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Cospedal y Sáenz de Santamaría, una década de lucha en la cumbre del PP

El enfrentamiento entre la secretaria general y la vicepresidenta del Gobierno estalla en el peor momento para Rajoy

Dolores de Cospedal (sentada) y Sáenz de Santamaría, en la recepción del Día de la Comunidad de Madrid el pasado 2 de mayo. ATLAS-QUALITY

Hace mucho tiempo, casi una década ya, que estas dos mujeres se acechan sin mirarse. Desde que, allá por 2008, Mariano Rajoy empezara a darles poder y a aumentarlo de forma casi paralela, primero en el PP y luego en el Gobierno, las abogadas del Estado Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal, de 46 y 52 años respectivamente, libran una batalla cada vez más explícita a la que arrastran también a sus equipos.

Se trata, según coinciden de forma casi unánime una docena de fuentes relevantes del PP y del Gobierno, de “una lucha de poder para ver cuál de las dos está más cerca de Rajoy”. El incidente protagonizado el pasado 2 de mayo durante la recepción por el Día de la Comunidad de Madrid —la vicepresidenta del Gobierno y la ministra de Defensa dejaron que los fotógrafos certificaran su desencuentro— ha vuelto a poner el foco en una extraña disputa que, según las mismas fuentes, “Rajoy conoce, consiente e incluso a veces alienta”. Los entornos de ambas reconocen que no son amigas, pero aseguran que mantienen una relación correcta.

"Fue un espectáculo bochornoso"

"¿Cómo estarán las cosas entre ellas [Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría] para no haber podido evitar ese espectáculo bochornoso? Y en un momento además en que el partido no se lo puede permitir". La que habla —refiriéndose a la escena que se vivió el pasado 2 de mayo, durante la recepción del Día de la Comunidad de Madrid, con Cospedal y Santamaría separadas por una silla vacía y sin apenas mirarse— es militante del PP, tiene la misma edad más o menos que las protagonistas de la polémica y hubo un tiempo en que ejerció como asesora del Gobierno.

"Tanto la una como la otra tienen buen trato con sus equipos, los cuidan, pero la mala relación entre ellas termina salpicándolo todo", afirma. "Las dos quieren ser la que susurra en la oreja del presidente [Rajoy], y mientras el partido va como pollo sin cabeza. Lo de Cifuentes [expresidenta de Madrid] ha sido un palo, nadie sabe qué va a pasar, y ellas, mientras, peleadas".

Hay que rebobinar casi una década para ir al origen del conflicto. Junio de 2008. Valencia. Congreso del PP. Cuatro años después de su sonada derrota electoral contra José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy decide quitarse el lastre de José María Aznar en el partido y prescinde de Ángel Acebes y de Eduardo Zaplana. Su decisión es que dos mujeres jóvenes, María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría, ocupen los puestos dos y tres del partido. Cospedal, en aquel momento presidenta del PP de Castilla-La Mancha y antigua consejera de Transportes de Madrid con Esperanza Aguirre, sería la nueva secretaria general. Sáenz de Santamaría ocuparía la portavocía del PP en las Cortes.

Si Cospedal apenas tenía experiencia política, la de Sáenz de Santamaría era nula. Rajoy la había fichado en 2000 como asesora jurídica a instancias de su amigo y consejero Francisco Villar, quien vio futuro en aquella abogada del Estado de 28 años. A pesar de que el Congreso de Valencia es amargo y conflictivo —la ruptura con Aznar, los amagos de Esperanza Aguirre con aguarle la fiesta a Rajoy—, las incorporaciones de Cospedal y Sáenz de Santamaría son bien recibidas. Lo que no se detecta en aquel momento son unos movimientos incipientes, bajo radar, de Francisco Villar para blindar a su pupila en la cúpula.

Villar, quien había sido jefe de gabinete de Rajoy hasta su relevo por Jorge Moragas, le construye a Saénz de Santamaría en el Congreso de los Diputados una guardia de corps propia, potente, ajena a las directrices de Génova 13, la sede del PP. Desde el equipo más cercano a Cospedal se señala justo ese momento como el inicio del conflicto entre ambas: “Cuando Soraya es nombrada portavoz hace todo lo posible para dejar claro que ese es su territorio y que quiere estar al margen de la secretaria general del PP. No reconoce a María Dolores su autoridad como número dos del partido”, sostienen estas fuentes. Una estrategia que se acrecienta con los años y se hace evidente cuando, en diciembre de 2011, Sáenz de Santamaría se convierte en la vicepresidenta del primer Gobierno de Mariano Rajoy y, de forma casi automática, empieza a actuar como la número dos de facto del partido.

Según las mismas fuentes, “Soraya ya no acepta siquiera los planteamientos y sugerencias que hace la secretaria general para la confección de los segundos y terceros niveles en distintos departamentos del Ejecutivo, algo que siempre había sucedido”. Cospedal intenta terciar en la selección del puesto de portavoz en el Congreso que Santamaría deja vacante, pero la vicepresidenta se adelanta y nombra a Alfonso Alonso, exalcalde de Vitoria, un político de su total confianza.

