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Desconcierto catalán en Bruselas

Los ‘eurofuncionarios’ de Cataluña rechazan un futuro alejado de la UE

“Este auge del nacionalismo está ligado a la crisis”, según un alto cargo

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El presidente de la Generalitat, Artur Mas, y el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durâo Barroso, en 2012.

Fueron casi los primeros en llegar a Europa y ahora se les plantea la hipótesis absurda de abandonarla. Los funcionarios catalanes en la Unión Europea viven con desconcierto y algo de incomodidad el debate sobre el encaje en el club comunitario de una eventual Cataluña independiente. Con menos dramatismo del que se respira ahora en España, algunos de estos funcionarios ironizan sobre su situación. Y se preguntan si el estatus jurídico de los catalanes quedaría, en caso de secesión, como el de ese ciudadano noruego contratado por las instituciones comunitarias para preparar la adhesión de Noruega a la UE y que finalmente quedó en un limbo al votar el país nórdico contra la integración en 1994.

El colectivo catalán —unas 300 personas, según varias estimaciones— dista mucho de ser homogéneo. Pero comparten algunos argumentos: el debate sobre la posible independencia de Cataluña está demasiado polarizado, aunque en Bruselas se puede hablar con cierto sosiego. Pese a todo, el temor a verse señalados se acrecienta. De la veintena de personas consultadas para hacer este reportaje, la mayoría han accedido a participar con condición de anonimato o han declinado la oferta.

“Este auge del sentimiento nacionalista está muy relacionado con la situación de crisis. Cataluña ha sido una de las primeras comunidades en recortar y a partir de ahí se ha avivado la sensibilidad respecto a este asunto. Es como si faltara algo que ilusiona y entonces la gente se engancha a este sentimiento. Pero, suceda lo que suceda, esto no va a mejorar las cosas”, reflexiona Octavi Quintana, director del Espacio Europeo de Investigación en la Comisión y uno de los catalanes con más rango en Bruselas.

El colectivo critica la falta de responsabilidad de los políticos

Ese enardecimiento de la población en un momento en que faltan motivos para el entusiasmo explica en buena medida el fervor independentista. “Los que llegamos aquí a partir de 1986 compartíamos una gran ilusión por el proyecto europeo. Hoy hay pocos con ese potencial. Y el proyecto soberanista catalán lo tiene. No veo otro similar en Europa”, enfatiza Jaume Bardolet, funcionario de la Dirección General de Educación y presidente de la Asamblea Nacional Catalana en Bruselas, con un enfoque muy diferente al de Quintana.

Todos coinciden en la curiosidad que esto despierta en los colegas de otros países, que no dejan de preguntarles. “No siempre es fácil explicarlo porque, a diferencia del debate sobre Escocia, que se aborda con argumentos racionales, en este caso las posturas se basan mucho en lo emocional”, asegura una fuente que prefiere no identificarse. Salvo excepciones, los funcionarios están descontentos con la dimensión que los políticos —de todas las tendencias— están dando a la cuestión soberanista.

“Vemos con preocupación que en Cataluña no se quiera oír la posición de las instituciones europeas [las advertencias de que la independencia supondría salir de la UE], pese a que se conoce desde hace tiempo. Todo se aborda con mucha falta de seriedad porque no se quiere que interfiera en el proceso emocional”, asegura otra fuente comunitaria.

La mayoría de los consultados rehúsan debatir si salir de España implicaría desgajarse de la UE porque no pueden contemplar con seriedad este último supuesto. Aniceto Rodríguez, que llegó a Bruselas hace 25 años y trabaja ahora en la Dirección General de Cooperación al Desarrollo, cree que la incredulidad es compartida por la cúpula bruselense. “No creo que exista preocupación. Es un tema de conversación recurrente, pero no se plantean que realmente pueda suceder”. Este catalán se declara contrario a la independencia y lamenta el “entusiasmo irracional” que genera.

