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Carmena, el don apacible

Su energía produce empatía. Ella cree que el pesimismo es reaccionario

Manuela Carmena Ampliar foto
Manuela Carmena. Getty Images

Cuando rompió con la costumbre de la astilla (el pago fraudulento a funcionarios judiciales), el secretario que tenía en su juzgado le revolvía los expedientes para humillarla. “Va dado si quiere acabar conmigo”. En La Palma dejó memoria de su don apacible: recibía a funcionarios enfadados, a putas maltratadas, y a todos les dedicaba paciencia. Cuando se enfada, se serena. Derrota con la mirada.

Cuando se produjo la matanza de Atocha no dejó que el horror la nublara y dispuso qué se debía hacer para que la ultraderecha no hundiera a los sobrevivientes. Se había entrenado en el liderazgo tranquilo. Blanca Moltó, compañera suya que la escuchó en un acto antifranquista en 1966, la recuerda en el estrado explicando por qué había que votar No en el referéndum de Franco: “No nos explicaba desde el comunismo, sino desde las libertades”.

Con los delincuentes explicó tan bien las sentencias que terminaban pidiéndole perdón por el perjuicio. Su energía, dice Juan Puig de la Bellacasa, uno de los compañeros más jóvenes de entonces de los despachos laboralistas, produce empatía, “un fuego tranquilo”. Ella cree que el pesimismo es reaccionario, y eso lo aplicó incluso en medio de la sangre atroz de Atocha.

Ahora que se han producido los enfrentamientos en los que Esperanza Aguirre le quiso sacar los colores (por lo de ETA y por lo del marido), a Carmena se la vio serena, como si calmara a su oponente. “Así hacía en La Palma”, me ha dicho este domingo su amiga Milagros Fuentes, que era una joven abogada en los setenta, cuando Carmena ponía paz. Cabreada se serena más.

No le interesaba ingresar en la política; pero este 3 de marzo mientras promovía su libro Por qué las cosas pueden ser diferentes (Clave Intelectual), su editora Lourdes Lucía comprobó que maduró la idea. Lourdes la vio abrazar a los que habían sido sentenciados por ella. 

Sabe decir no; le dijo no, por ejemplo, al miedo al avión; a los 15 años leyó en Blanco y Negro un artículo que la marcó: hay que decir sí a la experiencia de vivir. Odia la burocracia, pero la asumirá por respeto a las instituciones; y de lo que ha hecho ahora lo peor ha sido cómo se hacen las campañas. “Son un desprecio a la democracia”. Y lo más despreciable, cuando los regidores de las teles comerciales le pedían a los candidatos que discutieran entre ellos para excitar a la audiencia. “Eso disminuye la dignidad del ser humano. Y de la política”.

No le sorprendió que Esperanza Aguirre la pinchara. “No quería que se hablara de ella. Pero yo lo logré”. Se pasa la vida leyendo; y leyendo ha hecho la campaña. Por ejemplo, un libro del alcalde de Reikiavik, Cómo me hice alcalde… Y las notas de Simone Weil sobre lo más negativo de los partidos políticos: que ahogan a los individuos que los componen y dañan la libertad de pensamiento. Trabajó en Inglaterra en una fábrica de mermeladas; es ciclista, inventa juegos y lo que más le gustó de lo que le inventaron para agasajarla estos días es un dibujo en la que se la ve abrazando a un oso. “Sí, yo podría ser una alcaldesa cuidadora”.

Cuando sonríe no significa que esté feliz. Es que está mostrando su don apacible. Por dentro puede que Manuela Carmena esté hirviendo.

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