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Erasmus cumple 30 años

Más de 4,4 millones de alumnos participan en las becas de movilidad universitaria europea

Cuaderno de recuerdos de Juan Ignacio Soto, estudiante Erasmus que viajó a Grecia en 1988, con la primera promoción. Ampliar foto
Cuaderno de recuerdos de Juan Ignacio Soto, estudiante Erasmus que viajó a Grecia en 1988, con la primera promoción.

Pase sin llamar; Enter without ringing; Entrez, s’il vous plait; Bitte ohne zu klingeln eintreten; Entrare senza chiamare; Proszȩ wchodzić bez dzwonienia; y el mismo texto en griego, árabe y chino es el acogedor mensaje de bienvenida que se encuentra cualquier extranjero en la puerta de la oficina de Relaciones Internacionales de la Universidad de Granada. Una puerta que se abre como ninguna otra en Europa para recibir cada año a más de 2.000 estudiantes que van a cursar sus estudios de Educación Superior durante unos meses a esta institución andaluza. Son los alumnos de la beca Erasmus, una iniciativa de movilidad académica de ámbito europeo que este 2017 cumple 30 años y por la que han pasado más de 4,4 millones de estudiantes universitarios en un programa que como dicen sus protagonistas hasta la saciedad; cambia la vida. Una frase que se ha convertido en eslogan de los programas de intercambio europeos: “cambiando vidas, abriendo mentes”.

Jóvenes, con lo que supone ser joven; que salen de casa por primera vez, con lo que conlleva la independencia; y que van a un país distinto, con lo que aporta conocer otra cultura; que buscan las asignaturas de sus carreras que más les interesan en otro idioma, con las gestiones requeridas; y que durante una media de seis meses se apartan de su mundo conocido para adentrarse en otras realidades que le reportarán ese afamado cambio de vida. Un giro avalado por una beca gestada hace 30 años para favorecer la movilidad de alumnos entre universidades y forjar un carácter europeo de unidad. Ha funcionado. En el curso de 1987 participaron 3.244 alumnos; en 2104 fueron 291.383 vidas en intercambio. De ellas, 42.537 decidieron emprender la experiencia en España, el primer destino elegido por los europeos para estudiar con estas becas seguido de Alemania (32.871), Reino Unido (30.183), Francia (29.558) e Italia (21.564).

El primer impulso a este movimiento lo dio una mujer italiana, Sofia Corradi, llamada con cariño Mamma Erasmus, que tras un enfado por la falta de convalidaciones con la Universidad de Columbia de Nueva York en 1958 se decidió a buscar firmas por decenas de despachos para conseguir la compatibilidad de estudios en el mundo. Lo consiguió primero entre Europa. En 1987 inauguró el programa Erasmus, que responde al acrónimo de European Region Action Scheme for the Mobility of University Students (Plan de Acción de la Comunidad Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios) y homenajea a su vez a Erasmo de Rotterdam, que durante el medievo estudió en diversas universidades europeas. “Me encanta que me llamen Mamma Erasmus, me parece muy tierno y amable. Normalmente en Italia así se llama a los pequeños restaurantes de pizzas”, dice simpática Corradi a sus 83 años.

Es consciente de que es en parte responsable de esa experiencia vital que disfrutaron, solo en el curso de 2014, un 61% de mujeres y un 39% de hombres con una media de edad de 24,5 años. Además de amadrinar a un 27% de los antiguos alumnos Erasmus que han conocido a su pareja durante su estancia en el extranjero, según un estudio de impacto de la Comisión Europea. “Para mí es una enorme satisfacción, mi doctor dice que me mantengo muy sana por lo contenta que estoy. Allá por donde voy en Europa todos me dicen que la Erasmus ha cambiado su vida a mejor. Siempre me miran sonriendo, entusiasmados. Y sobre todo han cambiado sus vidas en la Educación, y eso no es un cambio cualquiera, es volverse ciudadano europeo, y sobre todo, del mundo”, declara la archipremiada Corradi. Cuando comenzó su idea, en el programa apenas participaban 11 países, ahora son 33: los 28 Estados miembros de la UE, más Turquía, la Antigua República Yugoslava de Macedonia, Noruega, Islandia y Liechtenstein.

