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El país de los fascistas

Todos los ciudadanos son susceptibles de ser tildados de fascistas menos los nacionalistas

Un hombre sostiene una bandera con el lema "Yo soy español" ante el cartel colgado en el Ayuntamiento de Barcelona.

En España, el país donde no existe un partido de extrema derecha, es donde más ciudadanos son etiquetados a diario de fascistas. En el resto de Europa, se considera una ofensa muy grave y se emplea con gran prudencia pese a la pléyade de formaciones filonazis. Pues bien, es precisamente España donde se ha alcanzado el cénit: todos los ciudadanos son susceptibles de ser tildados de fascistas menos los nacionalistas y la izquierda radical que les apoya.

Si un estudiante de castellano se asoma por vez primera a los periódicos españoles, se estremecerá al ver que el país está lleno de fascistas. Lo confirmará si surfea por las redes, donde una legión de insultones, sabios de bar y cobardes anónimos adjudica a diario centenares de veces ese calificativo a falta de argumentos.

Para esa aborregada milicia, quedó instalado hace tiempo que PP y Ciudadanos son igual a fascismo y franquismo. Ahora han ampliado el espectro a fiscales, periodistas, concejales, cantantes, jueces, empresarios, deportistas… A todo discrepante. Solo tienen bula los independentistas y la izquierda que grita Visca Catalunya lliure i sobirana! La misma izquierda que también reparte con frivolidad carnés de fascista.

Banalizar una doctrina totalitaria que en el siglo pasado costó millones de muertos en el Viejo Continente escandaliza especialmente a historiadores como Ángel Viñas, porque se trata de “una frivolización imperdonable”. Ni siquiera se abusa del término en países como Hungría, con un potente partido neofascista como Jobbik. El también historiador Julián Casanova, habitual visitante de Budapest, recuerda que en Europa es “muy serio” ese adjetivo que por vez primera usaron los comunistas contra los socialdemócratas en la III Internacional en Moscú en 1921.

Esa banalización hace que ya no sea suficiente llamar a alguien solo fascista, así que a muchas víctimas se les denomina “fascista de mierda”, “escoria fascista”, “traidor fascista”...

La bula de que gozan los nacionalistas se explica por la mala conciencia de la intelectualidad española y de la izquierda desde la transición. También la prensa ha contribuido durante décadas a preservar a los nacionalistas por considerarlos, por discutible que sea, los más castigados por Franco y los más combativos contra la dictadura.

Solo así puede interpretarse que la anterior oleada de repartos de carnés fascistas la ejecutara el nacionalismo radical vasco. “Vosotros fascistas sois los terroristas”, la frase profusamente difundida en pintadas o pasquines y coreada en manifestaciones en Euskadi, tenía como destinatarios a los no nacionalistas. Hace cuatro años, Hasier Arraiz, líder de Sortu, llamó fascista en el Parlamento Vasco al diputado del PP Borja Semper.

Para los repartidores de etiquetas, las dos Españas de Antonio Machado, el exiliado poeta al que tan espectacularmente ha puesto música el gran Serrat, son hoy la fascista y la nacionalista. Se ha disparado el riesgo de saber pronto cuál helará en breve el corazón de los españoles. Los que están en posesión de la verdad única han querido quitar a Machado su calle en Sabadell y a Serrat han osado llamarle fascista. Para calentar el ambiente.

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