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El otoño de los patriarcas

La reivindicación de su figura, el interés por la Transición y el deseo de influencia de las editoriales explican el aluvión de libros de políticos históricos

José María Aznar conversa con José María Fidalgo y Josep Piqué en el acto de presentación de su libro. FOTO: LUIS SEVILLANO / VÍDEO: ATLAS

Imposible circular ayer por cierto Madrid sin toparse con un expresidente del Gobierno hablando de su libro. Por la mañana, Felipe González disertaba sobre el liderazgo en tiempos de crisis con los tejados de la Gran Vía de fondo en el Círculo de Bellas Artes, ante un centenar de periodistas que iban a preguntarle sobre Alfredo Pérez Rubalcaba y la Conferencia Política del PSOE. Por la tarde, José María Aznar glosaba las mieles de sus años de mayoría absoluta en un hotel de La Castellana que alguna vez fue moderno, ante un multitudinario auditorio de partidarios y los mismos periodistas de por la mañana, que iban a preguntarle sobre sus discrepancias con Rajoy.

Así, a su estilo, presentaron sus obras los dos expresidentes más pública y notoriamente distanciados entre ellos de la democracia. “Dudo que se preste a leer algo que no sea su propia Biblia”, le soltó Felipe González a un reportero que se ofreció a llevarle su libro a Aznar más tarde. Junto a los próceres, sus editores —Miguel Aguilar (Debate) y Carlos Revés (Planeta)— no disimulaban su satisfacción. Poco o nada es casual en el negocio, y la fecha de presentación está estudiada al milímetro. Cuanto más agitada esté la actualidad, más cobertura. Independientemente del contenido y calidad del libro, la prensa aguanta la charla por llevarse su titular. Los políticos, su baño de jabón. Y los libreros, la cita gratuita de su producto en los medios. Todos contentos.

González, con En busca de respuestas (Debate), y Aznar, con El compromiso del poder (Planeta), se suman a la publicación, en octubre, de Puedo prometer y prometo (Plaza y Janés), la memoria de los años del periodista Fernando Ónega como jefe de prensa del expresidente Adolfo Suárez, y a la próxima aparición, el 26 de noviembre, de El dilema, 600 días de vértigo (Planeta), la evocación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero de la crisis económica que se llevó por delante su mandato. Además, están al caer Recuerdos, 40 años de servicio público, (Deusto), del exministro de Economía Pedro Solbes; La España que soñé (Catarata), las memorias del expresidente del Congreso Fernando Álvarez de Miranda; y Contra la ceguera, 40 años de lucha por la utopía (Catarata), del expresidente del PCE, Julio Anguita.

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Estas novedades, sumadas a las memorias de Alfonso Guerra y José Bono, aún en el mercado, conforman una inédita cosecha otoñal de patriarcas políticos en las librerías. La pregunta es si tendrá o no salida en un mercado, el editorial de no ficción, en profunda crisis, y en un momento en el que los ciudadanos expresan en las encuestas y en la calle su desafección, cuando no su desprecio, hacia los dirigentes políticos.

“Esto es contraprogramación”, bromeaba, sardónico, Felipe González sobre la coincidencia de su presentación con la de Aznar, provocando la risa de un público que, mayoritariamente, era adolescente, niño o ni siquiera había nacido cuando él llegó al poder en 1982.

Isabel Burdiel (1958), premio nacional de Historia 2011, estima que, lejos del desapego con los políticos actuales, sí existe un interés creciente por los protagonistas de la Transición. “Todo esto vuelve porque estamos en un momento muy difícil, y queremos saber de dónde venimos, cómo abordaron los retos de entonces, para ver si nos sirve para los de ahora. El tiempo les ha dado estatura a estos personajes. En el momento del ‘y tú, más’, tenemos nostalgia de aquellos consensos. Ahora pasa lo contrario que en la Transición: están más encabronados los políticos entre sí que la población en la calle, y no está mal que se conozca la historia, aunque solo sea para no repetirla”, opina.

Los 50.000 ejemplares que lleva despachados Puedo prometer y prometo, la memoria de Suárez en la pluma de Ónega, han sorprendido, pero no tanto, a David Trías, el editor que persiguió al periodista hasta lograr que escribiera el libro. “Suárez es un caramelo”, afirma Trías. “Carismático para ellos, y para ellas, que compran más libros. La enfermedad lo ha convertido en un mito. Y, dada la imposibilidad de que él escriba, la suma de su nombre y una firma de prestigio fue una apuesta todo lo segura que puede ser en este negocio”, reconoce. Ónega es más modesto: “Publiqué el primero, y quien golpea primero, golpea dos veces. Pero Suárez interesa. Fue denostado por todos. Pero hay un gran desconocimiento entre jóvenes y no tanto del esfuerzo colectivo para cambiar la dictadura y construir el Estado de derecho, y quiero pensar que también curiosidad”.

Trías y Ónega omiten qué adelanto acordaron, pero viéndole la cara del editor, se nota que fue una apuesta rentable. No siempre es así. Es vox populi en el sector que el Grupo Planeta, que ha publicado las memorias de Aznar, Bono, Guerra y, ahora, Zapatero, y sus adelantos millonarios —un millón por las de Aznar, 0,8 por las de Bono, cifras no desmentidas— se han estrellado con unas ventas —30.000-40.000 ejemplares— diez veces menores del umbral de rentabilidad de semejante órdago. “Leyendas urbanas”, arguye Ramón Perelló, portavoz del Grupo. “La rentabilidad depende de la venta y las condiciones contractuales, pero todos nuestros libros han tenido interés para los objetivos que nos guían: ofrecer obras de calidad y referencia. Entendemos que los ciudadanos tienen derecho a reclamar esos textos, a esa rendición de cuentas”.

Dado que las editoras no son ONG, parece que el prestigio, y la influencia supuestamente asociada al hecho de contar con esos autores en su catálogo puede ser otro acicate para publicarlos.

Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea, no tiene prisa por leer las memorias de Aznar o de Zapatero, aunque lo acabará haciendo. “El género no cuenta con grandes figuras en España. Suelen ser planas, banales, insustanciales y, lo peor, aburridas. Una mezcla de ‘yo estuve allí’, ‘hice lo que debía’ y ‘esto habría que hacer’ para lavar su imagen y ajustar cuentas con el pasado. Aún así”, añade, “son valiosas para un historiador. Mejor una mala memoria que ninguna”.

El 21 de noviembre, Fernando Álvarez de Miranda, el presidente del Congreso que firmó la Constitución, presenta sus memorias en el hemiciclo. “Era ahora o nunca, hija”. En enero cumple 90 años.