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Independencia con marcha atrás

La ambigüedad de Puigdemont congela el orgasmo de sus partidarios emulando el más rancio cinismo democristiano

El president de la Generalitat, Carles Puigdemont, en el pleno del Parlament de este martes.
El president de la Generalitat, Carles Puigdemont, en el pleno del Parlament de este martes. AFP

¿Qué es lo que ha dicho? ¿Somos o no somos independientes? Las interrogaciones acotan el desconcierto que ha producido en su propia grey la independencia con marcha atrás de Puigdemont. Y describen la incredulidad del ufano gentío que se había reunido para celebrar la proclamación de la república catalana a semejanza de una orgía. Proclamarse se proclamó con fórmulas quiméricas, pero se crionizó casi al mismo tiempo, de tal manera que la muchachada indepe no pudo gozar con el orgasmo ni experimentar el sueño húmedo de la patria resarcida.

Se demuestra así la influencia tragicómica que ha ejercido sobre Puigdemont la obsesión de Escocia. Pues la jornada histórica del 10-0 se ha resuelto como una ducha escocesa. Del calor al frío, el president enardece al "poble" con una dosis de viagra y lo traumatiza después con el gatillazo, así es que las gentes no sabían si celebrar la noticia o lamentarla, más todavía cuando la pasividad de los "cuperos" demostraba que el discurso carecía de ardor rupturista y que el retraso de la declaración -una hora- obedecía a la división de la sagrada familia.

No, no era un buen augurio que Carles Puigdemont compareciera en el Parlament vestido de negro. Un enterrador parecía Puigdemont, un "undertaker" del viejo oeste. Y estaba bien elegida la indumentaria porque el president iba a oficiar el sepelio en diferido de la democracia.

Ninguna mejor manera de hacerlo que la interpretación a medida de un amaño electoral. No contento con haber urdido un pucherazo, Carles Puigdemont añadió al fervor independentista las papeletas de quienes no "pudieron" votar porque les restringió el derecho la feroz policía española. Sería el masivo fundamento plebiscitiario del que pudo proclamarse el simulacro de esta independencia anorgásmica. Ha llegado a ella Puigdemont por el camino de la "aclamación popular", emulando así un antiguo procedimiento de designación pontificia. Un papa se elige en la actualidad por monarquía electiva -el sacro colegio cardenalicio-, pero antaño, en edades oscuras, se proclamaba desde el fervor atmosférico. Lo ha emulado Puigdemont a medida de su delirio providencialista. Y tenía rodeado el Parlament de sus propios "voluntarios" para demostrarlo, aunque el gentío convocado en el perímetro del Parlament quedó muy decepcionado con la ambigüedad de la proclama. ¿Podemos celebrar la fiesta o hay que esperar?

Puigdemont anunciaba ambiguamente la independencia y suspendía al mismo tiempo cualquier derivación práctica o jurídica o política. Era, acaso, la manera de sustraerse al precipicio del código penal. Y de asumir su devoción a la cultura democristiana. Porque nunca ha dejado de ser un monaguillo y porque la mejor salida a su propio laberinto consistía en aferrarse al artefacto dialéctico que inventó Aldo Moro: existe el sí y existe el no, pero en medio existe el "ni".

Puigdemont ha dicho "ni" a la independencia. El Gobierno español sostiene que ha sido proclamada de manera inequívoca, pero la propia desorientación del rebaño soberanista aporta al paripé toda le ferocidad berlanguiana. ¿Qué puede hacer Rajoy entonces? Aplicar el 155 y no aplicarlo al mismo tiempo.

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