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Teléfono contra el suicidio, ¿dígame?

Cada año se quitan la vida unas 3.500 personas. Los afectados creen que muchos se pueden prevenir

En poco más de dos meses, el teléfono contra el suicidio de la Asociación La Barandilla (91 03 80 600) ha sonado más de 130 veces, dice su presidenta, Ana Lancho. "Y eso que somos una asociación pequeña que casi no ha tenido publicidad". Y que, por falta de fondos, solo atiende de 9 a 21 horas los siete días de la semana. Lancho no tiene dudas sobre su efectividad. "Después de muchos años trabajando en el hospital de día de la asociación y viendo a muchas personas con enfermedad mental y otros problemas, creímos que debíamos afrontarlo. Hay que hablar del suicidio. Y hay que hacerlo con las personas afectadas para poder ayudarlas".

Lancho y su asociación forman parte de un movimiento creciente de personas relacionadas con el suicidio que cree que el silencio que rodea a esta práctica es perjudicial. Entre ellos está Cecilia Borràs con la asociación que fundó y preside: Después del Suicidio. Asociación de Supervivientes. Borràs perdió por esta causa a un hijo en 2012 y desde entonces trabaja para poner este problema en la agenda. "La mayoría de las veces, las personas que se suicidan no es que quieran morir, lo que de verdad quieren es dejar de sufrir. Y eso se puede tratar", afirma Borràs. Lancho coincide: "Hay que hacerles ver que el dolor puede pasar, pero la muerte, no". 

Los datos demuestran que el problema del suicidio está estancado. "La invisibilidad no ayuda; no hay prevención", dice Lancho. Cada año alrededor de 3.500 personas se quitan la vida en España. O, al menos, eso es lo que recoge el Instituto Nacional de Estadística (INE, 3.569 en 2016, el 0,9% del total). Las asociaciones opinan que el número real de casos es mayor, ya que muchas veces los allegados piden que en la causa no figure en el certificado médico por miedo al estigma, a los problemas judiciales o a que en la parroquia pongan pegas para el entierro. 

Aparte del número de muertes, a los afectados les preocupa que este se mantiene invariable. Mientras en otras causas de fallecimiento como los accidentes de tráfico o el sida ha habido descensos claros, en el suicidio se mantiene. Por ejemplo, en 2004 fueron 3.507, también el 0,9%.

Carmen Regidor en la sede de La Barandilla.
Carmen Regidor en la sede de La Barandilla.

Carmen Regidor Marcos ha intentado suicidarse dos veces. Cree que si hubiera existido un teléfono de atención hace 10 años probablemente habría actuado de otra manera.

Carmen Regidor Marcos, una madrileña de 59 años, ha estado dos veces a punto de engrosar esa estadística. Hace ya más de 10 años, tras una vida llena de complicaciones (malos tratos, indigencia, alcoholismo, prostitución) intentó dos veces quitarse la vida. No lo consiguió, algo de lo que no se arrepiente.

Regidor consiguió salir del alcohol, pero en noviembre del año pasado, por problemas con un hermano por la herencia de sus padres, volvió a caer. "Me está costando mucho salir", admite con una sonrisa que parece desmentir todo su sufrimiento. "Me recluí muchísimo. La vuelta está siendo mucho peor", cuenta. Ella fue de las primeras en llamar al teléfono de La Barandilla. "En principio lo hice por curiosidad, pero no me atrevería a decir que no estuviera pensando en el suicidio otra vez". "No es fácil. Hay que ser valiente para planteártelo; no es nada de cobardes. Pero uno toma la decisión cuando no existe nada que pisar ni sobre lo que volar". 

Un paso que merece continuidad

Cecilia Borràs, presidenta de Después del Suicidio. Asociación de Supervivientes, valora mucho una iniciativa como la del teléfono contra el suicidio de la Fundación La Barandilla. Coincide con la presidenta de esta, Ana Lajman, en que debería estar operativo las 24 horas del día. "Por la noche hay más demanda", afirma, pero sabe de la complejidad de contar con este servicio atendido por profesionales.Por la noche las llamadas se desvían añ Teléfono de la Esperanza.

