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“¿Y ahora qué pasa? ¿Somos una república o no?”

Los soberanistas que esperaban oír a Puigdemont declarar un nuevo Estado tratan estos días de superar su decepción

Imagen del Paseo Lluís Companys durante el pleno de declaración de la independencia.

El martes 10 de octubre, día de la no independencia, Lydia Santin pensó que a Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, le había dado un infarto. Ocurrió cuando se sentó en un sillón frente al televisor, ella sola con el móvil encima. Puso TV3 en su piso de Barcelona y escuchó, poco antes de las seis de la tarde, que el pleno se había aplazado. Todo era confuso. “La impuntualidad no me cuadraba. ¿Tienes que fundar un Estado nuevo y llegas tarde?”, ríe. “Tenía que ser algo grave. Así que con la semana que llevaba el hombre, en lo primero que pensé fue que le había tenido que dar un infarto. Todo el mundo diciéndole esto y aquello. ¿Eso quién lo aguanta?”.

A 145 kilómetros, en Linyola, Albert Batlle Mas (no confundir con Albert Batlle i Bastardas, anterior jefe de los Mossos), terminaba su jornada laboral en el campo. Es temporada de segar la alfalfa. “No me iba a dar tiempo a verlo por la tele, así que llevaba la radio encendida en el tractor”. Cuando se dijo que el pleno se aplazaba, recogió las herramientas y se fue al almacén a dejar su vehículo y correr hacia casa. Ese martes, el independentismo catalán estaba convencido de vivir un día para la historia, pero las rutinas no terminaron hasta la hora del pleno. Eso sí, en muchos trabajos el horario se liquidó antes para poder salir, como en el caso de Marga y Josep Lluís, una pareja que a las cuatro de la tarde estaba libre gracias a los jefes de su empresa de diseño. “Total, íbamos a estar siguiéndolo en la empresa: mejor mandarnos a casa o a un bar”.

En su empresa estuvo conectada todo el día a la televisión Montse Ortiz, que trabaja en una consultoría técnica en Vilafranca del Penedès (Barcelona). En los ordenadores la emisión en directo de TV3, y una hora antes del pleno todo el mundo fuera. “Recibíamos amigos en casa, y aprovechamos para organizar ya una cena. Durante el día no paramos de enviarnos mensajes compartiendo todo lo que nos llegaba. Había rumores de toda clase. Queríamos saberlo todo”.

“No va a haber ni un solo catalán que llegue a fin de mes con datos en el móvil”, dice Àlex Solà, el joven director de Be Negre, una publicación humorística del estilo de El Mundo Today, que toma el nombre del histórico satírico Be Negre (1931-1936). Solá salió de la revista en dirección al Passeig de Lluís Companys, donde había dos pantallas gigantes y miles de personas. Lo hizo a la carrera para poder encontrarse con sus padres, pero finalmente la muchedumbre lo impidió. Apenas había cobertura. Hizo conversación con una pandilla mientras esperaban de pie la salida de Puigdemont, y al retrasarse el pleno fueron a sentarse. Consultaban frenéticamente el móvil, en una especie de éxtasis informativo que resume Solà: “Todo el mundo está hablando de esto en todas partes. Es muy fácil entrar en una conversación. ¡Cuesta muchísimo no hacerlo! Estamos todos informadísimos y es muy difícil escuchar hablar a alguien y no tener algo que decir o matizar”.

Un cargo intermedio del Govern —“hablo contigo pero sin darte el nombre”— vio el pleno en una de las salas del Parlament junto a responsables de prensa, varios invitados de diputados y asesores. “Yo durante el día cogí a todos mis compañeros y les pedí uno a uno saber qué estaba pasando, necesitaba saber. Pero bien: sólo lo sabían los que estrictamente lo podían saber”. Llegó al Parlament al mediodía y comió allí. Durante la declaración de Puigdemont jugaba con un boli. Cuando llegó la suspensión de la república, todo el mundo allí, todos de PDeCAT y Esquerra, se miró atónito. Efectivamente, sólo lo sabían los que estrictamente lo podían saber. “Bajé a la cafetería. Oficialmente estaba deprimido. Al móvil me llegaban mensajes de vecinos míos preguntando qué había pasado. Mucha gente hizo muchos kilómetros para estar con nosotros en Barcelona. En cuanto el president dijo que suspendía la DUI empezaron a llegar mensajes de ‘pero esto qué es’, ‘estamos decepcionados’, ‘no entendemos nada”. Leí en Twitter que alguna gente abandonaba Lluís Companys llorando”.

