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La ‘fariña’ ahora prefiere Algeciras

La mayor parte de la cocaína entra en España oculta en contenedores a través de cinco puertos, con la ciudad gaditana a la cabeza

Zoido, ante el alijo de casi nueve toneladas de cocaína descubierto en abril oculto en un contenedor de plátanos en el puerto de Algeciras (Cádiz).
Zoido, ante el alijo de casi nueve toneladas de cocaína descubierto en abril oculto en un contenedor de plátanos en el puerto de Algeciras (Cádiz).

El pasado 2 de octubre los GEO de la Policía Nacional asaltaban a 530 millas al noroeste de las islas Canarias el remolcador Thoran, con bandera de las Comoras. Bajo la cocina del barco, una cártel colombiano había escondido 3.800 kilos de cocaína que tenían como destino la costa gallega, donde debían ser recogidos por la organización del histórico narco José Ramón Prado Bugallo, Sito Miñanco. Para los responsables de la Brigada Central de Estupefacientes, esta aprehensión ha sido el epitafio de la vía marítima —la que utilizaba buques nodrizas, pesqueros y, finalmente, véloces lanchas para descargar en España al estilo Fariña—.

El inspector que dirigió aquella investigación cree que, hoy, las grandes terminales de mercancías son el coladero de la cocaína a gran escala y apunta, más en concreto, al puerto de Algeciras. Por allí pasan cada año más de 4,3 millones de contenedores, el escondite preferido de los grandes cárteles colombianos. Al puerto de la localidad gaditana le siguen los de Valencia, Barcelona, Bilbao y Vigo, por este orden. En Europa la palma se la llevan Amberes (Bélgica) y Rotterdam (Holanda), incluso por encima de los españoles.

Nadie sabe en realidad cuánta cocaína entra al año en España ni por los puertos ni por otras vías, pero sí se conoce el volumen de los alijos interceptados. Según datos provisionales del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), en 2017 fueron cerca de 33 toneladas. Aunque la cifra está lejos de las aproximadamente 50 toneladas que se interceptaron en 2006 —récord hasta la fecha—, el año pasado se cogió más del doble que en los 12 meses anteriores, cuando cayeron algo más de 15 toneladas, un mínimo histórico. Este año el volumen de los alijos interceptados —entre ellos uno de 8,7 toneladas, cantidad nunca intervenida antes en Europa en una única operación— auguran que se volverá a disparar la estadística.

Los agentes de la Unidad Técnica de la Guardia Civil son los responsables de analizar los miles de datos que llegan a diario desde las policías de todo el mundo para extraer la información que trasladan a los agentes operativos que combaten el narcotráfico. Uno de sus capitanes —que pide mantener el anonimato por motivos de seguridad— apunta que este incremento de las aprehensiones y del tamaño de los alijos es consecuencia directa del aumento de la producción al otro lado del Océano Atlántico, y la consiguiente bajada de precio del polvo blanco en origen. “Los narcotraficantes que la importan invierten el mismo dinero que antes, pero reciben más a cambio”, señala el oficial, y detalla que en la actualidad las organizaciones pagan entre 1.260 y 1.680 euros por kilo de cocaína con un 85% o más de pureza.

El valor se multiplica hasta los 30.000 euros una vez en España, aunque esta cifra fluctúa. El precio en destino es uno de los principales indicadores para saber si entra mucha o poca droga. “Cuando aprehendemos un gran alijo, el kilo puede subir hasta los 33.000 euros. Cuando nos los cuelan, baja hasta los 27.000”, recalca el comisario Antonio Martínez Duarte, jefe de la Brigada Central de Estupefacientes y uno de los máximos expertos en la lucha contra el narcotráfico.

El mando policial destaca que en los puertos españoles los narcos han sido capaces de crear una madeja de colaboradores que convierten sus muelles en muros de silencio y connivencia, en los que es muy complicado investigar. A golpe de sobornos, los cárteles cuentan con la colaboración de muchos de sus trabajadores. Desde estibadores a guardias civiles, desde empleados de navieras a transportistas, agentes de aduanas y consignatarios. “La cocaína genera mucha corrupción”, afirma otro inspector de la Brigada de Estupefacientes, que detalla que algunos de estos colaboradores cobran 10.000 euros por mirar hacia otro lado, mientras otros se embolsan cantidades de seis cifras por poner los alijos a buen recaudo. Algunos cobran en cocaína. Los narcos destinan hasta un 30% del alijo a estos pagos. Un teniente del Grupo de Drogas de la Unidade Central Operativa (UCO) apuesta focalizar las investigaciones también en estas tramas de colaboradores, caigan o no con ellas grandes cantidades de droga. “Están implicadas muchas personas y, sin ellos, los cárteles tendrían difícil colar la cocaína”, defiende.

El protagonismo de los puertos de mercancías en el narcotráfico no es nuevo. Hace más de 10 años que los contenedores son utilizados, aunque entonces, con las rutas marítimas a pleno rendimiento, las cantidades eran mucho más modestas (a veces, menos de 25 kilos). Ya entonces la droga se introducía en contenedores de mercancías legales con un sistema conocido en la jerga como gancho ciego o rip off. Eran mochilas llenas de cocaína que entraban y salían de los contenedores gracias a empleados corruptos tanto de los puertos de origen como de los de destino. La dificultad para detectar estos alijos ha hecho que no solo se siga utilizando este método, sino que las cantidades hayan aumentado de manera espectacular. “Es raro el gancho ciego que no supera los 300 kilos”, destaca el comisario Martínez Duarte.

Para los alijos más grandes, los narcos prefieren fletar sus contenedores. Crean empresas pantalla a un lado y otro del Atlántico, y simulan relaciones comerciales que justifiquen el envío de cualquier producto. Unas veces se esfuerzan y ocultan la cocaína meticulosamente. Otras, simplemente la tapan. Ocurrió con las 8,7 toneladas aprehendidas en Algeciras en abril. Sólo había plátanos en las cajas de la fila superior de los palés. El resto de los embalajes iba hasta arriba de paquetes de cocaína. Un detalle que, como destacan policías y guardias civiles, demuestra que la organización que hizo el envío, el cártel del Golfo del colombiano Dairo Antonio Úsuga alias Otaniel, había conseguido colar antes otros alijos menores y había concluido que Algeciras era una puerta abierta de par en par. “En el último año y medio, este cártel ha estado detrás de la mayor parte de lo que hemos aprehendido. Hablamos de más de 18.000 kilos”, destaca el comisario.

“La pérdida de tanta droga siempre provoca tensiones y ajustes de cuentas entre los implicados en el envío”, señala el teniente de la UCO, que recuerda que los llamados vuelcos (robos de droga entre narcos) se han convertido en algo habitual. Nadie se fía de nadie en un negocio en el que los cárteles envían a España a sus propios notarios para certificar que la droga enviada llega y nada se pierde por el camino. Mientras, los grupos de delincuentes del Este ganan protagonismo en detrimento de los clanes españoles, relegados a ser facilitadores de la entrada de la droga. “Sito Miñanco era el último grande”, asegura el jefe de la Brigada Central de Estupefacientes. “Solo quedan otros dos grupos, también gallegos, capaces de embarcarse en operaciones de miles de kilos”. añade. La batuta está ahora en manos de grupos de albaneses, polacos, búlgaros o marroquíes que han asentado parte de su estructura en España —principalmente en la Costa del Sol y Levante— para controlar mejor el negocio de fariña, que ahora pasa por el Sur de España.

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