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ANÁLISIS

Muchas contradicciones

Cuesta reconciliar una visión fría de la política con apelaciones a reinventar la democracia

Ocupar “la centralidad” del tablero político con propuestas radicales es una contradicción que va a pesar sobre la marca Podemos. Pablo Iglesias y los suyos se comportan como actores políticos racionales al fijarse el listón de conseguir una gran mayoría, pero a la vez hacen malabarismos para conjugar ese objetivo con la voluntad de no asustar en exceso a los componentes de tan hipotético magma, que nunca sería muy grande sin los moderados de centro.

Acabar con la corrupción, por ejemplo, no es de derechas ni de izquierdas. Pero es imposible desnudar de toda connotación ideológica la política económica o fiscal, la actitud respecto a los nacionalismos, la política exterior o el impago de la deuda. Juan Carlos Monedero asegura que Podemos no aceptará dinero de los bancos; entonces, ¿de quién lo aceptará? “La gente” como fuente única de recursos se antoja tan ingenuo como cuando se decía que los partidos de izquierda iban a vivir de sus militantes.

En la boca de los portavoces de Podemos no hay izquierda ni derecha, sino “ciudadanos”, “gente” que va a votarlo todo. Pero Pablo Iglesias quiere que en Podemos mande uno; el que “la gente” quiera, pero uno. Se ofrece a echarse a un lado si no prosperan las propuestas de su grupo, a sabiendas de que es casi imposible prescindir de él. Todo ello para maximizar el beneficio electoral y con firmes apelaciones a no cometer el más mínimo error —no fallar la canasta de la que depende el título—. Como dice José Ignacio Torreblanca, cuesta reconciliar esta visión fría y descarnada de la política “con las continuas apelaciones de los líderes de Podemos a reinventar la democracia”.

Podemos es el resultado del desfondamiento de los partidos de izquierda, sobre todo el PSOE, y de las inquietudes despertadas por el 15-M, en una crisis que ha dejado a mucha gente en la cuneta o les promete un precario futuro. Un señor de 93 años decía ayer en Vistalegre que estaba viviendo una segunda juventud gracias a Podemos. Esta opción ha recogido el descontento y ha despertado ilusiones políticas en muchos que las habían perdido. Ahora bien, una cosa es crear expectativas y otra ser capaz de gestionarlas. Si triunfa la opción de no concurrir a las elecciones municipales, ¿podemos barrer a las demás élites políticas, ser temidos por los bancos, rescatar a la democracia de sus “secuestradores”, hacerse con el poder del Estado? La astucia tacticista no vale de talismán para todo.

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