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JOAQUÍN ALMUNIA | Vicepresidente de la Comisión Europea

“El Gobierno no tiene proyecto”

El comisario dice que "el Ejecutivo no tiene una visión completa a medio y largo plazo”

Señala que “el error es pensar que ya está todo hecho, que podemos bajar impuestos”

Joaquín Almunia, vicepresidente de la Comisión Europea.
Joaquín Almunia, vicepresidente de la Comisión Europea.

Llega puntual. Se quita el abrigo, bromea, se sienta ante una mesa acristalada, pide café. Sus papeles, llenos de improbables tesoros periodísticos —investigaciones sobre la banca, sobre el fútbol, sobre quién sabe qué más—, están perfectamente ordenados en otra mesa, al fondo. Tras una década en la Comisión Europea, Joaquín Almunia (ex líder del PSOE, ex ministro con Felipe González, ex dirigente de UGT, ex tantas y tantas cosas) dejará Bruselas después de las elecciones europeas. No parece incómodo con la perspectiva de ese adiós. Y tiene ganas de hablar. Básicamente, de política. De esta crisis especulativa y por tanto también especular. De España. De la izquierda. Del euroescepticismo. Incluso de los errores de la Comisión, que endosa una y mil veces a los Estados miembros salvo en lo tocante a las troikas: “Hemos copiado viejas prácticas del FMI que no son recomendables”.

Almunia (Bilbao, 1948) sabe que su hoja de servicios política quedará estrechamente ligada a la cuestionada Comisión Barroso, y aun así elude otras críticas. Guarda para el Gobierno español las estocadas más venenosas, como la que da título a esta entrevista, y añade que el riesgo “es pensar que se ha alejado la posibilidad de siniestro total porque ha funcionado alguna reforma o porque el entorno ha mejorado”. Partidario del controvertido contrato único, avisa a Rajoy de que el error “es pensar que está todo hecho y que ya podemos bajar impuestos”. Almunia sigue siendo un animal político, aunque con los años y la responsabilidad algunos de sus amigos le reprochen que ha perdido ideología. “No es cierto que en Europa domine la ortodoxia neoliberal, ni es válida la tesis de que reina la desregulación financiera”, dice en una de las respuestas que se quedarán en el tintero. Puede que no; lo único cierto es que ahí sigue la crisis, aunque el optimismo retórico o profesional que flota en medio de ese magma llamado Bruselas haga que a veces parezca solo un mal sueño. Cuenta un diplomático que vivió en Moscú la caída de la URSS que esos días esperaba una especie de apoteosis wagneriana. No pasó absolutamente nada. En la capital europea, de vez en cuando, se tiene esa misma sensación: como si en medio de la peor crisis en décadas tampoco pasara gran cosa.

Pregunta. ¿O sí pasa?

Respuesta. Aunque no siempre se traduzcan de inmediato en protestas, sí pasan cosas. Hay cada vez más gente sufriendo por la crisis; eso se transforma en desconfianza hacia las instituciones. Al final, el malestar acaba saliendo: el riesgo es que esas tensiones broten en las elecciones con apoyos a partidos populistas, nacionalistas excluyentes, xenófobos incluso. Por eso tenemos la obligación de dar una respuesta política y social, más allá de la económica.

P. ¿Qué podría haber hecho la UE para frenar esa desafección?

El contrato único es algo que España debe explorar seriamente

R. Crece la desconfianza con los representantes políticos en general; no solo con las instituciones europeas. La desafección no puede vincularse solo al proyecto europeo, porque eso lleva a un mal diagnóstico, a las conclusiones erróneas. La desconfianza es hacia todas las instituciones. Hacia todos los políticos.

P. “Impotencia democrática”, lo llama el sociólogo Ignacio Sánchez Cuenca.
R. En Europa hay un repliegue nacionalista por parte de dirigentes que pretenden hacer creer que las consecuencias de la crisis se afrontan mejor a nivel nacional. Pero la propia crisis internacional ha puesto de manifiesto las limitaciones de ese enfoque. P. Sin embargo ahí está el innegable eurodesencanto. ¿Por qué los únicos que no manifiestan sus dudas con el actual rumbno del proyecto europeo son las élites?R. Esa distinción entre élites y y ciudadanos es una cuña que en algunos casos incluye hechos y argumentos, pero que en otros no explica gran cosa. Cada vez que se le pregunta a la gente cuál es la mejor forma de resolver la crisis, la respuesta es a escala europea.

P. Eso suele ser en los países con más corrupción; en los que tienen instituciones sólidas, como los nórdicos, es menos claro. Y luego están los países rescatados: ¿Son los rescates ese éxito que proclama la Comisión?

Son los Gobiernos quienes toman las decisiones clave, no la Comisión

R. Hay que hacer distinciones. Irlanda está mucho mejor que Grecia; Portugal está en el buen camino. Pero esta es una crisis mayor; los problemas son lo suficientemente serios y requieren un análisis profundo, sin el velo ideológico e irracional que a menudo impregna los debates.

P. ¿Ha hecho Bruselas ese análisis? ¿Ha hecho una reflexión política sobre el euro?
R. ¿Quién es Bruselas? La Comisión y el presidente Van Rompuy sí han presentado una reflexión sobre la segunda fase de la Unión, que requiere reformas que no estaban previstas. Pero en ese magma mal llamado Bruselas las decisiones fundamentales no las toman la Comisión ni el Parlamento: las toman 28 jefes de Estado y de Gobierno. La política fiscal sigue siendo nacional, y la monetaria está en manos del BCE.

