Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Este hombre es uno de los últimos fareros de España

Mario Sanz dejó su pub de Madrid por el cabo de Gata, donde también se dedica a ser agitador cultural

Mario Sanz, en el faro de Mesa Roldán, en Almería.
Mario Sanz, en el faro de Mesa Roldán, en Almería.

Encaramado a un acantilado a 220 metros sobre las olas, en el faro de Mesa Roldán (Almería), Mario Sanz domina un horizonte marítimo de 150 kilómetros en los que ha visto de todo: violentos rayos y centellas, barcos incendiados, persecuciones a narcotraficantes… y la más absoluta tranquilidad que encuentra el urbanita cuando se fuga a una costa apacible. Sanz (Madrid, 1960) es uno de los últimos fareros de España y el jaleo ya lo provoca él mismo, como farero cultureta. “Prefiero decir que soy un agitador cultural”, explica.

Sus dominios (este y otros dos faros, el de Polacra y el de Garrucha), surcados por la brisa y el salitre, son muy diferentes del asfalto madrileño que dejó a principios de los noventa. En la capital regentaba un pub con ambientación cinéfila, en Vallecas, llamado Autógrafo. “Mi mujer quería ir a la playa”, recuerda, “así que le dije: ‘Toma playa”. En las páginas de EL PAÍS vio un anuncio de una academia para ser farero y después de enfrentarse a abstrusas materias de óptica, electrónica o física (él había estudiado Magisterio por letras) se sacó la plaza. “Me metí a esto por inconsciencia, pero al llegar nos adaptamos enseguida, hay que salir de la ciudad para saber lo que hay fuera”, asegura.

Lo particular de Sanz es que su actividad en el faro va más allá de lo puramente técnico y se mete de lleno en lo cultural. Para empezar, ha montado un museo que recoge piezas históricas relacionadas con la vida de los fareros y reproducciones de faros, pero también piezas (pinturas, fotografías) que le ceden artistas inspirados por este mundo. También ha investigado 150 años de diarios escritos por sus predecesores, que encontró en el faro, y ha escrito una historia del lugar. El volumen Lo demás es oscuridad, coordinado por Sanz, es un homenaje de 183 artistas y escritores a los faros. Este “pesimista contento”, este “okupa en el paraíso”, es firme candidato a ser el último farero de España “y eso me ha hecho convertirme en algo así como un guardián de la memoria”, relata.

“Siempre le había dado algo a la escritura, pero al llegar aquí me concentré mucho más”, cuenta. Así, también ha publicado otros títulos relacionados con los faros, tanto de historia como de narrativa, por ejemplo los relatos de Faros sobre un mar de tinta, editado por Playa de Abarka, la editorial del escritor Lorenzo Silva.

¿Queda algo de la romántica figura del farero aislado del mundo en su torre y azotado por la tormenta? “Los faros funcionan de manera automática, no hay que encenderlos, solo requieren mantenimiento. Algunos fareros prefieren vivir un poco aislados, yo prefiero hacer cosas”, explica, “pero lo mío también es romántico”. Entre otras actividades, coordina un club de lectura en la cercana Carboneras —se acaba de leer Patria, de Fernando Aramburu, como miles de personas en España—, organizar eventos poéticos en su faro, colaborar en programas de radio o coordinar una exposición itinerante que ya ha recorrido buena parte de esas costas. Da conferencias sobre el mundo del faro en relación con la cultura y hasta canta. Sabe que es de los últimos de su extirpe. “Los fareros nos vamos a extinguir”, reconoce, “los faros los llevarán empresas externas en las que una persona se dedicará al mantenimiento de muchos faros. No será lo mismo, no le darán vida a estos lugares”.

También cuenta entre sus méritos el haber sido de los primeros en denunciar la construcción del hotel ilegal de El Algarrobico, finalmente parada por los tribunales, en pleno parque natural de Cabo de Gata-Níjar. “Desde el primer día vi cómo removían la tierra y di aviso”, recuerda, “no se entiende cómo pudieron llegar a construirlo. Ahora no se sabe cuándo lo van a demoler”. ¿Volverá alguna vez a Madrid, a los pubs de Vallecas? “No”, contesta, “ni aunque me aten”.