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Moción de censura de Unidos Podemos

Moción sin emoción

Podemos machacó ocho horas al PP con la corrupción, pero Rajoy ni se inmutó y solo venció el agotamiento

Pablo Iglesias pasa por delante de Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría durante la sesión de la moción de censura.
Pablo Iglesias pasa por delante de Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría durante la sesión de la moción de censura.

Podemos sorprendió ayer con una exclusiva: el PP es el partido más corrupto de España. Hablaron casi exclusivamente de eso. Es algo que sabe cualquiera, pero Irene Montero dedicó dos horas al tema, y luego Pablo Iglesias, buena parte de sus tres horas. Hasta que a las ocho horas, poco antes de las cinco de la tarde, y con muchos sin comer, se suspendió la sesión por agotamiento general. Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría aguantaron a base de gominolas o algo así de picoteo que les pasó un ujier en un sobre. Se lanzaron a ello como en un avituallamiento del Tourmalet. Aunque todo fue un poco rollo, estuvo bien ver flipar a los del PP, obligados a oír unos grandes éxitos de corrupción en vivo. "¡Pidan perdón y devuelvan lo robado!", les abroncó Montero. No sabían si indignarse o disimular, pero era difícil durante todas esas horas. Exploraron todo el abanico de reacciones hasta el sincero aburrimiento.

Rajoy, otra sorpresa, desde luego, fue el más pancho: no dedicó ni dos minutos a defenderse de la corrupción. La verdad, aunque quisiera, el hombre seguramente ya no sabría ni por dónde empezar. A estas alturas solo queda esperar el libro. Montero le leyó todos los casos en orden alfabético, 66, y se tiró minuto y medio. Casi hubiera bastado eso, demoledor, pero que no hubiera límite para hablar resultó letal para Podemos: se llenaron de balón. Agarraron al micrófono, se emocionaron, y la moción perdió emoción. Pedían a gritos un buen editor de discursos. Se repetían, volvían a lo dicho como si se hubiera traspapelado un folio y se enfadaban con piloto automático

No se sabe cuántas veces citó Irene Montero, volcánica, a las mujeres que ponen lavadoras y van a la compra. Habló en nombre de las mujeres como si estuvieran todas en su partido. "Tratan a España con la misma arrogancia que me están tratando a mí", acusó ante las primeras risitas condescendientes. Rajoy, muy educado, escuchaba con los brazos cruzados. Soraya miraba mucho el móvil. Solo Rafael Hernando se movía divertido, como relamiéndose de las burradas que podría decir luego porque se había abierto la veda. Albert Rivera no levantó la cabeza del móvil en todo el día. Pronto la intensidad bajó, porque Montero no acababa nunca. Hilaba todo en una trama infinita: el soterramiento de la M-30, el primo de Aguirre, los Botín, la abuela del rey emérito y la duquesa de Alba. Era el apocalipsis, dicho así, todo seguido, y al final ya se le escapaban gallitos de Eurovisión. Cuando a alguno del PP le sacudían cogía el móvil y se ponía a escribir. Otros optaban por hablar entre ellos cuando les citaban, como charlando de otra cosa. Recuérdame que descongele las croquetas al llegar a casa o algo así. Rajoy hacía ese gesto suyo de bajar las cejas de golpe y subir la mandíbula como un teleñeco, y no se sabe si se pone serio o está de broma. A la hora y media Montero dijo: “Voy a detenerme en el caso Bárcenas” y cundió el desaliento. Culminó liándose con un supuesto "fraude democrático", la oligarquía y la gran conspiración. Dos horas fueron demasiado. Una buena bofetada no puede durar tanto, se te cansa la mano y el otro ya se pone a pensar en sus cosas.

Cuando salió Rajoy en el PP ya se pusieron todos contentos. Estuvo gracioso, pero no contestó a nada y atacó al "señor Iglesias Turrión" con un texto que alguien listo y de mala leche le había escrito. Martínez Maíllo y Hernando, vestidos casi igual, como dos señores Smith de Matrix, se retorcían de gusto. Era fascinante observar cómo los de PP y Podemos se odian mutuamente, antes siquiera de empezar a hablar, por cómo se visten o cómo se peinan. Ese rencor de clase que se tienen ayer no hizo más que agrandarse.

Pablo Iglesias salió a darle solemnidad a la jornada. De repente se embarcó en una lección de historia sobre Cánovas y Sagasta. Cuando el hemiciclo se percató de que no era un inciso, sino una conferencia, el ánimo colectivo se hundió ostensiblemente. Iglesias describió una supertrama secular, que arranca en el XIX hasta nuestros días. Quería pasar directamente a los archivos del Congreso y se hizo difícil pasar el día. En este pasaje épico hubo un momento extraño a las 13.08, cuando un rayo de luz entró por la claraboya central y se posó sobre Íñigo Errejón. Miró hacia el cielo como si alguien allá arriba se hubiera equivocado, él no era el elegido. La clase de Iglesias podía ser interesante, pero enfilaba ya las tres horas. Nadie escuchaba ya en la otra parte. Cada vez que aplaudían los de Podemos en el PP levantaban la cabeza con la esperanza de que fuera porque había terminado. Pero no. Estaban viviendo su día histórico.

Pasaban las horas y se imponían otras reflexiones: ¿Qué hacían los diputados antes de que existiera el móvil? ¿Por qué no pueden parar a comer estos seres humanos? Allí seguía Rajoy como un clavo, solo salió unos minutos a las 13.30. Y Soraya, fiel escudera, ni se movió. Iglesias continuaba enumerando listas de cosas, citaba a los formenterencos en su loa a la plurinacionalidad. No se veía crecer la hierba, pero sí quizá, si uno se fijaba, los aparatosos pelos locos del que tenía al lado, su diputado Marcel Expósito. A las 14.30, cuando ya había superados las dos horas y a la propia Irene Montero soltó: “En cuanto a Europa y la situación internacional…”. Terminó, por fin, a las tres de l tarde y allá que saltó a la palestra Rajoy sin comer ni nada. De nuevo asomó un hábil guionista, que evitó el fondo y se fue a la forma: “Emplea usted la moral como un estropajo y tiene una vocación regeneradora abrasiva”.

Luego, las réplicas. Ambos partidos viven fuera de la realidad. En el PP se creen menos de lo que son, de corruptos, y en Unidos Podemos, más de lo que son, porque no se acuerdan de que perdieron un millón de votos en las últimas elecciones. Este agotador intercambio de golpes tuvo como espectador a un PSOE desaparecido del combate, viendo cómo Iglesias les quitaba, por el momento, un papel que siempre había sido suyo.

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