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La pura nata de los héroes

A Suárez le hubiese halagado que dijeran de él que fue un héroe. Y sin embargo lo fue, aunque de un tipo especial

La soledad de Adolfo Suárez en el Congreso en septiembre de 1979. Abajo, la portada de EL PAÍS al día siguiente de las elecciones. Ampliar foto
La soledad de Adolfo Suárez en el Congreso en septiembre de 1979. Abajo, la portada de EL PAÍS al día siguiente de las elecciones.

Estoy seguro de que, si Adolfo Suárez hubiera leído esa encuesta publicada hace poco según la cual la mayor parte de los españoles le querría ahora mismo como presidente del Gobierno, hubiera esbozado su vieja sonrisa de galán de provincias y hubiera mascullado: “A buenas horas, mangas verdes”. Y apuesto lo que sea a que se hubiera partido de risa si hubiera sabido que al día siguiente de su muerte tanta gente escribiría que se ganó el respeto de todo el país el 23 de febrero de 1981, cuando permaneció sentado en su escaño de presidente del Gobierno mientras las balas del teniente coronel Tejero y sus guardias civiles zumbaban a su alrededor en el hemiciclo del Congreso y todos o casi todos los demás diputados presentes allí buscaban refugio bajo sus asientos; porque la realidad es que esa imagen de Suárez fue interpretada por casi todos, en aquel momento de apabullante desprestigio del arquitecto de la transición de la dictadura a la democracia, como el último aspaviento de un presidente gestero, amortizado y superficial, aferrado con desesperación al poder, y la prueba es que apenas año y medio más tarde, cuando volvió a presentarse a unas elecciones generales, su partido obtuvo la friolera de dos diputados. Sea como sea, es verdad que Suárez fue a veces un hombre gestero, peliculero incluso, así que le hubiese halagado que dijeran de él que fue un héroe. Y sin embargo… Oh, sin embargo. Y sin embargo lo fue, aunque de un tipo especial.

En otra parte le he llamado un héroe de la traición. ¿Qué es un héroe de la traición? Estamos acostumbrados a pensar que la lealtad es una virtud, y lo es; pero hay momentos en la vida de las personas y de las colectividades en que es más virtuosa, más noble y más valiente la traición que la lealtad. El cambio de la dictadura a la democracia en España fue uno de ellos, y nadie lo encarna mejor que Adolfo Suárez. En julio de 1976, cuando el Rey le nombró presidente, Suárez era en lo esencial un escalador del franquismo, un político que conocía como nadie los entresijos de la dictadura y que lo había subordinado todo a su feroz ambición de poder, así que su nombramiento horrorizó a los demócratas y alegró a los franquistas; es natural: para estos, aquel falangista joven, apuesto, simpático y vital, que tan obsequioso se había mostrado siempre con ellos, encarnó de repente la certeza venturosa de un largo franquismo sin Franco. Qué error, qué inmenso error. En menos de un año de vértigo, armado de un infalible sentido de la realidad y de una audacia casi temeraria, Suárez cambió una dictadura por una democracia a base de una serie de maniobras espectaculares, las más espectaculares de las cuales fueron la autodisolución de las Cortes franquistas y la legalización por sorpresa de los comunistas tras un encuentro secreto con Santiago Carrillo, sempiterno secretario general del PCE. Eso es un héroe de la traición: un hombre capaz de traicionar un error para construir un acierto, capaz de traicionar el pasado para ser fiel al presente, capaz de traicionar a los suyos para ser fiel a todos.

Un hombre capaz de traicionar un error para construir un acierto, capaz de traicionar a los suyos para ser fiel a todos

Por supuesto, los suyos nunca se lo perdonaron. Así que, en cuanto se dieron cuenta de que Suárez los había engañado, fueron a por él. Esto explica que el golpe del 23 de febrero estuviera concebido en principio, tanto como un golpe contra la democracia, como un golpe contra Suárez, que para los suyos era la encarnación de la democracia; también explica que algunos de los líderes principales del golpe —el general Armada o el coronel San Martín, jefe de Estado Mayor de la División Acorazada Brunete— fueran enemigos personales de Suárez, quien por lo demás a aquellas alturas estaba rodeado de enemigos por todas partes. Como el relato de tantos periodos históricos fundacionales, el de la democracia española abunda en fantasías; una de las más tenaces sostiene que aquel fue un momento dominado por el ansia de concordia, la responsabilidad política, los grandes acuerdos y la preocupación por el interés común en detrimento del personal o partidario. Mentira. Aunque, como todas las buenas mentiras, esta contiene una parte de verdad: esa descripción podría valer a grandes rasgos para los años que van de 1976 a 1978; no, en cambio, para los que van de 1979 a 1981, cuando la irresponsabilidad de tanta gente desesperada por echar del poder a Suárez, empezando por el Rey, a punto estuvo de arrastrar el país al desastre.

