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¡Cómo hemos cambiado!

La tecnología que existe hoy día nos puede ayudar a facilitar el regreso de la producción deslocalizada a las economías avanzadas

Una playa de Palma de Mallorca en 1978.
Una playa de Palma de Mallorca en 1978.

Hace 40 años por estas fechas se firmaban en España los Pactos de La Moncloa, un intento casi a la desesperada por frenar la grave crisis económica y social que azotaba la recién nacida democracia. La inflación rondaba el 44%, el desempleo comenzaba a desbocarse y el petróleo se había disparado ¡hasta los 14 dólares! El entonces ministro de Economía, Enrique Fuentes Quintana, hizo célebre la frase: “O los demócratas acaban con la crisis económica o la crisis acaba con la democracia”.

Desde entonces muchas cosas han cambiado y, aunque seguimos padeciendo crisis de forma periódica, hay ejemplos que demuestran lo intenso de la transformación experimentada. El sector de la automoción ha evolucionado de forma radical. En 1977 la industria española fabricaba anualmente 850.000 vehículos en factorías con poca tecnología y mucho empleo de baja cualificación. Los procesos eran manuales y poco eficientes. Como consecuencia, el sector era muy proteccionista, apenas recibía inversiones exteriores y estaba centrado casi en exclusiva en el mercado nacional. Cuatro décadas después, el panorama es radicalmente distinto. Las factorías españolas no han tenido miedo a afrontar cambios profundos, tanto en la producción, con la llegada de la robotización y la digitalización, como en las relaciones laborales, lo que ha permitido elevar los niveles de competitividad. Así, España es hoy el segundo productor de coches de Europa y el octavo del mundo, a punto de franquear los tres millones de unidades producidas.

También ha habido avances muy relevantes en otros sectores, como el turístico. España recibió 75 millones de turistas en 2016 que se gastaron 77.000 millones de euros. El esfuerzo del sector para adaptarse al nuevo entorno ha sido clave, con una oferta hotelera que ha reforzado el componente digital no solo en los procesos de reserva y transporte de viajeros, sino también en las propias infraestructuras hoteleras y en la gestión integrada de la atención del cliente. Encontramos avances similares en el sector agroalimentario, que genera el 9% del PIB —España es el cuarto exportador europeo de productos alimentarios y el octavo del mundo—; el sector de la salud, especialmente en biotecnología y farmacia, donde ocupamos la tercera posición europea en agrobiotecnología y la quinta en bioquímica y biología molecular; o el sector aeronáutico, donde somos la séptima potencia mundial en fabricación de satélites.

Está en nuestra mano aprovechar nuestra capacidad y potencial para situarnos en los niveles de mayor valor añadido de las cadenas mundiales de producción y servicios

Está en nuestra mano aprovechar nuestra capacidad y potencial para situarnos en los niveles de mayor valor añadido de las cadenas mundiales de producción y servicios. Sin duda, el espíritu emprendedor y las ganas de crecer son los principales motores. No es casual que los países más avanzados cuenten con una mayor proporción de empresas medianas y grandes, que son las que alcanzan grados de productividad más elevados porque aprovechan mejor sus economías de escala; contratan trabajadores mejor formados; aguantan mejor las crisis económicas; invierten más en I+D+i; están más preparadas para competir internacionalmente; tienen más facilidad para acceder a nuevos productos, tecnologías y procesos productivos y se financian en mejores condiciones. El tamaño, por tanto, es una de nuestras asignaturas pendientes si queremos, dentro de otros 40 años, contar con más sectores punteros en el ámbito internacional.

La inversión en tecnología e I+D es la otra gran tarea. Hoy disponemos de oportunidades inimaginables hace muy poco. Se estima, por ejemplo, que la fabricación aditiva represente el 5% de la capacidad de fabricación del planeta antes de 2020, lo que hará de la impresión 3D una industria de 640.000 millones de dólares. También somos testigos de los enormes progresos en computación cuántica para desarrollar ordenadores extremadamente rápidos, lo que permitirá realizar cálculos, simulaciones o análisis que ahora no son viables. El caso del gemelo digital —que reproduce virtualmente no solo el diseño de un producto, servicio, fábrica o sistema, sino que, además, analiza su comportamiento desde distintos puntos de vista para reducir tiempos de análisis y evitar errores— es un claro ejemplo. Además, la cada vez mayor incorporación de los drones en la actividad contribuirá a incrementar la productividad —Correos, por ejemplo, experimenta ya con los carteros aéreos en áreas rurales remotas del norte de España—. Y por encima de todos estos fenómenos, el industrial Internet of Things será el elemento integrador de todos los habilitadores del cambio, al multiplicar la conectividad vía implementación de sensores conectados a redes y desplegar el potencial de los modelos analíticos y predictivos o de la robótica avanzada. Gracias a todo ello contaremos, por ejemplo, con servicios públicos más eficientes —tráfico o recogida de residuos—; fábricas más productivas y autónomas —capaces no solo de predecir problemas, sino de hacer pagos o encargar suministros por sí solas—; o el controvertido coche autónomo, que tendrá enormes implicaciones regulatorias, laborales e incluso urbanísticas.

En definitiva, un mundo nuevo cargado de posibilidades. La tecnología existente hoy nos puede ayudar, además, a facilitar el regreso de producción deslocalizada a economías avanzadas. La alianza que Siemens y Adidas han suscrito recientemente es un ejemplo. A principios de los noventa, el fabricante de material deportivo decidió trasladar a China e Indonesia sus plantas industriales. Veinte años después, el aumento de los costes de fabricación y la automatización ponen en entredicho esa ventaja, y la propia Adidas ha decidido dar un vuelco a su estrategia y reintegrar parte de su producción en centros automatizados de Alemania. Ha firmado con Siemens un programa de I+D para digitalizar la speedfactory, una innovadora fábrica en Ansbach que fomentará una producción más rápida, transparente e individualizada. Este es, a mi juicio, el camino a seguir. Si el cambio experimentado en el pasado nos procuró claros casos de éxito, la transformación que podemos protagonizar a partir de ahora es de un calibre inimaginable.

 

Rosa García es presidenta de Siemens España.

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