Además, Borràs cree que las cifras de llamadas atendidas muestran que la iniciativa es un éxito, y apunta aspectos de mejora que cree que deberían contar con financiación. El primero, que sea un teléfono gratuito como el 016 de atención a las víctimas de violencia de género.

El segundo, que igual que el 016, no deje rastro en la factura. De esta manera la persona se sentirá más libre de llamar para comentar su caso sin preocupar a su entorno si no quiere hacerlo. "Muchas veces se elige hablar con un escucha anónimo", afirma.

Después de dos llamadas al teléfono, Regidor es en este momento más una usuaria del centro de día que del teléfono contra el suicidio. "Para mí es mi espacio de salud", afirma. Por eso con ella se ha hecho la excepción de que sabe con quién ha hablado. En la asociación a los profesionales que cogen las llamadas les llaman escuchas, y son anónimas. "Tenemos 10. Hay una psicóloga contratada, y el resto son voluntarios: un psiquiatra, siete psicólogas y una asistente social especializada en salud mental", dice Lancho. La presidenta de la asociación admite que el ideal sería que todos estuvieran contratados y poder atender las 24 horas al día, pero los fondos no les llegan para tanto.

Una de las escuchas es J. L. A ella le tocó el momento más complicado del poco tiempo que lleva la asociación: atender a una persona con un suicidio en curso. "Llamó cuando ya se había tomado las pastillas. Hubo un momento en que colgó el teléfono, y pensé que ya se había acabado. Pero lo volvió a coger y lo mantuvimos despierto más de 40 minutos hasta que nos dijo dónde vivía y llegaron la policía y el Samur". En otros tres casos, las personas que llamaron "ya tenían todo preparado". Consiguieron convencerlas de que no se quitaran la vida.

"La gente llama en un momento de desesperanza. Y nosotros respondemos con protocolos. A veces tenemos que preguntarles qué les está pasando, que por qué han llamado. Pero la mayoría de las veces empiezan a hablar, aunque cuando tienen que mencionar el suicidio a muchos les cuesta decirlo"·, cuenta J. L. Entonces, a ellos les toca reorientar a la persona y "engancharles a la vida, buscarles la fortaleza que puedan tener". "Muchas veces les decimos que quieren dejar de sufrir, no que se quieran morir".

El anonimato es importante para que los escuchas puedan hacer su trabajo con cierta distancia, y sin que se cree un enganche con alguno de los que llaman. "Muchos nos preguntan que quiénes somos, pero se tranquilizan cuando saben que somos profesionales. A veces solo quieren hablar, porque es un tema que no pueden tratar con su mujer o con su marido, porque se preocuparían. Al final todos, todos, dan las gracias", afirma J. L.

Aproximadamente la mitad de los que llaman al teléfono son hombres, y el grueso de sus usuarios son de mediana edad. "Tenemos que llegar más a los jóvenes", dice Lancho, la presidenta de la asociación.

Cecilia Borràs cree que los datos de llamadas al teléfono –"son muchísimas, casi dos al día"– indican claramente la magnitud del problema. "Y eso que ellos no atienden por la noche [derivan las llamadas al teléfono de la esperanza], que es la peor hora". La presidenta de Supervivientes-Después del Suicidio está muy esperanzada con este tipo de iniciativas. "Es muy importante que dé visibilidad y que sean profesionales. Cuando uno está tan desesperado no llama para que un voluntario con su mejor intención le diga que hay que animarse. Esa fase ya la tienen superada. Necesitan atención profesional". 

Carmen Regidor lo tiene claro. "Si el teléfono hubiera funcionado el año pasado, yo no estaría como estoy ahora. Pero soy optimista y lo voy a superar".

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