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El independentismo busca brújula

Los separatistas no forman un bloque compacto, no son una mayoría unívoca, carecen de programa, dudan entre repetir la rebeldía o cumplir la ley y afrontan ahora con la formación de la Mesa el primer gran dilema de la legislatura

Cantada de villancicos frente a la cárcel modelo de Barcelona para pedir la libertad de los Jordis, Junqueras y Forn. En vídeo, declaraciones este martes del portavoz de ERC, Sergi Sabrià.

El 21-D dejó al independentismo catalán —pese a su buen resultado— a la búsqueda de una brújula que lo lidere, organice y programe su probable (no indiscutible) mayoría parlamentaria.

Bracea en el desconcierto porque sus centros de irradiación están dispersos, entre Barcelona, Bruselas y la cárcel de Estremera. Pero no solo por eso, también porque se produjo un espejismo general. El de que había dos bloques enfrentados (secesionistas y constitucionalistas) entre los que planeaba un comodín equidistante (los comunes).

Y eso no era exacto. Más que bloques, hubo áreas, con graves fisuras internas, de programa, de estilo y liderazgo. Por no haber, no hay aún una indicación clara de si el área indepe persistirá en el unilateralismo que tanto daño colateral causó; o si acomodará su actuación dentro del marco legal vigente. ¿Hay mandato?

La primera decisión será elegir la Mesa. Prefigurará la nueva mayoría del Parlament. Es falso que solo haya una mayoría posible, la secesionista. Aritméticamente existen al menos cuatro:

1. Indepe: Junts per Catalunya, ERC, la CUP; 70 diputados.

Primer problema: hay ocho en la cárcel, o prófugos. Varios deberían renunciar y dejar correr las listas a los que van detrás y están limpios. Al menos a seis, con lo que se podría mantener a Carles Puigdemont y a Oriol Junqueras como electos, sin perder la mayoría (68). Habría que compensar con épica a los descabalgados con cargos y sueldos.

Segundo problema: con qué programa gobernaría. Son contradictorios. Junts per Catalunya solo tiene un lema: restituir el president “legítimo”, “el gran vencedor de las elecciones” —fue la segunda lista, perdedora frente a Ciudadanos—, lo que le otorgaría una insólita patente de inmunidad.

Su coherencia en los mensajes es muy mejorable: en campaña acuñó la idea de que “para que vuelva el president hay que votar al president”: pero solo ha sido segundo y, en cambio, reclama la primogenitura. Se inclina por el unilateralismo: fue a las elecciones pero las reputa de “ilegítimas”. La CUP le apoya; solo investirá presidente, anunció, a Puigdemont, no a ningún otro.

La sintonía con los antisistema incomoda a los viejos convergentes (echaron de la presidencia a Artur Mas); y a los jóvenes leones del partido, el PDeCAT, que propugnan volver a la sensatez. Y a un ritmo soberanista pausado, contra el creciente radicalismo de Puigdemont, que solo habla de mayoría secesionista.

Esquerra es más matizada. Propugna el “bilateralismo”: negociar tú a tú con el Estado la situación posreferéndum del 1-O, algo poco definido. Insisten mucho en incorporar a la CUP a pleno título. Y, novedad: a los más o menos equidistantes comunes.

El recelo de la CUP a votar a alguien diferente a Puigdemont podría ablandarse. ¿Cómo? Con la cesión de un diputado (algún dirigente ya lo acaricia), de forma que pudiese gozar de las prebendas asociadas a disponer de grupo (no llega a los cinco), tanto de presencia (en comisiones parlamentarias y en tiempos de intervención) como de intendencia. El poder, ay, qué eficaz argamasa.

2. Indepes sin la CUP y con los comunes; 74 escaños.

Catalunya en Comú (Xavier Domènech) dispone de ocho escaños, justo los que necesitan Junts per Catalunya y ERC para rellenar el vacío de sus electos indisponibles en Bruselas y en Estremera.

Desventaja: políticamente es muy difícil el cambio de aliados y el repudio del más consistente y militante partido secesionista (la CUP). Ventaja: elimina la incómoda asociación con los antisistema.

Esquerra está muy en contra de prescindir de ellos, aunque acaricia a los comunes (que rehúyen ese bloque, no quieren saber nada de “la derecha” posconvergente). Pueden ofrecerles la contrapartida de apoyar a Ada Colau en el Ayuntamiento de Barcelona, donde se aguanta con una minoría declinante y enclenque (11 sobre 41 concejales).

3. Empate entre indepes y no indepes (Ciudadanos, PSC, PP, comunes), a 65 escaños.

Si los tres electos encarcelados (Junqueras, Joaquim Forn y Jordi Sánchez) obtuvieran la libertad (antes de la constitución del Parlament el próximo día 17), pero no así los cinco huidos a Bruselas. En teoría eso daría mayores bazas a una candidatura de la líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas, a ser investida presidenta.

4. Variantes.

La cosa va de pocos escaños (y puede complicarse con nuevos procesamientos). También de pulsiones muy personales (a renunciar o no al puesto).

Y de la inveterada opacidad de Puigdemont sobre sus intenciones inmediatas (¿intentará acudir clandestinamente a la investidura, aprovechando que el recinto de la Cámara es inviolable?) Cualquier mínima variación trastocaría la arquitectura de cualquier mayoría. Se llama volatilidad.

¿Es mejor una Mesa con mayoría o incluir a todos?

La primera decisión es elegir la Mesa. Y es estratégica. Prefigurará la nueva mayoría del Parlament. Muchos dan por hecho que los 7 puestos de la dirección del hemiciclo se repartirán así: C’s, 2; JxCAT, 2; ERC, 2; PSC, 1.

Sería pues una Mesa indepe, cuatro puestos frente a tres constitucionalistas.

Y aunque sea muy probable, esa mayoría en la Mesa solo tendría pleno sentido si la estrategia secesionista para la nueva legislatura fuese de continuidad rupturista con la anterior, de vulneración de la Constitución y el Estatut.

Pero quizá los indepes culminen la reflexión autocrítica (que han esbozado solo a borbotones) sobre el pasado inmediato. Y balicen una nueva trayectoria de respeto al ordenamiento jurídico.

Entonces podría convenirles más (a ellos y a todos, y a la necesidad de desenquistar la política) una Mesa no mayoritaria, sino incluyente; que incorporase a todos los partidos parlamentarios, a razón de uno por cada formación, incluyendo a la CUP y al PP.

Claro que esa cesión de poderes —y primar el designio representativo sobre los resultados en escaños— presupondría un liderazgo muy potente, que no se adivina ni empleando toneladas de buenismo.

Un diseño de ese tipo podría reforzarse con un pacto de conducta parlamentaria que primase la seguridad jurídica (a través del Consell de Garanties Estatutàries) y completarse con un freno de mano temporal por el que se reconsiderase durante un plazo de tiempo toda iniciativa que no gozase de mayorías reforzadas. Por soñar, que no quede.

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