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Villarejo

Para chulo, él

Bárcenas hizo una exhibición de cinismo ante la comisión que le investiga y ni logró su propósito de no responder, le pudo más su sentido de impunidad

Luis Bárcenas comparece en el Congreso de los Diputados. Uly Martin

El abogado de Luis Bárcenas se sentó esta mañana frente a él, en la última fila del hemiciclo de pupitres de la comisión de investigación, se quitó el reloj y lo colocó delante con la esfera en pie, armándose de paciencia. Luego se puso a doblar folios y recortar papelitos. Parecía un gesto extraño de nerviosismo, como de perder los papeles, absolutamente comprensible tratándose de quien debe defender al señor de los papeles, pero quizá era el que mejor sabía lo que iba a pasar. Al contrario de lo que pensaban todos, conociendo a su cliente, seguramente se imaginaba que Bárcenas no sería capaz de no hablar. Le iba a poder el personaje. Es alguien acostumbrado a lanzarse con esquíes desde un helicóptero a una cima nevada de los Alpes suizos, y lo que es mejor, a pagarlo con dinero escondido en ese mismo país. En efecto, a los veinte minutos Bárcenas ya se puso chulo con Irene Montero, que nada más empezar su intervención solo le había dado los buenos días y le había recriminado que no le fuera a contestar: “Le voy a contestar a lo de buenos días: buenos días”.

El letrado suspiró, escribió en uno de los trozos de papel y le mandó un mensajito, doblado en cuatro, por medio del ujier. Bárcenas se puso las gafas, lo leyó y se lo metió en el bolsillo derecho de la chaqueta con gesto serio. No sirvió de mucho que el abogado le hiciera luego señales con la mano de bajar el tono, o moviera la cabeza diciendo que no, que mejor no se metiera, cuando veía que iba a encender el micrófono para replicar a algo. Hasta cuatro notas le mandó, pero nada. Lo que ahora podríamos llamar los papelitos de Bárcenas no tuvieron efecto: no solo no se calló, sino que se volvió borde y respondón. Hay que comprenderlo, un sentido de impunidad trabajado concienzudamente durante años no se pierde así como así. Son 18 años de caja B, según su propio relato.

La ciencia debería pedir al extesorero del PP que permitiera en el futuro investigar su piel, sobre todo la facial, para comprobar si está compuesta de amianto, neopreno, adamantium, o todo a la vez. No es que estuviera a la defensiva, es que hasta se puso al contraataque: incluso le sacó a Unidos Podemos el tema de Monedero, como si fuera lo mismo, discutió el detalle de las cajas de puros con billetes de 500 euros que habría repartido en la sede de Génova y recriminó a los presentes “la torpeza” de convocar la comisión. A Toni Cantó, de Ciudadanos, hasta le llamó la atención cuando le pidió que al menos le respondiera que no iba a responder: “Le voy a verbalizar lo que dije al principio, que no voy a responder, y si este es su tono, mucho menos”. Nunca pareció llegar a comprender el lugar en el que estaba porque tiene media biografía instalada en la irrealidad, extracontable. Tenían que haberle hecho una comisión de investigación en B para que se situara y se lo tomara en serio.

Ha sido una jornada inverosímil en la sala Constitucional del Congreso, por el hecho de que se enunciaran en tal lugar, tan solemne, hechos y sospechas vergonzosos de la democracia que exigen verdad o desmentidos creíbles y que, no obstante, todo continúe diluyéndose en un monstruoso sobrentendido. El que se vive desde hace cuatro años y medio, cuando EL PAÍS publicó los papeles de Bárcenas. El extesorero del PP se limitó a sonreír, en el mejor de los casos. Incluso a preguntas tan simples, aunque quizá no fáciles, como esta que le hizo Cantó: “¿Había alguien honrado en la cúpula del PP?”. Pero sí contestó esta otra: “¿Usted llegó a cobrar más de 200.000 euros al mes por su valía o por lo que sabía?”. Respuesta: “Sin ninguna duda por mi profesionalidad”. Sonrisita. También justificó los once millones que introdujo en España con la amnistía de Montoro, declarada inconstitucional, en “mis cuantiosas actividades profesionales que me han permitido una posición muy muy desahogada”. Sonrisita. Pero renunció a personarse en el proceso de los discos duros destruidos por el PP por la “disponibilidad económica nula”. Al menos prometió, casi a modo de favor, que un día dirá todo: “Estaré absolutamente encantado una vez que termine el frente judicial, porque eso prima por encima de la soberanía popular y de cualquier cosa, porque es mi derecho a la defensa”.

Detrás de él, en los retratos colgados de la pared, los siete padres de la Constitución miraban para otro lado. Menos mal que los pintaron así. Fueron más de dos horas penosas en las que hubo que oír el relato de escenas cutres ya conocidas, una enumeración de diálogos ya familiares, todo lo que ya sabemos, en fin, y se da por tragado o asumido: Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, acusado de recibir sobres, destruir papeles, grandes empresarios donando al PP, Luis sé fuerte… Fue violento y brutal desde el primer minuto, con preguntas muy duras de la portavoz socialista, Isabel Rodríguez, que simplemente se quedaban en el aire. Mientras, Bárcenas bebía agua, miraba el móvil, al techo o dejaba la vista perdida en un punto indefinido de la sala. Cuando fue el turno del PP, el último partido en intervenir, hasta se levantó a la mesita del fondo de los cafés, donde pasó un rato. Fue un gesto de olímpico desdén hacia su partido, que ni miedo le da, más bien al revés, y ni le interesa lo que diga incluso cuando disimulan. El portavoz popular, Carlos Rojas, quizá ni se percató de que Bárcenas no estaba en su sitio mientras hablaba, porque ni siquiera miraba a su asiento y no le hizo una sola pregunta: estaba concentrado en echar la bronca al resto de formaciones. Se quejó de los “insultos y calumnias” que había oído de “los nuevos Torquemadas”: “¿Hasta cuándo se va a estar embarrando la vida política?”. Eso, hasta cuándo. Se esperaba algún gesto perceptible que desmintiera la literalidad de su pregunta e hiciera ver que estaba de broma, pero fue escalofriante: lo decía realmente en serio. Fue aún mejor cuando lamentó “la carga de frustración” que estaba produciendo la comparecencia. Cuando pasó a enunciar los éxitos de Gobierno del PP el presidente de la comisión, Pedro Quevedo, de Nueva Canarias, ya le tuvo que parar los pies para que se ajustara al tema.

Al terminar la sesión Bárcenas se fue satisfecho, como si esa pandilla de pringados no tuviera categoría suficiente para merecer su atención y le hubiera hecho perder el tiempo. Para chulo, él. Estaban listos si creían que le iban a amedrentar. Parecía aquel personaje de Marcello Mastroianni en Rufufú (1958), la obra maestra de Monicelli, cuando se despide decepcionado de una desastrosa banda de ladrones: “Robar es un oficio duro. Hace falta gente seria, no como vosotros. Vosotros, como mucho, podríais trabajar”.

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