Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

La otra Cataluña

Es hora de buscar, mediante concesiones y frustraciones mutuas, acuerdos

Se ha dicho que entre Cataluña y el resto de España la distancia mental es tan grande que a veces da la impresión de que la desconexión ya se ha producido (Carles Casajuana, citado por Marius Carol, La Vanguardia, 20 de mayo pasado).

No es exactamente así. Los datos disponibles indican más bien que hay, ahora, dos Cataluñas. Una englobaría, según los momentos, entre el tercio y menos de la mitad de la población y, ciertamente, intenta desconectarse del resto de España. La otra, todavía mayoritaria (pero silente, desmovilizada y sin apoyo institucional alguno) se siente plenamente catalana pero ni está desconectada del resto de España ni pretende estarlo. Lo que opinan del procés soberanista los catalanes que no lo apoyan coincide milimétricamente con lo que del mismo piensan los no catalanes. Sintonía total, pues. Decir, así, que Cataluña se desconecta supone incurrir en una abusiva sinécdoque, atribuyendo al todo lo que, en propiedad, solo cabe predicar de una parte.

Las dos Cataluñas actuales comparten una misma queja: ambas piensan que el Gobierno de Mariano Rajoy no ha sabido gestionar de manera adecuada el tema catalán. Lo dice hasta la mayoría de los votantes del PP, en Cataluña y fuera de ella. Ahora, cuando el choque de trenes parece inminente, son claramente más quienes, a uno y otro lado del Ebro, proponen —quizá a la desesperada— pasar página: aparcar el desentendimiento y la tortuosa e incierta vía emprendida y optar por algo ya probado, y además con éxito: una negociación "a la vasca".

No parece fácil. Requeriría, de ambas partes, una nueva actitud de respeto y pragmatismo y el reconocimiento de hasta dónde permite llegar la inescapable realidad circundante. Ni Cataluña está al borde de una masiva sublevación independentista, ni el independentismo parece a punto de desmigajarse hasta hacerse irrelevante. Hay, sí, una sociedad a punto de desgarrarse y que urge volver a coser. El que la mitad de la ciudadanía diga sentirse tan catalana como española, y sean una minoría quienes se abanderan exclusiva y excluyentemente en torno a una sola de esas dos identidades, proporciona una sólida base para intentarlo.

Es hora de buscar, mediante concesiones y frustraciones mutuas (y, en lo posible, razonablemente llevaderas), acuerdos que, aunque forzosamente transitorios, permitan reiniciar, de forma más serena y compartida, el diseño de un futuro colectivo armónicamente plural e incluyente.