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Cuando dejamos de ser una anomalía

El marco institucional no basta si no va acompañado de una autoexigencia constante de democracia

Votaciones en Valencia en 1999.
Votaciones en Valencia en 1999.

Es difícil transmitir a quienes no vivieron los largos años de franquismo la euforia que se vivió en las primeras elecciones auténticamente democráticas. Por fin votar de verdad, escuchar en campaña algo tan simple como los acordes de La internacional, tener un Parlamento homologable, con todos los requisitos exigibles a las democracias representativas. Por fin España dejaba de ser una anomalía en el sur de Europa.

Éramos conscientes de que muchos vestigios del pasado seguían vivos y con la intención de poner palos a las ruedas que conducían a una democracia sin adjetivos. Ni el Rey ni Adolfo Suárez gozaban de una confianza asentada. Las Cortes Constituyentes que se iban a formar tendrían una mayoría conservadora. Pero el procedimiento era el justo, cumplía todas las reglas del juego democrático. Poder votar significaba adquirir de golpe un derecho político fundamental que los nacidos en la posguerra no habíamos experimentado nunca como un derecho real y a nuestro alcance. Un salto cualitativo inimaginable para las generaciones nacidas ya en democracia.

Haber vivido esa experiencia y haber sido testigos de cómo la democracia no fue un simple simulacro, sino que vino para quedarse, explica el rechazo que suscitan ciertas salidas de tono y críticas de brocha gorda a quienes tenemos suficiente edad para recordar las diferencias entre dictadura y democracia. Lo conseguido desde entonces ha adquirido solidez. El Parlamento, la primera institución democrática, la que ostenta la representación del pueblo, nos ha enseñado que la democracia es sobre todo un procedimiento que descansa en el supuesto de que la sabiduría política se aprende en la práctica y que está al alcance de todos los que quieran acceder a ella. A lo largo del pensamiento político, nunca ha sido loada la democracia como el mejor sistema de gobierno sin más, sino como el mejor método para tomar decisiones que no precisan tanto de técnicos ni expertos como de personas con voluntad de hacerse cargo del interés común.

Nunca ha sido loada la democracia como el mejor sistema de gobierno sin más, sino como el mejor método para tomar decisiones que no precisan tanto de técnicos ni expertos como de personas con voluntad de hacerse cargo del interés común

En los 40 años transcurridos desde aquellas primeras elecciones, ha habido que lamentar repetidas veces nuestra falta de práctica y experiencia democrática. Con una cierta ingenuidad dimos por supuesto que el cambio de régimen por sí solo cambiaría a las personas, y que la implantación de instituciones democráticas formalmente equiparables a las de cualquier otra democracia de nuestro entorno era suficiente para que éstas funcionaran impecablemente. Hoy sabemos que el marco institucional y formal no basta si no va acompañado de una autoexigencia constante de acercarse al ideal democrático, un ideal que, como Platón decía de su República, solo existe en la cabeza de las personas, pero es una referencia imprescindible para descubrir y criticar las deficiencias de la democracia real.

“La democracia ha comenzado. Ahora hemos de tratar de consolidarla”, proclamó el Rey al inaugurar aquellas primeras Cortes, como recuerda Santos Juliá en el libro recién publicado: Rey de la democracia. No podemos decir que nuestra democracia no está consolidada. Pero que sus fundamentos sean sólidos no significa que no sea frágil y precise de un cuidado constante y sostenido. Un exceso de rutina y de arrogancia ha impedido la autocrítica que debía salir al paso de las desviaciones que se iban produciendo. Lo que debía ser un medio para ir corrigiendo los vicios del sistema se ha convertido en un fin en sí mismo. A saber, los partidos políticos con demasiada frecuencia hacen suyas las funciones del Parlamento y anulan a los representantes de la ciudadanía. En lugar de reaccionar con valentía a los desafueros y corrupciones que genera toda organización humana, emplean la energía en salvarse a sí mismos de lo que juzgan insólito o falso. Aquella democracia tan esperada, que supo ponerse al día con sorprendente rapidez, hoy adolece de adhe­sión ciudadana. El fenómeno populista pretende corregir con el encendimiento de las masas lo que solo se corrige bien con diagnósticos audaces y desinteresados.

Dijo Rousseau que “todo degenera en las manos del hombre”. La sociedad siempre está enferma y, precisamente, la democracia se inventó para reparar algunas de sus dolencias. Para ello cuenta con un procedimiento para elegir los representantes de la ciudadanía y con los contenidos que protege todo Estado de derecho. En las Cortes Constituyentes se pactó la voluntad de establecer y mantener a salvo ambos elementos. Ya forman parte de nuestra esencia política, pero no basta tenerlos, hay que saber demostrar que son útiles para responder a los conflictos y problemas que nos salen al paso.

 

Victoria Camps es filósofa.

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