Las etapas

Becadas extranjeras ante la Facultad de Traducción de la Universidad de Granada.
Becadas extranjeras ante la Facultad de Traducción de la Universidad de Granada.

“Cuanto más lejos viajes, el mundo se hace más pequeño”, dice Amaia Arrazola, coautora junto a Raquel Piñeiro del libro Cosas que nunca olvidarás de tu Erasmus, que también disfrutó de una beca en París y, como a la mayoría, le cambió la vida. En el libro menciona, por ejemplo, lo que llaman las etapas de la Erasmus. “En mayo de confirman que te vas; en septiembre saltan todos los miedos; en diciembre es cuando empiezas a estar bien; en febrero estás de lujo, manejas el idioma, te sientes en tu casa; y ya en junio llega el drama absoluto cuando te tienes que ir, son todo lágrimas”, resume la ilustradora, que asegura que gracias a la beca descubrió su vocación de dibujante y que numerosos estudiantes han empatizado con su publicación. Cuenta con lectores en España. De entre las 20 universidades preferidas por los Erasmus de Europa en 2014, 10 son españolas. Lideró la lista la Universidad de Granada con 2.329 alumnos; en tercer lugar se situó la Universidad de Valencia (1.908); y en cuarta posición quedó la Universidad Complutense de Madrid (1892).

En la oficina de Relaciones Internacionales de Granada, tras la puerta con el mensaje de bienvenida en nueve idiomas, la responsable de gestión de movilidad de la universidad, Verónica Conejo, coincide con Corradi y Arrazola en el acierto de la Erasmus. Lleva 26 años coordinando las becas en la universidad que históricamente más alumnos envía y recibe con este programa. Más de 4.000 de media en los últimos años. “Esto es lo mejor que ha hecho la Unión Europea. Al 99% de los alumnos les va bien. Los veo cuando vuelven de sus estancias, que traen un bagaje, se les ve más abiertos, más desenvueltos, se les abren los sentidos, y por supuesto tienen más oportunidades laborales”, señala Conejo, que con su experiencia en el programa observa también cómo estudiar fuera ha pasado de ser un susto para la familias a una gran satisfacción y cómo se ha ido monitoreando a los alumnos con los años.

Se perfila así como una realidad irrefutable que la beca Erasmus supone un impulso definitivo para la incorporación laboral de sus beneficiarios. La tasa de desempleo de los estudiantes Erasmus cinco años después de su graduación es un 23% inferior, según un estudio de la Comisión Europea. “Se adquieren numerosas capacidades transversales requeridas por los empresarios. Más adaptación, iniciativa, autonomía… válido tanto para el empleo como para nuestra compleja sociedad”, apunta la vicerrectora de Internacionalización de la Universidad de Granada, Dorothy Kelly, otra mujer que conoce bien las entrañas de las becas desde sus inicios y que ya coordinaba intercambios en su institución antes de que surgieran las Erasmus. “El éxito está en el compromiso de sucesivos equipos de Gobierno pero fundamentalmente de toda la comunidad universitaria. Es un esfuerzo colectivo; de profesores que han buscado socios y asesorado a alumnos, del compromiso de los técnicos”, señala Kelly, que destaca también los beneficios lingüísticos, culturales, académicos y personales de salir al extranjero.