El servicio secreto

La relación, ya muy deteriorada en la Navidad de 2011, se rompe definitivamente tres meses después. Marzo de 2012. Por culpa de unas muy oportunas informaciones, los maridos de la vicepresidenta del Gobierno y de la secretaria general del PP se ven obligados a renunciar a formar parte de sendos consejos de administración de importantes empresas, unos puestos muy bien remunerados. Primero es el esposo de Cospedal, Ignacio López del Hierro, quien tiene que dejar su cargo como consejero de Red Eléctrica de España, una empresa controlada por el Estado. Una semana más tarde se conoce el intento de Iván Rosa Vallejo, marido de la vicepresidenta, de fichar por Telefónica. Aunque siempre en privado y nunca de forma directa, ambas se acusan mutuamente de las filtraciones. Una constante desde entonces que cobra fuerza cuando Sáenz de Santamaría se hace cargo del Centro Nacional de Inteligencia (CNI).

Una fuente del PP admite que la actual ministra de Defensa acusa a la vicepresidenta de haber espiado a su marido y pone en entredicho su forma de manejar los servicios secretos: “Habría que ver qué papel juega el CNI en las crisis políticas generales, en los problemas del partido y en las cuestiones personales”, dice. Desde el bando de Cospedal se han atribuido sin pruebas a dosieres en favor de Santamaría muchas de las polémicas y escándalos que han afectado en estos años a relevantes miembros del Gobierno o del PP, desde la dimisión de José Manuel Soria al recambio de Jorge Fernández y José Manuel García-Margallo o los casos que han dilapidado ahora la carrera política de Cristina Cifuentes.

Ese sector del PP y del Ejecutivo, veterano y cercano en lo personal a Rajoy, habría logrado que se etiquetasen como grupos de presión (primero G-8 y luego G-5) unas simples cenas de parejas con el denominador común de poner a caldo la ambición de la vicepresidenta. El daño evidente para el PP y el Ejecutivo de esta división es la falta de coordinación y de trabajo en común de dos de sus figuras teóricamente más rutilantes, pese a los intentos promocionados desde La Moncloa para, al menos, compartir agendas.

Entre 2008 y el siguiente congreso del PP, ya en 2012, Cospedal ejerce a duras penas sus labores en Génova. La presión es máxima con la explosión del caso Gürtel. Es también la época del mensaje de Rajoy a su extesorero Luis Bárcenas —“Luis, sé fuerte”— y del famoso “despido en diferido”. Cospedal intenta evitar las ruedas de prensa. Se atrinchera. Intenta tapar lo imposible. Se siente sola. Se queja de que nadie va en su ayuda durante sus careos con Bárcenas. Santamaría es miembro del comité de dirección y del comité ejecutivo del PP, pero evita comprometerse en ese fango.

Esa elusión de responsabilidades de Santamaría sobre el pasado sucio del partido, que siguió de manera evidente cuando ejerció de portavoz del Ejecutivo, aún le pasa factura internamente y lastra sus aspiraciones. Un cargo importante en el PP, que dice tener buenas relaciones con ambas, lo resume de manera muy gráfica: “En el partido hay una especie de épica de haber estado en los momentos duros. Un marchamo de autenticidad que te lo da el haberlo pasado mal por el partido. Ser del PP es también sufrir por el partido. Y Soraya nunca lo ha pasado mal. Nunca ha asumido los marrones del partido, mientras María Dolores no se escabulle. En el partido vemos a Soraya como una especie de tecnócrata que está aquí como pudiera haber estado en Ciudadanos. Ha acumulado mucho poder, pero sigue estando sola. Y, si aspira a suceder a Rajoy algún día, eso se puede convertir en un gran problema para ella”.

Ya por entonces, año 2012, la enemistad entre Sáenz de Santamaría y Cospedal se hace patente hasta en los más pequeños detalles. De una cuestión política pasa a una cuestión de piel. El 7 de octubre asisten juntas en la plaza de San Pedro del Vaticano a la proclamación de Juan de Ávila (1499-1569) como “doctor de la Iglesia”. La víspera, el entonces embajador español en la Santa Sede, Eduardo Gutiérrez Sáenz de Buruaga, les ha informado de que, según las nuevas costumbres “más flexibles” del Vaticano, ya es factible un dress code sin la tradicional mantilla y peineta negra. Una y otra asienten, pero Cospedal se presenta sin avisar con ese atuendo antiguo, llena de perlas, rompiendo la armonía en el protocolo. El entorno de Santamaría atribuye esa reacción a “unos celos patológicos que han ido aumentando a través de los años”.

En 2016, Cospedal es nombrada ministra de Defensa. Dirigentes próximos a la vicepresidenta sostienen que la ministra “nunca ha sabido compatibilizar ambos cargos”, el del Gobierno y el del PP, y que la secretaria general “no controla el partido, que va como pollo sin cabeza”.

Partidarios de uno y otro bando admiten, en cualquier caso, que existe una pugna por acaparar la confianza de Rajoy, una carrera por hacerse imprescindibles. El hecho de que no estén claros los planes de Rajoy sobre sí mismo impide que pueda establecerse que Sáenz de Santamaría y Cospedal estén luchando por la sucesión, pero sí por estar bien colocadas para lo que pueda suceder. Y una manera muy eficaz de situarse bien es eliminar del paisaje al posible competidor. Desde el entorno de la vicepresidenta se alaba a Cospedal como la candidata ideal del PP para recuperar Castilla-La Mancha, mientras que el bando contrario vería con muy buenos ojos que Sáenz de Santamaría fuera entronizada por Rajoy como candidata a la alcaldía de Madrid. Se trata, lógicamente, de piropos envenenados.