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Incendios forestales y tormentas secas

En zonas afectadas por la sequía, estos fenómenos cargados de aparato eléctrico favorecen la propagación del fuego

Una tormenta de verano descarga sobre Córdoba el pasado sábado.
Una tormenta de verano descarga sobre Córdoba el pasado sábado. EFE

 

 

Las tormentas son uno de los fenómenos atmosféricos que movilizan una mayor energía. Su formación se debe a que el aire que está en la parte baja de la atmósfera se calienta.  El aire es calentado por la transferencia del calor almacenado por el suelo debido a la radiación solar. El aire más caliente asciende al ser menos denso. En el ascenso, se condensa, y forma nubes de gran desarrollo vertical. La corriente ascendente de aire se ha de compensar por una corriente descendente en la parte frontal de la tormenta. Este es el aire que sentimos antes de que la lluvia o los rayos aparezcan.

Los movimientos verticales de aire favorecen la ionización de la atmósfera. La diferencia de cargas eléctricas dentro de la nube da lugar a los relámpagos. Si la descarga se produce desde la nube hacia el suelo veremos rayos. Los grandes movimientos de las masas de aire también pueden provocar el derrumbe de gran parte de la nube, generando fuertes precipitaciones que pueden llegar a ser de granizo.

En ciertas ocasiones, la lluvia puede producirse lejos del aparato eléctrico o, debido a la sequedad de la atmósfera, la precipitación se evapora durante su caída. En estos casos se produce una tormenta seca, un fenómeno especialmente peligroso en zonas boscosas. Si la masa forestal estaba previamente muy seca, cualquier rayo que alcance el suelo aumenta notablemente las posibilidades de que se desencadene un incendio. Al no producirse precipitación, la masa forestal permanece seca tras el paso de la tormenta, lo que ayuda a la rápida propagación del fuego, como parece haber ocurrido en Portugal.

Un bombero en Pampilhosa da Serra, uno de los pueblos portugueses afectados por el devastador incendio del pasado fin de semana.
Un bombero en Pampilhosa da Serra, uno de los pueblos portugueses afectados por el devastador incendio del pasado fin de semana. EFE

En el momento en que un gran incendio forestal se produce, el calor generado hace que el aire se caliente bruscamente y ascienda de forma rápida. Si existe suficiente material combustible, el incendio puede crear su propia meteorología local. En los casos más extremos, el incendio puede dar lugar a una tormenta ígnea.

Este fenómeno recibe este nombre porque su mecanismo de creación es similar al de las tormentas convencionales. El ascenso de aire caliente, fruto del fuego, deja un hueco que ha de ser reemplazado por aire de fuera del incendio. Esto genera grandes vientos desde el exterior hacia el incendio, aportando además oxigeno que ayuda a avivar la combustión.  Este nuevo aire se vuelve a calentar y el proceso se repite, dando lugar a una enorme chimenea. Este proceso cíclico puede dar lugar a vientos de 200 km/h y temperaturas de 2.000 ºC en el interior de la tormenta.

Si es difícil pronosticar la evolución del fuego, cuando tiene una entidad suficiente para dar lugar a una tormenta ígnea, este se convierte en impredecible y devastador.

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