Más programas

En esta línea, en 2014, la Unión Europea decidió ampliar el espectro de los beneficiarios de movilidad y unificó distintos programas ya existentes con otros nuevos para que desde la edad escolar hasta los adultos pudieran desplazarse a otro punto de Europa a formarse, hacer prácticas profesionales, o realizar un voluntariado. Surgió así el programa Erasmus +, que en suma ha movilizado a nueve millones de personas en estos 30 años y tiene prevista una dotación de 14.700 millones de euros financiados por la Comisión Europea para el periodo 2014-2020. Un estudio de la Comisión Europea revela también que los estudiantes que participan en Erasmus + tienen el doble de posibilidades de encontrar empleo un año después de graduarse y ganan un 25% más.

Y para cumplir el sueño definitivo de Corradi, en 2015 se implantó el programa Erasmus Dimensión Internacional, lo que facilita los intercambios de estudios universitarios con cualquier país del mundo. Un sistema que ayuda a despejar también las dudas con respecto a la polémica que podría surgir con el Brexit en el Reino Unido. “La conferencia de rectores británicos ya ha publicado numerosos comunicados en los que piden que se garantice la permanencia del país en los programas de movilidad”, señala Kelly.

Los británicos ven también las ventajas de estos intercambios europeos y mundiales, que además cada vez son más inclusivos. El 46% de los estudiantes Erasmus proceden de familias sin estudios, y el número de alumnos con discapacidad que participan en el programa Erasmus+ se ha multiplicado por 10 en los últimos tres años al pasar de 10 en 2013 a 91 en 2016. “Gané, lo que he conseguido es más de lo que podría esperar”, concluye Mamma Erasmus en su afán de conseguir una humanidad ciudadana del mundo.

Juan Ignacio Soto. La aventura de la primera promoción

Juan Ignacio Soto.
Juan Ignacio Soto.

Pasa con extremo cuidado las hojas de sus cuadernos de viaje a Tesalónica (Grecia) de 1988. Billetes de tren, entradas de monumentos, dibujos a lápiz, secciones de terrenos, mapas… se entremezclan entre textos de una caligrafía exquisita en la que cuenta sus impresiones de estudiante de 24 años en otro país. El ahora catedrático granadino Juan Ignacio Soto (Atarfe, 1964) se aventuró a participar en la primera promoción de becarios Erasmus en una experiencia que describe como única y clave para su futuro. “Fueron solo dos meses, pero es de estas veces en la vida que en un breve espacio de tiempo se aprende mucho. Era una oportunidad única y quería vivirla al máximo”, apunta desde su despacho del departamento de Geodinámica de la Universidad de Granada.

En su época no había oficina de atención a estudiantes, ni los profesores sabían qué hacía él por las aulas, ni coincidió con ningún Erasmus en la universidad. Era la primera vez que se montaba en un avión, que salía de casa. Una rareza que fuese alguien a estudiar al extranjero... “Había un componente de aventura, estaba todo por hacer. Ahora está todo más preparado. Allí aproveché para ir a conferencias, viajé, hice mapas geológicos, me apunté a todo lo que pude. Incluso fui responsable de prácticas de campo”, recuerda Soto con cariño.

El ahora catedrático valora con claridad el impulso que dio a su carrera la beca Erasmus. “Acudí a mi primer congreso geológico y fue en Atenas, abrí relaciones con científicos con los que luego he tenido proyectos e intercambios. Y luego me he atrevido a ir a otras universidades extranjeras, algo que sin esa experiencia nunca habría hecho”, reconoce el experto. “Es además un viaje interior. Te enseña mucho de ti”, considera el profesor, cuyo hijo ya ha estado de Erasmus y, por supuesto, anima a todos sus alumnos a la experiencia.

Con el tiempo cree que los políticos que promovieron el programa Erasmus fueron unos “visionarios gigantes”. “Se dieron cuenta de que favoreciendo la unión de los jóvenes se plantaba una semilla con un programa imparable y con tantos beneficios que es impagable”, concluye.

Elena Quesada. Un punto de inflexión

Elena Quesada.
Elena Quesada.

