismo económico

Intervención de Manuel Valls en una manifestación de Societat Civil Catalana, el 18 de marzo. rn rn rn
Intervención de Manuel Valls en una manifestación de Societat Civil Catalana, el 18 de marzo. EL PAÍS

Los políticos de raza, y Manuel Valls lo es, viven en una carrera permanente, propulsados por un motor interno que les lleva siempre a avanzar, que les impide parar en ningún momento. Con casi todas las puertas cerradas en Francia, donde fue primer ministro y aspiró a ser presidente, Valls sopesa presentarse a la alcaldía de Barcelona, la ciudad donde nació hace 55 años.

Además de la defensa clara de la unidad de España y de su posición desacomplejada ante el independentismo catalán, el vallsismo es en su país una mezcla de tercera vía social-liberal en economía, de mano dura en cuestiones de terrorismo y seguridad, y de republicanismo centralista que iguala a todos los ciudadanos ante la ley, más allá de su comunidad de procedencia.

El referente de Valls, nacionalizado francés a los 20 años, es Georges Clemenceau (1841-1929), una elección original, porque El Tigre —este era su apodo— nunca fue presidente de la República. Clemenceau, presidente del Consejo (equivalente a primer ministro) en dos ocasiones, venía de la izquierda, pero era adversario de los socialistas. Como recordó en Le Monde el historiador Michel Winock en 2014, Clemenceau era profundamente laico, y defendió al capitán Dreyfuss, víctima del antisemitismo e injustamente acusado de espionaje. Y ejerció de primer poli de Francia cuando fue ministro del Interior, cargo que Valls también ocupó, y el padre de la victoria en la Primera Guerra Mundial.

Hace un año y medio, Valls pudo tenerlo todo. El presidente François Hollande había decidido no presentarse a la reelección. Y él, socialista desde hacía 37 años, con el bagaje de haber sido jefe de Gobierno en un periodo de atentados sangrantes, decidió intentarlo. Los tropiezos se encadenaron. Perdió en las primarias del PS ante el candidato del ala izquierda, Benoît Hamon. Decidió votar a su exministro de Economía, Emmanuel Macron, que se presentaba por libre con un partido nuevo, En Marche, entre los reproches de sus compañeros socialistas por haber faltado a la promesa de apoyar al candidato. Macron tampoco le recibió con los brazos abiertos. Cuando en junio de 2017 Valls quiso presentarse bajo la etiqueta de En marche, el partido del presidente lo rechazó, aunque aceptó no presentar un candidato alternativo que compitiese con Valls en su distrito en Evry, la ciudad de 52.000 habitantes de la que había sido alcalde durante 11 años. Valls acabó ganando el escaño por 138 votos.

Valls y el catalanismo

“Un joven socialista de la nueva ola, encuadrado en la corriente deMichel Rocard, a quien auguro un buen futuro político”. Así describía en sus memorias Missió a París el histórico socialista catalán Joan Reventós, que los años ochenta fue embajador de España en París, a un joven Manuel Valls.

Los vínculos de Valls con la política catalana, y con el catalanismo son antiguos. En una entrevista con EL PAÍS, el pasado otoño, Valls recordó la figura de su abuelo, Magí Valls, catalanista y católico que fundó el diario El Matí. “Vengo de una familia catalanista”, dijo. “Siempre he hablado catalán. A mediados de los 70 mis primos me llevaron al campo del Barça: había fútbol pero algo más, era más que un club. El 11 de septiembre de 1976, fui con mi madre a la gran manifestación por el Estatut. Esta historia la conozco, y sé lo que han vivido los catalanes durante años, o siglos”.

Valls es hijo del reputado pintor figurativo Xavier Valls. Valls padre (1923-2006) dejó unas valiosas memorias, La meva capsa de Pandora, escritas con la ayuda del escritor Julià de Jòdar, exparlamentario de la CUP.

El exprimer ministro es hoy diputado raso de la Asamblea nacional, adscrito al grupo de La República en marcha, el partido Macron, sin pertenecer a él. Valls y Macron comparten espacio político, aunque discrepen en cuestiones como el papel de las religiones en la política y la sociedad: la laicidad, concepto central en la identidad republicana, que Valls defiende en su visión más rigurosa. Sin partido ni base electoral, ni tampoco diferencias ideológicas nítidas, es difícil imaginar que un día pueda disputarle la presidencia a Macron. Una hipótesis sería que en el futuro Macron le nombrase ministro. Quedan lejos los tiempos donde Valls aspiraba a encarnar el futuro de la socialdemocracia y recibía los parabienes de Matteo Renzi en Italia o Pedro Sánchez en España, que se postulaban como los reformadores del centroizquierda. Los tres tienen hoy un papel secundario en sus países.

Si se presentase en Barcelona, Valls tendría a favor una experiencia y una visibilidad que pocos alcaldes pueden exhibir. Podría ser un inconveniente el desconocimiento del terreno, un inconveniente que en la política francesa raramente se plantea. Alcaldes como Alain Juppé en Burdeos o Martine Aubry en Lille ni siquiera tenían los vínculos que Valls sí tiene con Barcelona.

En octubre de 2014, cuando Hollande impuso a Valls las insignias de la gran cruz del Orden nacional del mérito, el presidente le dedicó la siguiente frase: “Clemenceau nunca fue presidente de la República, pero se puede tener una existencia de éxito sin ser presidente de la República”. Ser alcalde de Barcelona es una posibilidad.