Es verdad que en 1980 Suárez —que ya había hecho lo más difícil porque para entonces los fundamentos de la democracia estaban construidos— había dejado de ser el político imbatible del arranque de su presidencia; pero una de las tragedias de Suárez es que no estaba hecho para lo fácil, sino para lo difícil; otra es que tampoco estaba hecho para el sistema político que había construido, del que lo desconocía todo y en el que se manejaba con dificultad, sino para el que había destruido, en el que no tenía rival. Todo esto es verdad. Pero también es verdad que el hecho indudable de que a partir de mediados de 1979 Suárez fuese un presidente debilitado, mediocre y sin proyecto no justifica que, en los meses previos a su dimisión, el país entero se encarnizase con él con una crueldad inigualada. Por aquellas fechas Alfonso Guerra, vicesecretario general de un PSOE furioso por llegar al poder, pronunció una frase cuya indignidad le perseguirá de por vida: “Si el caballo de Pavía entra en el Parlamento, su jinete será Suárez”.

No estaba hecho para el sistema político que había construido, sino para el que había destruido, en el que no tenía rival

Suárez abandonó la presidencia del Gobierno personalmente triturado y políticamente muerto, aunque él no lo sabía, o fingía no saberlo. De hecho, durante algunos años, alejado ya del poder pero no de la política, se consagró a alimentar la ilusión de que no era un político póstumo, a tratar de que le perdonáramos su pasado franquista y a apuntalar la democracia que había erigido. Luego sus fracasos le alejaron de la política, y la desgracia se abatió sobre su familia; era un hombre constitutivo, rocosamente católico, y sintió que durante toda su vida había abandonado a su familia, que la había sacrificado en aras de su ambición política. El último acto público en el que participó, cuando el cáncer se había llevado ya a su esposa y a su hija Mariam y el alzhéimer había empezado a devorarlo, fue un mitin de apoyo a la candidatura a la Junta de Castilla-La Mancha de su hijo mayor, que carecía de vocación política y a quien él había desaconsejado que aceptara ser candidato; frente al atril, mientras hablaba, pareció desorientarse, traspapeló los folios donde llevaba escrito su discurso, se perdió; sus últimas palabras fueron: “Mi hijo no os defraudará”.

Hace unos años publiqué un libro donde creí entrever el destino completo de Suárez en su gesto o su imagen ahora más conocida y más secreta, aquella en que se le ve sentado en su escaño azul de presidente durante la tarde del 23 de febrero de 1981, solo y un poco espectral en medio de un rojo desierto de escaños vacíos, mientras los golpistas acribillan a tiros el hemiciclo del Congreso. Por entonces yo no conocía un texto en el que, mucho antes que yo, apenas tres años después del golpe, Rafael Sánchez Ferlosio había tenido quizá una intuición semejante y había formulado el elogio más exaltado que conozco de este hombre común y corriente que demostró ser cien veces mejor que tantos que se creían superiores a él, incluidos algunos mequetrefes adornados de matrículas de honor que le rodeaban en el Gobierno y que se reían de él a sus espaldas porque no había leído a Maquiavelo, incluido este periódico, que escribió contra él algunos editoriales tremendos, incluido el autor de este artículo. “Sin embargo…, oh, sin embargo”, escribe Ferlosio, “Suárez, siendo como es harto escaso de elocuencia, hubo de verse, con todo, en el trance, afortunadamente excepcional, de tener que demostrar a cuerpo limpio qué es lo que haría cuando no fuese cuestión de palabras: llenó la copa hasta los bordes, y la espuma que rebosó de modo incontenible por toda la circunferencia de cristal era la pura nata de los héroes”. No de los héroes de la traición, no: de los héroes a secas. A ver quién supera eso.

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