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Cuando la sensación térmica es de 55 grados a la sombra

A partir de los 32 grados, el viento, lejos de aliviar la situación, la empeora

Una familia se refresaca en una fuente de Barcelona.
Una familia se refresaca en una fuente de Barcelona.

Tras las anormales temperaturas que está viviendo España desde principios de mes, esta semana estamos inmersos oficialmente en la primera ola de calor de 2017. Algunos termómetros callejeros llegarán a marcar temperaturas próximas a los 50 grados, por encima de las mediciones de las estaciones meteorológicas, que calculan la temperatura a la sombra.

Pero una cosa es la temperatura y otra la sensación térmica, que ofrece una estimación más certera de lo que sienten nuestros cuerpos. La percepción de calor depende, por ejemplo, de la temperatura y la humedad del aire. Cuando tanto la temperatura como la humedad son altas, el cuerpo pierde efectividad para regular su propia temperatura a través de la sudoración, su primer mecanismo de enfriamiento. Si además permanecemos bajo el sol, podemos sentir una sensación de 8 ºC más que si estuviéramos en la umbría.

Qué es una ola de calor

La diferencia es muy sutil entre hablar de temperaturas anormalmente altas o una ola de calor. De hecho, no existe una definición universal de ola de calor. En el caso de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) la definición utilizada tiene criterios relacionados con la anormalidad de las temperaturas máximas, la extensión territorial y la persistencia en el tiempo del fenómeno.

Con temperaturas cercanas a los 40 grados, basta una humedad del aire del 50% para que nuestra sensación ronde los 55 grados a la sombra, lo que nos expone a los riesgos de un golpe de calor. Para colmo, si pensábamos que el viento podría servir de ayuda para refrescarnos, estamos de mala suerte. A partir de los 32 grados, el viento, al mover aire cálido, empeora la situación.

Junto con el problema de las altas temperaturas diurnas, la ola de calor tiene como consecuencia que las temperaturas mínimas no bajen demasiado. Si la mínima es superior a 20 grados padeceremos lo que se denomina noche tropical. Dado que la temperatura mínima se alcanza cerca del amanecer, durante gran parte de la noche tropical estaremos sometidos a temperaturas por encima de 18 grados.

El insomnio de las noches tropicales tiene consecuencias que van desde el aumento de cansancio, la falta de concentración y el rendimiento hasta el aumento de accidentes de tráfico y el agravamiento de trastornos mentales.

Los daños colaterales de la ola de calor

Además de las altas temperaturas, hay otros indicadores de riesgo para nuestra salud y la del medio que nos rodea que se disparan al alza en esta fechas: el índice ultravioleta, la contaminación por ozono troposférico y el índice de riesgo de incendios forestales.

Índice ultravioleta (IUV): es una medida de la intensidad de la radiación que llega hasta nosotros. Este índice establece la probabilidad de sufrir lesiones cutáneas y oculares, y cuanto más alto es su valor, menos tardan en producirse esas lesiones. Un IUV de más de 11 se considera extremadamente peligroso y hemos llegado a alcanzar estos días valores de 14.

Ozono troposférico: se trata de un gran contaminante debido a su poder oxidativo. Se forma a partir de algunos contaminantes originados por el tráfico y la industria, llamados gases precursores, que se transforman en ozono por efecto de la luz solar y las altas temperaturas. Los altos valores de ozono troposférico han llevado a la ciudad de Valladolid a cerrar el casco histórico al vehículo privado.

Riesgo de incendios forestales: El nivel de riesgo meteorológico diario de incendios forestales está vinculado a la temperatura del aire, su humedad relativa, la velocidad del viento y la precipitación registrada en las últimas horas. Debido a las altas temperaturas y a la falta de precipitaciones se ha estimado riesgo extremo de incendios en varias zonas de la Península.

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