Cuando Carles Puigdemont dijo que asumía el mandato de una República independendiente de Cataluña, el agricultor Albert Batlle llamó a su madre, que vive en la misma calle de Linyola. “¡Ho ha dit! ¡Ho ha dit!”. El “lo ha dicho” se fue apagando cuando Puigdemont anunció, segundos después, que lo retiraba.

Lo que diga "la calle"

En una de las imágenes grabadas del momento en que Puigdemont parecía estar declarando la independencia de Cataluña —vídeos hechos con el móvil— puede verse a Rut García con su familia levantando los brazos. Lo envía ella misma. Ingeniera de Badalona residente en Barcelona, fue a ver el pleno del martes al Passeig de Lluís Companys. Lo hizo con su familia, del mismo modo que acude con ella desde 2012 a la Diada. “Decepción y confianza. El Govern la merece después de todo lo ocurrido. Así que si preguntas si esto baja, te digo que no. Se ha construido con muchas emociones que ni siquiera los tuyos pueden bajar ya. Y si el Govern da un paso atrás y te dice que mejor negociemos, que mejor la reforma, que mejor alargarlo, la calle le dirá que no. ¿No piden un referéndum y se hizo un referéndum a pesar de la ley porque la calle lo exigía? Pues esa calle, ese pueblo, lo hizo a pesar de todo y quiere aplicar el resultado. Es fácil”.

“Nosotros hemos saltado la pared”, aclaran desde el Govern. “Eso sucede en el imaginario de los catalanes cuando encarcelan a Lluís Salvadó, secretario de Hacienda de la Generalitat, el día 20. Hasta entonces éramos lo de siempre. De hecho en la Diada parece que no han salido todos los que deberían. Pero con las detenciones empieza a movilizarse gente incluso no indepe, y se produce una transformación que acaba después de las cargas del 1-O cuando se grita más 'democracia' que 'independencia'. De repente para mucha gente democracia es sinónimo de independencia. Eso nos da ventaja, y es algo que no habíamos imaginado nunca”.

El día de la independencia no fue tal. Tampoco lo hubiera sido de haber dicho Puigdemont otra cosa, aclaran desde el Gobierno central. “Otro acto sin validez como el 1-O. Cuando algo se declara tiene que declararse legalmente y, ni en Cataluña ni en ninguna parte, se hace efectivo algo así”, matizan fuentes de La Moncloa. Rajoy espera mañana respuesta del president: ¿lo hizo o no lo hizo? Todos los independentistas consultados, los que aparecen en este artículo y los que no, esperan que Puigdemont responda que sí. ¿Y luego? “Luego ya veremos”, contesta Albert Batlle. “¿Estáis de bajona?”, preguntó el satírico Be Negre a sus lectores en Twitter. “No, la conseguiremos”, respondió el 80%. Una muestra (330 votos) inválida para ninguna encuesta seria, pero con toda la puntería de mundo.

“Todos pensábamos que era el momento”, dice Montse Ortiz desde Vilafranca del Penedès (Barcelona), “y cuando lo escuché supe que el momento había llegado”.

“En Lluís Companys saltó todo el mundo y hubo gritos, pero se pidió inmediatamente silencio para saber qué continuaba diciendo”, dice Àlex Solà. “La imagen de Reuters [una fotografía que recoge el antes eufórico y la decepción posterior] es maravillosa, es muy ilustrativa, pero no fue para tanto, al menos en donde estábamos. Creo que hubo más emoción cuando enumeró lo que había ocurrido en Cataluña desde 2005 y sabíamos que por fin el mundo nos estaba escuchando”.

Lydia Santin escuchó a Puigdemont declarar la independencia y pensó: “Bien, bien”. Se quedó sorprendida cuando el president dijo que suspendía la república. “Habían llevado la emoción tan alto, tan arriba todo, con tanta gente en la calle. ¡Y lo dijeron! Escuché decir que había ya una república de Cataluña”. Pero fue pragmática: “Esto no es como querer unos zapatos, que sales a comprarlos. Si somos independientes vamos a pasarlo mal una temporada. Todos los principios lo son, y eso lo tengo asumido”.

 

Rabia e impotencia

 

El padre de Lydia Santin era gallego, de Lugo; con cuatro años llegó a Barcelona. Ella vivió 46 años en San Andrés hasta que se mudó a la zona de Nou Barris. Estuvo en Gràcia en la manifestación de 1977 cuando se pedía “Llibertat, amnistía i Estatut d'Autonomía”. Catalanista siempre e independentista desde 2010, cuando el Tribunal Constitucional recortó el Estatut. “El colmo”, suspira.