“Es como una moda, como una fiesta”, analiza Alejandro, un cargo intermedio de la Comisión Europea, que pese a todo se muestra favorable a preguntar a la ciudadanía si quiere la independencia. Como tantos otros, lamenta la irresponsabilidad política por ambas partes. “Hay expresiones en España que hacen que haya más independentistas en Cataluña. Y a la inversa. Son posturas que se retroalimentan”, concluye.

Sin pronunciar una sola palabra, la persona que más partido ha tomado en esta situación es Amadeu Altafaj, el español con más rango en la Comisión Europea tras el vicepresidente y comisario de Competencia, Joaquín Almunia. Altafaj, jefe de gabinete adjunto de Olli Rehn —el comisario que rige el destino económico de la UE— anunció desde su cuenta de Twitter que acudiría a la Vía Catalana y el día de la Diada apareció fotografiado en la marcha de Zúrich. También a través de esta red social —en la que aclara que solo refleja posiciones personales— quiso llamar a la calma y a mantener las mentes abiertas el día que Almunia y la portavoz de la Comisión aclararon que una Cataluña independiente tendría que pedir el reingreso en la UE.

Pese a todo, Ramon Tremosa, eurodiputado por Convergència, interpreta que Bruselas “se mantiene al margen; hace bien en decir que se manifestará ex post”. A su juicio, la Comisión esgrime el artículo 49 de los tratados (el que establece que cualquier país tercero podrá pedir el acceso al club pero requerirá la unanimidad de sus miembros) porque nunca se ha dado ese supuesto.

“Los funcionarios son prudentes, no están muy movilizados; quizás el caso de Altafaj sea distinto porque no es funcionario de carrera”, conjetura Erika Casajoana, del Casal Català en Bruselas, la organización que aglutina a los catalanes en el extranjero. Casajoana se define favorable a la independencia —aunque asegura que el Casal quiere mantenerse neutro— y destaca la importancia que tienen para el movimiento soberanista los catalanes bien situados en las instituciones europeas.

Al final esos contactos entre la Generalitat y los catalanes en Bruselas proporcionan claves esenciales en este proceso. Hace solo un año, el presidente de la Generalitat, Artur Mas, admitió en una cena restringida que no le preocupaba tanto la cuestión nacional como el hecho de que el Gobierno español no se sentara a negociar cuestiones ligadas a la financiación y al Estatut, según fuentes conocedoras del encuentro. Y agitar el fantasma de la independencia constituiría un acicate para el diálogo. Pese a su indudable estrategia, la situación parece haber escapado al control de Mas.

Los catalanes han sido durante muchos años la comunidad española más nutrida en el seno de la UE. Su mayor cercanía —geográfica y de pensamiento— y su dominio de los idiomas propiciaron durante años una presencia que rondaba el 40% de los eurofuncionarios, según estimaciones no oficiales. Ahora su peso se ha equilibrado respecto a otros territorios en España, aunque en los cargos de mayor representación siguen estando bien situados. En buena medida porque llegaron antes y han tenido más años para ascender en el escalafón comunitario.

Pioneros en la carrera comunitaria

L. A.

Además de Amadeu Altafaj, que ejerció en Bruselas como periodista y ahora es número tres del comisario Olli Rehn, el funcionario catalán con mayor rango en la Comisión es Xavier Prats, director general adjunto de Educación y Cultura, con una larga trayectoria en las instituciones europeas y al frente de cargos directivos desde 2004. Le siguen Carles Esteva, director de Política y Estrategia en Competencia, y Octavi Quintana, un experto en sanidad que ahora dirige el Espacio Europeo de Investigación.

Una de las caras más visibles es la de Jaume Duch, portavoz del Parlamento Europeo, con muchos años de experiencia comunitaria. Más expuesta a los focos estuvo Cristina Gallach, exportavoz de la OTAN y del Alto Representante para la Política Exterior cuando Javier Solana estaba al frente de esos cargos. Ahora es jefa de unidad, encargada de Relaciones Públicas, en el Consejo Europeo. Gallach es una de las pocas mujeres que han alcanzado cotas de poder en Bruselas.

El catalán con más rango en el Consejo es Ángel Boixareu, director general de Agricultura.

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