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Ahora sí que vuelve la tercera vía

Las elecciones plebiscitarias son la continuación agónica, polarizada y cada vez más peligrosa del Procés.

Un votante con la bandera independentista catalana deja su voto en Barcelona, en las elecciones del 27 de septiembre de 2015.
Un votante con la bandera independentista catalana deja su voto en Barcelona, en las elecciones del 27 de septiembre de 2015.

Una vez más, unas elecciones autonómicas pueden convertirse en un plebiscito en el que los ciudadanos se vean convocados a elegir entre dos opciones radicalmente opuestas. Entre el bien y el mal, según Oriol Junqueras. Entre la república proclamada y no constituida de Puigdemont y la Constitución española plenamente vigente de Rajoy, según un maniqueísmo no tan metafísico. Entre antifascismo y autoritarismo, según las voces encendidas del izquierdismo o Cataluña y España, según la caricatura más fácil.

Si les hiciéramos caso, sería la tercera vez desde 2012 que esto sucede. Recordemos que Artur Mas ya pidió en las elecciones anticipadas de 25 de noviembre de 2012 una mayoría indestructible, que no obtuvo, para conducirnos hasta el Estado propio dentro de Europa; y que el 27 de septiembre de 2015 repitió la jugada, esta vez con una coalición que llevaba el plebiscito inscrito en su nombre, Junts pel Sí, de cara a hacer un referéndum de autodeterminación, que no obtuvo mayoría de votos populares y sólo la mayoría parlamentaria gracias a los exigentes diputados de la CUP.

Esta vez las convoca el Gobierno de España, artículo 155 en mano, y son unas elecciones a las que el independentismo va por primera vez a la defensiva: fuera de las instituciones, con menos medios, sin la sombra coercitiva que supone contar con el mando de los Mossos y, lo que es más importante, divididos, peleados, habiéndose vejado y engañado unos a otros, y con el programa de independencia apresurada y gratis total desmentido, agotado y desprestigiado. Y un único cemento que le une y motiva que también se defensivo: la libertad para los presos y la anulación del artículo 155.

Aceptar el reto y buscar una confrontación electoral polarizada es el mayor favor que se le puede hacer a un independentismo que ya ha sido derrotado y que sólo puede encontrar la salvación en una candidatura única, encabezada por los presos y por los huidos, de forma que se pueda presentar como la lista de la Cataluña mártir y humillada que aún resiste a la España prepotente y vencedora. Una tal opción tiene la campaña hecha antes de comenzar: el retorno de Puigdemont, la salvación del país, el fin de la represión. Pero no ofrece nada de nada que no sea una resistencia sin salida y, además, con el inconveniente de que sólo tiene capacidad de convicción Cataluña hacia dentro. Cataluña hacia fuera no tiene ninguna credibilidad.

Las elecciones plebiscitarias son la continuación agónica, polarizada y cada vez más peligrosa del Procés. La garantía para el final ya definitivo y el comienzo de una nueva etapa de normalidad democrática, en cambio, es que entre las dos opciones, por así decirlo, entre la estelada y la rojigualda, surja una tercera, que se puede simbolizar perfectamente con la bandera constitucional y estatutaria que es la señera. Si hacemos caso a las largas series de encuestas sobre las preferencias de los catalanes respecto al futuro de la relación con España, veremos que la opción mayoritaria es la única que no cuenta entre las alternativas electorales con posibilidades de ganar, y esta es, entre la independencia y el statu quo, la de un autogobierno incrementado y lealmente afianzado dentro de la Constitución española.

Tres son de hecho las opciones que deberían elegir los catalanes el 21-D: la independencia imposible; el statu quo de inevitables consecuencias regresivas; o la defensa del autogobierno y de las actuales competencias, reforzadas gracias a las futuras reformas de la Constitución y del estatuto. El independentismo ya ha demostrado que tiene mucha fuerza pero no suficiente. El anti independentismo, representado sobre todo por el PP y Ciudadanos, la puede aumentar pero tampoco podrá conseguir la recuperación del consenso constitucional y del consentimiento de los catalanes, al menos con las propuestas para Cataluña que se le ha conocido hasta ahora. Sólo queda la posibilidad de que un tercer partido, coalición o conglomerado centrista y moderado, transversal y pactista, vuelva a recuperar el impulso unitario del catalanismo y aglutine fuerzas suficientes como para defender el autogobierno y si es posible mejorarlo justo en el momento en que todo se conjura para recortarlo o incluso allanarse el.

Esta tercera vía, hasta ahora desaparecida, es ahora mismo más necesaria que nunca. Quiere decir superar y anular las malditas divisiones entre independentistas y unionistas, recuperar la convivencia y el diálogo entre los catalanes, y entre los catalanes y el conjunto de los españoles, volver a la exigencia de mutua lealtad constitucional entre todas las instituciones, eliminar la desafección y regresar a la amistad civil. Si hay alguna posibilidad, que tiene que existir, de curar las heridas terribles abiertas estas últimas semanas, seguro que será esta tercera vía la que las aprovechará; y puede que sea la única que querrá y sabrá hacerlo.

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