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ANÁLISIS

Ya se han casado

La boda de Sánchez y Rivera se expone a la represalia del amante despechado, Pablo Iglesias

Iglesias y Sánchez en una reunión en el Congreso de los Diputados. Bernardo Pérez El País Vídeo Atlas

Es muy tentador recrearse en el lenguaje nupcial para referirse a las novedades políticas. Rivera y Sánchez desempeñan el papel de novios en el altar, del mismo modo que Iglesias se atiene al papel de amante despechado, provisto como tal de recursos para represaliar el matrimonio eclesiástico entre el PSOE y Ciudadanos.

Lo escenifican Rivera y Sánchez confortados en el consenso y en la responsabilidad, pero la euforia del amor les está haciendo subestimar la aritmética. El maridaje no suma. Requiere, como mínimo, la abstención de Podemos en la segunda vuelta -no es verosímil que se abstenga el PP-, aunque impresiona la mansedumbre con que Iglesias, de momento, ha aceptado la maniobra de tahúr de Pedro Sánchez.

El líder socialista encerraba en la sala roja del Congreso -no es una metáfora- a los valedores y subdelegados del "gran acuerdo de la izquierda" mientras él se reunía en solitario con Rivera para suscribir "el pequeño acuerdo con la derecha".

La solemnidad del matrimonio aspira a sugestionar el panorama político con la retórica del "Gobierno del cambio", pero no resultará sencillo a Sánchez seducir a Iglesias otorgándole un papel de voyeur, cuando no sexualmente pasivo. Activo no puede serlo de ninguna manera porque el modelo territorial y económico de Rivera discrepa en términos antagónicos, absolutos, del que representa Podemos.

Sería el contexto en que Iglesias, despojado de toda iniciativa y del papel de narrador omnisciente, debería acceder a una abstención, justificada en la máxima "todo menos Rajoy", aunque se antoja complicado identificarlo en una posición tan gregaria. Iglesias mutaría de hipervicepresidente a colíder de la oposición, se resignaría a hacer presidente a Pedro Sánchez sin facultades para tutelarlo en la Moncloa.

La buena noticia del acuerdo entre Sánchez y Rivera es que ha habido un acuerdo. La mala consiste en la evidente precariedad. Y en la represalia que Iglesias pueda organizar al PSOE, partiendo incluso de la reunión humillante concebida en la sala roja.

No es que Pedro Sánchez se hubiera ausentado. Tampoco compareció siquiera su primer negociador, José Enrique Serrano, pero los actores despechados de la trama, Izquierda Unida y Compromís incluidos, han encontrado razones para explorar una gran alianza camino de las elecciones anticipadas y a expensas del PSOE.

Se trataría, en suma, de incorporar a Podemos el millón de votos de IU, afianzar la lealtad de las confluencias y conseguir el sorpasso a los socialistas en el umbral del 26J. Conviene recordar que Podemos aspira, en primer lugar, a la hegemonía de la izquierda. Por eso cuesta trabajo, mucho trabajo, creer que Iglesias, pudiendo o queriendo ser la reina, acepte llevar las arras a Sánchez y Rivera para que sean felices y coman perdices.

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