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Menos paraíso y más leyenda urbana

Gibraltar está en la lista blanca de la OCDE y avanza en transparencia fiscal

La fiscalidad de las sociedades del Peñón hace años que está en el 10%

Tres hombres lanzan mochilas con tabaco desde el Peñón a territorio español, el pasado noviembre. Ampliar foto
Tres hombres lanzan mochilas con tabaco desde el Peñón a territorio español, el pasado noviembre.

Quizás aceptando la hipótesis de que Gibraltar nunca será español se entienda mejor cómo de estéril o de virtual es el esfuerzo diplomático nacional en esta materia.

Nunca lo será porque la condición de gibraltareño es un privilegio que permite a sus ciudadanos disfrutar de lo mejor de Gran Bretaña (la educación, su sistema financiero, su justicia, su lengua…) y lo mejor de España (el entorno, la gastronomía, la sanidad, su lengua…) a un mismo tiempo. Ello, sin entrar a considerar beneficios fiscales y un sentimiento de resistencia a lo español consolidado y transmitido de generación en generación. Cualquier diplomático novato sabe que los españolistas en Gibraltar no alcanzan ni de lejos el 10%. Por tanto, la política española al respecto se ha limitado a mantener una ficción para no contrariar esa esencia intocable de la españolidad del Peñón. ¿Cuántos años nos quedan de seguir escuchando lo del Tratado de Utrecht?

La acción diplomática se ha limitado a ser más o menos hostil con Gibraltar en función del color de cada Gobierno: generalmente más antipática con Gobiernos PP por aquello de aparentar patriotismo. Eso puertas afuera, porque en la realidad de la calle, el marco de relaciones a un lado y otro de la famosa verja tiende a ser mucho más estrecho, cordial e interesante para ambas partes. Gibraltar es la principal fuente de ingresos para la economía de las localidades vecinas (es la primera factoría de la región con cerca de 5.000 empleos directos para españoles) y no solo un paraíso fiscal o un refugio de contrabandistas. La colaboración entre fuerzas policiales a uno y otro lado de la verja es excelente, en opinión de los profesionales que trabajan in situ. Otra cosa es la resistencia española a no reconocer como igual a toda autoridad gibraltareña (por ejemplo, en caso de reclamaciones judiciales) o el interés por mantener ciertas leyendas urbanas.

Una de ellas, por ejemplo, es la del paraíso fiscal: hace tiempo que Gibraltar pasó a estar en la lista blanca de la OCDE, que las sociedades allí domiciliadas están obligadas a tributar por el 10% (al igual que en otros países dentro de Europa) y que el Peñón ha evolucionado mucho en términos de transparencia. Pero los expertos españoles solo reconocen esos avances confidencialmente porque está mal visto hacerlo oficialmente. Interesa más seguir alimentando la leyenda. Gibraltar está al mismo nivel fiscal que otros países de la Unión Europea. De hecho, en las últimas operaciones policiales desarrolladas en España contra el blanqueo de capitales apenas aparece ya Gibraltar, cuando hace algunas décadas era un denominador común. Baste recordar que hubo una época (Operación Ballena Blanca y siguientes) en la que el mayor número de sociedades se creaban en los despachos profesionales de la Costa del Sol.

Otra leyenda: refugio de contrabandistas. Las mejores imágenes de contrabando de tabaco se podían grabar en la verja hace unos meses: cientos de motocicletas cruzando a diario la frontera. Los datos de Aduanas eran significativos: hubo dos millones más de movimientos en 2010 y 2011 ¿Quiénes eran los contrabandistas? ¿Quiénes obtenían beneficios a partir de redes de vendedores ilegales? Los españoles.

El bunquering o aprovisionamiento de petróleo en alta mar a un precio fiscalmente más barato, con sus riesgos medioambientales. Lo hace Gibraltar. Cierto. También empresas españolas de Cádiz y empresas españolas en Ceuta. Y todo ese petróleo viene de un solo surtidor, que es la refinería española en Algeciras.

Así, pues, cada nuevo conflicto debe ponerse en perspectiva. Nunca será demasiado serio. Nunca irá más allá. Gibraltar es una realidad con siglos de historia.

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