“Mi sensación fue de rabia e impotencia. Habíamos dado un paso atrás. Igual no era tan malo. Igual se trataba de agotar las posibilidades de diálogo, pero cuando dice que lo declara, lo declara; si asumes el mandato, lo asumes. Ahora qué pasa: ¿somos una república o no? Lo ha preguntado hasta el Gobierno español”, dice Batlle desde Linyola. En Barcelona, Marga y Josep Lluis son pesimistas. “Se tuvo y se perdió. Si es una jugada inteligente se sabrá si finalmente vale para algo. De momento, para nada”, dice ella.

No hay muchos pesimistas en el independentismo catalán. Uno de los periodistas más mediáticos, con presencia en prensa catalana y televisiones radicadas en Madrid, es Bernat Dedeu. “El martes se acabó el procés”, escribió en El Nacional. “Fue un día nefasto para el independentismo (…) Se marcó un autogol delirante sin ninguna presión del Gobierno español, movido solo por el espíritu miedoso de los de siempre y su habitual tendencia a jugar con los sacrificios y la sangre de los catalanes: no es nada extraño que la gente que se había roto literalmente la cara por poder votar el pasado 1-O abandonara el paseo de Lluís Companys con lágrimas en los ojos. La próxima vez que le pidan hacer de muro, una gran parte del electorado independentista se lo pensará dos veces”.

Àlex Solà, tras el bajón anímico del anuncio-gatillazo de Puigdemont, fue de los primeros en marcharse de Lluís Companys en un ambiente de funeral. Con el corazón caliente, casi traicionado, y la cabeza fría. “No esperaba irme a casa, esperábamos salir a celebrarlo muchísimo. Pero yo lo explico así. Los catalanes estamos viviendo esto con tres partes del cuerpo: el estómago (cuando hablan Casado o Hernando, que se te revuelve todo), el corazón (que se emociona con los tuyos, te pide un Estado, te pide independencia) y la cabeza (cómo conseguir que algo así sea real y factible). Nos quedamos jodidos de corazón porque esperábamos que se acabase esta previa y empezar la siguiente fase, que es larga. Pero la cabeza decía: vamos a confiar en que saben lo que hacen”.

El pensamiento de Solà es compartido por una mayoría en el independentismo; los hechos parecen darles la razón a la espera de la respuesta de Puigdemont a Rajoy sobre si declaró o no la independencia (mañana antes de las 10.00). “Esto sigue. Vamos a tener más polémica. ¿Por qué no aceptan mediación? Se ha ofrecido hasta el Papa”, dice Lydia Santin. Desde el Govern se transmite un mensaje, que es el referido a la gestión de las frustraciones. Desde el minuto uno de la declaración de Puigdemont que sacó a mucha gente de las calles llorando y en silencio, la máquina propagandística de la Generalitat ha empezado la construcción de un relato urgente. “Se trata de reconstruir la confianza dañada”, dice el cargo del Govern. “En cuanto pasaron las horas, los mensajes cambiaron de la indignación, la pena o la rabia a ‘joder, vaya jugada más inteligente’. Este president ha conseguido algo muy valioso en poco tiempo: credibilidad. Haga lo que haga, cuenta con casi todo el independentismo. Y si decepciona en un primer momento, se piensa que es para bien”.

En la casa de Monte Ortiz, como en las casas del independentismo catalán, el anuncio de suspensión que hizo Puigdemont fue un jarro de agua fría. “Hubo una decepción terrible. De repente era parar algo que iba lanzado. La gente no quería escuchar a Puigdemont decir eso: todo estaba preparado para la independencia. Los sentimientos tienen mucho que ver en todo esto, y la emoción decía que el martes era el día. Luego lo piensas en frío y dices que no te puedes tirar a la piscina para que no sirva de nada. Mira: estamos de subida. Al menos aquí, en mi ambiente, mi trabajo, se empieza a comprender lo que pasa. Estamos muy animados”.

Solà dice: “A nadie se le ha pasado ya no ser independentista. Si esto es en serio irá a más. Podemos esperar semanas. Yo, indepe, te firmo un referéndum pactado en tres años”. El problema que ve a que el Govern y el Gobierno español se pongan a jugar es que estén jugando a cosas distintas. “A lo mejor unos están jugando al ajedrez y otros a la oca”, dice. “Entonces no vale de nada. La reforma constitucional, nos dicen. Es que mira, la Constitución nos da igual. No estamos en eso, aquí nadie está en eso ya”.

 

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