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Putin: imán y troll

Los intereses del Kremlin dictan su campaña con noticias falsas también en Cataluña

Putin, en un ejercicio militar el 18 de septiembre.
Putin, en un ejercicio militar el 18 de septiembre. REUTERS

Hoy por hoy, los números no hacen de Rusia una nación de primer orden. Fuera del ámbito estrictamente militar, el área de influencia política y cultural del país está sustancialmente limitada. Su PIB es menor al de Italia, a pesar de tener más del doble de población. Y las perspectivas de crecimiento a largo plazo no son halagüeñas. Menos todavía bajo un régimen que cada vez deja menos espacio para la creatividad ni para la libertad. Pero Rusia mantiene adversarios de la misma escala que hace décadas, entre los cuales se cuenta no sólo EEUU, sino también la Unión Europea y sus estados miembros. Una estrategia eficiente para plantar en relación con un enemigo superior es, sencillamente, aprovechar sus agitadas aguas internas. Atraer todo aquello que pueda desestabilizar al adversario, fomentarlo. Y, si se puede, alimentarlo.

Este movimiento se parece al de un imán que arrastra hacia sí todo aquello que tiene carga negativa. No genera problemas por sí mismo, pero sí los revuelve. Porque si un imán se queda quieto, poco efecto tiene. Es aquí cuando se activa la fase troll de la estrategia. Igual que quien entra a gritar en una discusión que ya era acalorada de por sí, el Kremlin emplea a las piezas que ha ido atrayendo como herramientas de disrupción. No crea nada por sí mismo. Ni siquiera aspira a dejar a la vista la traza de su influencia (salvo en contadas ocasiones). Sencillamente, trolea por interposición. Assange en sirve igual en Cataluña que en el Reino Unido, o que en Estados Unidos. Como sirven miles de cuentas falsas en las redes, de cuya organización en torno al gobierno ruso dio buena cuenta el investigador Adrian Chen en su paralizante ‘The Agency’.

El resultado es un juego de espejos en el que resulta difícil dirimir responsabilidades. Cuando se señala la participación de agentes influidos por Putin en eventos que rompen la estabilidad en estados occidentales (el Brexit, la elección de Trump, las presidenciales francesas, el 1-O), la respuesta del otro lado es un sarcasmo casi automático: “sí, claro, como si Rusia pudiese controlarlo todo”. Es decir: se construye un hombre de paja en torno a la acusación original, basado implícitamente en la debilidad de la que hablábamos al principio. ¿Cómo puede Putin, parecen decir, manipular tanto y tan lejos si su país está tan disminuido como parece? Precisamente porque no lo hace. No controla los procesos, sino que se sumerge en ellos para remar a favor de la corriente destructora. Ese es el peligro de Putin: ha sabido encontrar la manera de transformar su aparente debilidad en fuerza desestabilizadora. Sus socios, por muy involuntarios que sean, deberían tener en cuenta quién es su compañero de viaje.