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Feijóo, el tecnócrata mutante

Fue sindicalista y votante de Felipe González, pero en poco tiempo ascendió a la cima del PP

Resultado elecciones gallegas 2016
Alberto Núñez Feijóo y Manuel Fraga en 2005. EFE

Quién le iba a decir a Manuel Fraga que el partido que él fundó para unir a la derecha española acabaría en Galicia en manos de un sindicalista. A finales de los ochenta, cuando era trabajador interino de la Xunta y no había sido descubierto aún por el PP, Alberto Núñez Feijóo (Ourense, 1961) se presentó a las elecciones sindicales por la Agrupación de Funcionarios Interinos y Contratados Administrativos (Afica), según recuerdan en la central CIG, reclamando ambiciosas mejoras laborales. La experiencia reivindicativa de este exvotante confeso del PSOE de Felipe González fue fugaz y en apenas tres años Feijóo ya había sido ungido con un puesto en la cima de una consejería.

Este licenciado en Derecho por la Universidad de Santiago, oriundo de una pequeña aldea a 15 kilómetros de Ourense, se ganó pronto la confianza de los dirigentes más poderosos del PP gallego. En 1991, olvidadas ya aquellas elecciones sindicales, fue nombrado secretario general técnico de la Consejería de Agricultura. De ahí pasó a ocupar altos cargos en la Consejería de Sanidad y fue en esa época cuando cultivó su amistad con el narcotraficante Marcial Dorado, un conocido contrabandista de la época, de origen muy pobre y sin estudios, que amasó una fortuna al margen de la ley y con el que Feijóo entabló una insólita conexión.

Su padrino en la conversión de Feijóo al PP fue José Manuel Romay Beccaría, que se lo llevó a Madrid cuando José María Aznar lo nombró ministro de Sanidad. Romay puso el Insalud en manos de Feijóo y cuando el ahora presidente del Consejo de Estado dejó el gobierno, el futuro presidente de la Xunta se incorporó al equipo de Francisco Álvarez Cascos, quien le encomendó la tarea de dirigir Correos para reformar la empresa pública según los principios neoliberales del PP.

El joven interino que reclamaba mejoras sociales y laborales para los trabajadores de la Xunta y que ya atesoraba por entonces una plaza de funcionario acabó convertido en un defensor a ultranza de la austeridad, del control del déficit y de recortar la Administración pública externalizando servicios en favor de empresas privadas. Como presidente de la Xunta introdujo en Galicia el modelo de colaboración público-privada para construir y gestionar hospitales, una fórmula que sus compañeros de partido implantaron mucho antes en Madrid y Valencia pero que Fraga nunca aplicó.

Su aterrizaje en Galicia en 2003 para ser la mano derecha del fundador del PP supuso un cambio de estilo en un partido en el que no abundaban los consejeros engominados con aspecto de tecnócratas. Desde entonces él y su equipo se han volcado en desembarazarse de esa imagen de contable distante. Y la estrategia no ha cambiado mucho desde la campaña electoral de 2009 que lo aupó a la Presidencia de la Xunta.

Ya entonces Feijóo celebró un acto en su aldea de origen, Os Peares, en el que, como ha vuelto a ocurrir en 2016, lloró en público, rodeado de aquellos vecinos que lo trataron de niño. Sin embargo, a quienes han seguido su evolución en estos siete años les ha costado reconocerlo. El frío tecnócrata se mueve ya entre el pueblo llano con la misma soltura que en una conferencia política en el Ritz de Madrid, una ciudad a la que no ha dejado de hacerse ver siempre que puede.

No se recuerda ningún presidente de la Xunta tan asiduo a acudir a actos públicos en la capital de España. Por eso sobre Feijóo no ha dejado de sobrevolar la sospecha de que su ambición política no se acaba en Galicia, por mucho que él lo niegue. En los últimos tiempos no se cansa de repetir que la cima de su carrera la ha alcanzado siendo presidente de su comunidad autónoma. Hace solo unos meses, cuando meditaba si presentarse de nuevo a la reelección, este exsindicalista y funcionario de la Xunta confesó su interés por volver a mutar y acabar en la empresa privada.

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