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El Rey realza su perfil diplomático tras la etapa adversa de la Corona

Felipe VI cumple tres años en el trono con la representación internacional como horizonte

Tras la visita de Estado a Japón, en la que el Rey abrió puertas al Gobierno y los empresarios, los destinos de Reino Unido, Marruecos o Cuba levantan muchas expectativas para España. Felipe VI, ha cumplido su primer trienio en el trono superando adversidades, ahonda en una etapa en la que sus vínculos en la representación internacional puede ser de gran utilidad para los intereses de España.

El Rey recibe las cartas credenciales del nuevo embajador de Filipinas, Philippe Lhuillier Jones. Ampliar foto
El Rey recibe las cartas credenciales del nuevo embajador de Filipinas, Philippe Lhuillier Jones. EFE

Con la absolución de la infanta Cristina el pasado 17 de febrero empezó el principio del fin de la etapa adversa de la Corona en España, que acabó forzando la abdicación de Juan Carlos I el 2 de junio de 2014 y la proclamación de Felipe VI, de la que se cumple el tercer aniversario este lunes sin ninguna celebración oficial, aunque el Rey tiene un acto en la agenda sin palabras con escolares en el Museo del Prado, tratando de identificar la Corona con la cultura y uniendo historia con futuro.

Los tres primeros años del Rey en el trono, con los drásticos cambios introducidos para salvar la institución, han estado conmocionados por ese proceso y lastrados por la interinidad institucional tras la eclosión del multipartidismo. Pero ese tiempo también ha sido el de la reversión del proceso de descrédito de la Corona ante la opinión pública.

La sentencia absolutoria (que en ningún caso es el primer paso hacia la rehabilitación de la Infanta, ni siquiera el de su acercamiento a La Zarzuela) y la aparente estabilidad política han mitigado por ahora el estado de ansiedad que ha vivido la Casa del Rey en este tiempo. Sin embargo, los relámpagos siguen rasgando el fondo del horizonte.

El alivio político ha reavivado la actividad institucional del Rey, tanto en España como en el exterior, aunque a un ritmo irregular, y, a menudo particular, que le impone el Gobierno, que es al que, según la Constitución, corresponde esa tarea.

Tras haberse curtido en cinco rondas de consultas, que le han aportado un profundo conocimiento de la clase política y han reforzado su imagen como jefe de Estado en un momento de fragilidad institucional, el Rey sigue teniendo en el horizonte internacional su frente de expansión más potente.

En este nuevo tiempo, más allá de la proyección como reciente jefe de Estado, es aquí donde los valores añadidos de la Corona, a través de los vínculos que mantiene con las monarquías de otros países, se cargan de contenido y adquieren mayor trascendencia.

Su reciente viaje de Estado a Japón, donde mantiene sólidos lazos con la Familia Imperial, ha sido la primera muestra de ese potencial diplomático. Felipe VI ha facilitado sin duda los contactos del Gobierno y unos empresarios muy interesados en insertar a España y sus empresas en el flujo del corredor marítimo Indo-Pacífico, un área de creciente importancia económica y estratégica.

Su presencia ha engrasado también la relación entre ambos países con vistas a los intereses de España en la cooperación bilateral y en los aspectos particulares del Tratado de Libre Comercio y el Acuerdo de Asociación Estratégica que negocian la Unión Europea y Japón. Como puede haber contribuido a la disposición de los grandes empresarios japoneses a aumentar las inversiones en nuestro país y a abrir vías a alianzas empresariales con España como puerta de acceso a Sudamérica.

En ese sentido, la visita Estado que el Rey realizará a Reino Unido en las próximas semanas, entre el 12 y el 14 de julio, se presenta como una nueva oportunidad para que sus vínculos con la Familia Real británica, sin ser un factor categórico, puedan constituir un componente favorable de cara a los acuerdos bilaterales que ambos países puedan llegar a adoptar en un nuevo marco de relaciones tras el Brexit, en el que los intereses cruzados son muy intensos.

Algo que también puede resultar positivo con Marruecos, donde las relaciones entre ambas monarquías vienen de lejos y han resultado determinantes en momentos de dificultad. El Rey tiene previsto visitar este año el país vecino con el que España mantiene fricciones más o menos constantes en varios frentes y también colaboraciones cruciales como en el ámbito del terrorismo.

Territorios afines

Pero esa cualidad de enlace aventajado en las relaciones internacionales va más allá de las correspondencias entre monarquías y se proyecta por los territorios afines, como los que conforman el imaginario hispanoamericano, aun sin haber sentado los fundamentos de una auténtica Commonwealth española.

Para los representantes de Hispanoamérica, la figura del Rey, por simultaneidad cultural y no ser una consecuencia política del Gobierno de turno, se sitúa en un plano simbólico diferente al del Ejecutivo español y su presidente. El ejemplo más extremo lo suministra Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela, amparándose al Rey en sus exaltadas refriegas con el Ejecutivo español, pero la historia diplomática reciente está plagada de muestras más verosímiles y consistentes.

Esa renta de situación, que ya aprovechó Juan Carlos I y sirvió a muchas empresas y trabajadores españoles para ampliar su horizonte, puede resultar muy oportuna para abrir las puertas atrancadas. Como, por ejemplo, Cuba, país que todavía no ha visitado el Rey a causa de las contrariedades que mantienen ambos Gobiernos y al que podría ir antes de la retirada de Raúl Castro en febrero de 2018.

La figura del Rey está descargada de las ansiedades que comparten las autoridades cubanas y españolas y puede allanar las dificultades para que España se incorpore al futuro de la isla, donde otros países llevan tiempo posicionados. En este ámbito, la función del Rey se perfila como una herramienta que puede resultar de gran utilidad a los intereses generales en este nuevo tiempo.

Pero más acá del ámbito internacional, ese potencial diplomático puede ayudar a encauzar situaciones internas desbordadas como la crisis territorial catalana. En la situación límite del conflicto independentista catalán el Rey también podría desempeñar algún cometido extraordinario como símbolo de la unidad y la permanencia del Estado, al que corresponde la función arbitral moderadora del funcionamiento de las instituciones, en este caso el Gobierno de España y la Generalitat.

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