P. Uno de los corolarios de esa tesis es comprometido: la Comisión, despojada de poder e iniciativa, es innecesaria o redundante.
R. La Comisión no tiene suficiente poder: los tratados no se lo dan. No digo que la Comisión deba decidir sobre todo: hay competencias que se pueden devolver, como dicen los británicos, a niveles inferiores. Pero hay aspectos, como la estrategia de crecimiento, las reformas o la coordinación de políticas económicas, en las que la Comisión es fundamental.

Hay bancos en vías de solución. Pero quedan otros casos aún por solucionar

P. Donde sí tienen ustedes responsabilidad directa es en las troikas. ¿La dosis y la velocidad de los ajustes fueron adecuadas?
R. Volvemos al meollo de la cuestión: es verdad que la Comisión forma parte de las troikas; el que también estén el FMI y el BCE ya es menos lógico, pero ese ya es otro cantar. Pero las troikas aplican las medidas que aprueban los Gobiernos, que son quienes imponen las condiciones. Si hubiésemos podido hacer lo que creíamos que había que hacer...

P. ¿Qué hubiera sido distinto?
R. Con una visión más general, las cosas habrían ido mejor. ¿Nos hubiésemos equivocado en el ritmo de ajuste al principio? Seguro. Todo el mundo se equivocó, y todo el mundo corrigió el tiro.

P. ¿Esa corrección llegó tarde?
R. Es fácil hacer predicciones a posteriori; no me gusta ese juego.

P. ¿Por qué no debe estar el FMI en las troikas?
R. Algunos dijimos eso al principio, pero los Estados miembros decidieron otra cosa, y son ellos quienes se juegan el dinero. Tener al FMI a bordo tiene ventajas: hemos aprendido de su experiencia. Lamentablemente, en algunos aspectos del trabajo de las troikas hemos copiado viejas prácticas del FMI que no son recomendables. Y no ha habido el imprescindible control democrático.

Hemos copiado viejas prácticas del FMI que no son recomendables

P. El FMI ha pedido disculpas en Grecia. ¿Por qué no hay mea culpa por parte de la Comisión?
R. En política lo importante es aprender de los errores y actuar en consecuencia, no darse golpes de pecho en público; eso es más propio de la catequesis. Y en el caso de Grecia ya hay mejoras.

P. ¿No ve una situación potencialmente explosiva en Grecia?
R. Vuelvo a la hipótesis alternativa: ¿Cuál sería la situación hoy de Grecia sin el rescate europeo?

P. En las elecciones se verá lo satisfechos o no que están los griegos. ¿Cómo ve esos comicios?
R. En muchos países se está viendo un auge del populismo, incluso de partidos xenófobos. Va a ser un Parlamento más agitado, más desagradable. Pero las dos grandes familias políticas, socialdemócratas y populares, más los liberales y los verdes, suman una amplísima mayoría proeuropea. Aun así hay riesgos: el principal es que los grandes partidos se vean arrastrados por los populistas en el debate nacional. El partido eurófobo UKIP está llevando a los conservadores británicos no solo a posiciones euroescépticas, sino contrarias a la libre circulación de trabajadores. Lo mismo puede pasar en otros países.

P. A título personal, ¿qué hubiera cambiado de esta Comisión?
R. Lo que primero tendría que cambiar es la concepción de los Estados miembros de lo que debe hacer la Comisión.

P. ¿No han faltado enfoques menos, digamos, ortodoxos?
R. Los ha habido. Le pondré un ejemplo. Las multinacionales aprovechan los resquicios legales para evitar pagar impuestos: la Comisión propuso a los ministros armonizar las bases imponibles del impuesto de sociedades para cegar las escapatorias legales. Esa iniciativa no salió adelante. ¿Por qué? Los Gobiernos no quisieron.

P. ¿Qué estrategia tiene la socialdemocracia para encauzar su discurso hacia esos temas?
R. Los ciudadanos intuyen que no tenemos respuestas eficaces. La izquierda tiene que repensar cómo organizar los servicios públicos, cómo explicar que la inmigración es imprescindible, esas cosas. Debemos ser capaces de hablar de aspectos puramente económicos sin tapujos, sin necesidad de recurrir al manual de hace 50 años, que ya no sirve. ¿Cómo se aumenta la productividad, cómo se crean condiciones para la inversión y el empleo de calidad en un país como España, con esas tasas de paro insoportables?

P. La palabra mágica suele ser flexiseguridad. Y la Comisión flirtea desde hace tiempo con el contrato único. ¿Sería útil en España?
R. El contrato único es algo que se debe explorar seriamente. Hay economistas de todas las familias ideológicas que lo promueven, no solo en España. En un país con un 26% de paro no tenemos derecho a rechazar ideas.

P. ¿No provocaría un choque de trenes?
R. El mayor choque de trenes es el 56% de paro juvenil.

P. Con esas cifras o con las de caídas del crédito, ¿puede hablarse de éxito del rescate español?
R. Es un rescate bancario: hay bancos que están en vías de solución gracias a la recapitalización con fondos europeos y a los planes de restructuración que negociaron en esta oficina. Hay casos muy positivos: Bankia. Pero quedan otros por solucionar.

P. Los socios insisten en las reformas. El FMI pide una rebaja de sueldos del 10%. ¿No se abona a esa tesis la Comisión al recomendar más devaluación interna?
R. Eso dice Olli Rehn. Pero lo que España necesita es visión a medio y largo plazo.

P. ¿La tiene?
R. No. El Gobierno no tiene una visión completa, un proyecto a medio y largo plazo. El riesgo de España, en este momento, es considerar que se ha alejado de la posibilidad del siniestro total porque alguna de las reformas ha funcionado, porque el entorno ha mejorado. El error es pensar que está todo hecho y que ya podemos empezar a bajar impuestos. Sería un error mayúsculo.

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