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¿Por qué dejamos de llamar estío a la estación más calurosa del año?

En España, hasta el siglo XVIII, los 365 días del año se dividían en cinco estaciones

El sol sale sobre la catedral de Santiago de Compostela el pasado miércoles 21 de junio.
El sol sale sobre la catedral de Santiago de Compostela el pasado miércoles 21 de junio. EFE

Aunque parezca extraño, en España no siempre el verano se denominó verano y no siempre hubo cuatro estaciones a lo largo del año. Hasta el siglo XVIII las estaciones eran cinco. El propio Cervantes reflejó en El Quijote los cambios estacionales de la siguiente manera: "La primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua”. La quinta estación se refería al estío, término que actualmente utilizamos como sinónimo de verano aunque no lo era en su origen.

El verano surgió como quinta estación al dividir una primavera que iba de enero a junio. Así, se quedó con el nombre del periodo más caluroso 

Así, las estaciones se redujeron a cuatro gracias a los avances de la astronomía que permitieron fijar cuatro instantes astronómicos claros. Pese a todo, los nombres más adecuados etimológicamente tendrían que haberse denominado primavera, estío, otoño e invierno. El verano apareció como quinta estación al dividir una primavera que iba de enero a junio. De esta forma, se quedó con el nombre del periodo más caluroso del año que le correspondía en justicia al estío.

Si regresamos al presente, y contrariamente a lo que muchos creen, la distancia de la Tierra al Sol no tiene casi ninguna influencia en las estaciones. De hecho, el próximo 3 de julio se producirá el fenómeno conocido como afelio, momento en que estaremos más distantes del Sol, en concreto, a unos 150 millones de kilómetros.

El cambio estacional se da gracias a la inclinación del eje de la Tierra respecto a nuestra órbita solar. Esto hace que el número de horas durante el día haya crecido hasta el pasado miércoles, fecha en la que tuvo lugar el solsticio de verano. A partir de entonces, las horas en las que el Sol se sitúa sobre el horizonte disminuyen paulatinamente. La justificación para que las temperaturas sigan subiendo en verano no está en la longitud de los días, sino en la inclinación de los rayos solares. Así, la atmósfera terrestre debilita la cantidad de radiación solar que nos llega. En verano, el Sol nos incide más perpendicularmente y los rayos solares recorren menos camino dentro de la atmósfera, por lo que se atenúan menos y aumenta la temperatura.

Verano climático frente a verano astronómico

El verano climático y el astronómico son dos variables distintas según se estudien por meteorólogos o astrónomos. Por eso, si nos atenemos al primero de ellos, solo tendremos que esperar hasta el 1 de septiembre para que finalice este largo verano, y hasta el 22 de septiembre —a eso de las diez de la noche— si nos referimos al verano astronómico. Este hecho nos permite a los meteorólogos y climatólogos llegar 504 horas antes al otoño que los astrónomos. La climatología define el verano como el trimestre de junio, julio y agosto, momento en el que aumentan las temperaturas; mientras que la astronomía lo define como el periodo que va entre el solsticio hasta el equinoccio.

Una forma de escapar del calor sofocante que está azotando la Península en este mes de junio y de los estragos del verano es viajar a otros lugares. Si nos dirigimos a latitudes medias del hemisferio sur tendremos la suerte de estar comenzando el invierno austral. En cambio, si nos vamos a las zonas tropicales del hemisferio norte estaremos en mitad de la estación húmeda y de la seca si lo hacemos al sur, pero en ambos casos no nos libraremos del calor. Tampoco escaparíamos de él en zonas ecuatoriales donde es más difícil definir estaciones. Allí la duración día/noche y la inclinación de los rayos solares cambian muy poco a lo largo del año, lo que junto al elevado grado de humedad produce una sensación térmica asfixiante.

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