Amigos, compañeros, contactos, oportunidades, opciones… Para la bióloga sevillana Elena Quesada (1983) la beca Erasmus fue un punto de inflexión en el desarrollo de su carrera de Ciencias Ambientales. Su estancia en 2004 en la universidad alemana de Hamburgo reportó en ella la posibilidad de redirigir sus estudios y hacer en Alemania un doctorado en el Instituto de Investigación Max Planck. “Abres tu círculo de 30 personas y eso te da muchas posibilidades. En mi caso fue crucial”, apunta Quesada, que ahora investiga en una empresa andaluza y es vicepresidenta de la Asociación  de Científicos Retornados de España.

“Cada cual aprovecha la beca Erasmus como quiere. En mi caso fueron 10 meses de clases, prácticas y también fiesta”, recuerda Quesada, que cursó su Erasmus en cuarto de carrera y aprovechó su estancia en la ciudad alemana para hacer prácticas en el Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL). “Eso fue clave, aprendes sus herramientas, cómo organizan el trabajo, cómo se diseñan los experimentos, cómo se gestionan los equipos”, detalla la experta, que cuenta que ha aplicado sus conocimientos en las empresas andaluzas en las que ha trabajado posteriormente.

“Es un cambio drástico, allí tienes todas las posibilidades y más financiación. El tejido productivo de aquí trabaja al mínimo coste, no se cobra igual y hay que optimizar los recursos”, apunta Quesada, que detalla que a lo largo de su trayectoria posterior ha contactado con sus compañeros Erasmus extranjeros para intercambiar experiencias y cuestiones laborales. “La beca te da la oportunidad de espabilarte en el mundo real, lejos de tu ciudad de origen”, considera.

Lorenzo Travelli. Desmontar el mito Erasmus

Lorenzo Travelli.
Lorenzo Travelli.
Estudia, va a clases, tiene amigos españoles, viaja por Andalucía. El estudiante italiano Lorenzo Travelli cursa a sus 21 años la beca Erasmus en la Facultad de Letras de Granada. “Mi profesor de Italia me dijo que aquí había una buena enseñanza de eslavística”, señala este estudiante de lengua rusa y china. “Esta universidad funciona muy bien, está más organizada, las clases están muy bien preparadas, hay menos alumnos y eso es mejor”, valora Travelli con un correcto español.

Cuenta que vive en una casa con 17 estudiantes más, entre ellos; alemanes, ingleses, polacos, griegos y finlandeses. Comparten varios baños y tres cocinas y él duerme en una habitación con llave desde febrero, cuando comenzó su beca. “Es la primera vez que salgo a vivir fuera de casa y está muy bien enfrentarse con tu propia individualidad”, señala el joven, que se empeña en desmontar el mito del estudiante Erasmus vinculado a la borrachera.

“Sí vamos de fiesta, pero he visto a mucha gente que pone sus esfuerzos en los estudios, todo depende de la persona”, dice este italiano, que reconoce no haber sentido un fuerte choque cultural por la cercanía del carácter mediterráneo con los españoles y por su dominio del idioma. “Encuentras más afinidad cuando hablas la lengua, es importante para comunicarse y tener más empatía”, considera el joven, que cree que sus compañeros deberían de hablar menos inglés.

Habla a las puertas de la Asociación Erasmus Student Network de Granada, donde se dispone a apuntarse a un viaje de Erasmus. “Ya he visitado Sevilla, Ronda y Madrid; y quiero ir a Córdoba, Cabo de Gata, Cádiz, Jaén y Portugal”, dice ilusionado. Dice que también va a las actividades culturales organizadas en locales y bares. “El programa Erasmus nos pone en conjunto y nos da una oportunidad perfecta para encontrar a personas que estamos en la misma situación”, dice Travelli, que está convencido de que la beca le servirá para encontrar trabajo con más facilidad. “Seguro, ya solo el tribunal del Trabajo Final de Grado valora la estancia fuera”.

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