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OPINIÓN

Expo 92, 25 años de “posverdades”

Fuimos muy pocos los que, de verdad, creímos en la celebración desde el principio

La mascota de la Expo 92, Curro, paseando por la exposición.

La política, como todo el mundo sabe, es como una droga que cuesta dejar. Ya estando en el Ayuntamiento de Sevilla, un 10 de diciembre de 1982, elevé a la Comisión Permanente una moción de apoyo a la Exposición Universal, entonces en ciernes, cuando precisaba de una aquiescencia sin fisuras de las autoridades locales. Todas las fuerzas políticas representadas en el Consistorio dieron su aprobación. Después, comunistas, andalucistas y una áspera derechona de Sevilla estuvieron torpedeando el proyecto todo lo que pudieron, con tal de que el PSOE no se apuntara el tanto. Al rebufo, se formó una extraña cofradía de “objetores Expo”, desde mucho antes de que se pusiera la primera piedra. Incluso entre intelectuales progresistas parecía de buen rollo ponerse en contra de la Expo, por principio. No se sabe cuál.

Pues bien, reconozco que de aquella moción me había quedado un deseo recóndito: el de estar de algún modo en la que prometía ser la más grande ocasión de los tiempos modernos para la ciudad, desde que empezara su imparable declive en 1717, cuando le quitaron el despacho de Indias. No había que ser un lince para ver en el horizonte cercano cuánto de bueno iba a llover. Y cuántas transformaciones se iban a producir a ojos vista: la urbana, desde luego (con seis nuevos puentes sobre el Guadalquivir, la supresión del dogal ferroviario…); la económica (un plan de desarrollo de los de verdad, para toda la región, donde Sevilla haría de locomotora: el tren de alta velocidad, el AVE, una nueva autovía, la transversal, considerables mejoras en la otra, reformas en aeropuertos, restauración de un gran número de monumentos —esto principalmente a cargo del programa del V Centenario, el gran olvidado—, etcétera); la social, dando oportunidades a la región menos favorecida de España. Y la política, claro, con la puesta de largo ante el mundo de la joven y trabajosa democracia española. Ejemplo fue para otras regiones, sobre todo Latinoamérica, de cómo se pasa de una dictadura a un sistema de libertades. Superada la negra noche del franquismo, tocaba hacerse un sitio en el concierto de las naciones libres. Tal vez fue eso lo más importante de todo. Tal vez ahora, como se está poniendo el panorama global, se comprenda mejor.

De modo y manera que me consagré a aquella misión. En realidad, fue un momento político muy crítico en el interior del partido, un bache importante que se venía gestando en el socialismo andaluz, por lo que había que evitar un descalabro en propias filas, en el momento más inoportuno. Borbolla había caído en desgracia hacía tiempo, y lo relevaron por Manuel Chaves, justo en 1990. (Suerte que ya estaba casi todo hecho o decidido). A Manuel del Valle, el alcalde que propició Alfonso Guerra en el 83, se le acababa la cuerda (había perdido cuarenta mil votos entre 1983 y 1987), y también tuvieron que sustituirlo, aprisa y corriendo. Pero resulta que quien se alzó con la alcaldía fue un andalucista, Alejandro Rojas Marcos, bastante poco amigo de los socialistas, y de la Expo. Entre otras ocurrencias, unos cuantos días antes de la inauguración, amenazó con no darle licencia de apertura. (Todavía hay quien se está riendo). Así que, cuando más arreciaba el diluvio de millones sobre la ciudad, se perdía el buque insignia. Un contratiempo que dejó un rastro amargo en la dirección del partido. “A Sevilla, ni agua”, fue la consigna que se escuchó en los pasillos oficiales, después del 92, y aún late en la primera “posverdad” de la Expo, la que decía que todo se lo llevó la capital de Andalucía, que fue un despilfarro y que después no habría más que jaramagos en la Cartuja. (Dénse una vuelta por allí, pero no se lleven los jilgueros, porque jaramagos no hay. Hay un gran parque científico y tecnológico, que factura 2.000 millones al año). Hoy todo el mundo quiere apretujarse en la foto de los 25 años. Tiempo es de reconocer, desde luego, a cada cual lo suyo: a Olivencia, el impulso, a Pellón, la realización. A Felipe y al Rey, una firme voluntad política. Pero una nueva “posverdad” amenaza. La de que fue un éxito de todos, que es la mejor manera de diluir el éxito de un Gobierno y de un partido político. No se lo crean. Fuimos muy pocos los que, de verdad, creímos en la Expo desde el principio.

Tampoco dentro de la organización de la Exposición Universal bajaban las aguas tranquilas. Las turbulencias dentro del PSOE se transmitieron a la marcha de los preparativos. Borbolla, del Valle y Chaves recelaban de Manuel Olivencia al frente de la muestra. A antiguos resabios profesionales o académicos, se unía el temor a que el ritmo y el método del prestigioso abogado no sirvieran para llegar en condiciones al 20 de abril. En una reunión en Moncloa, Felipe se dirigió a la plana mayor del partido en Andalucía y, con no poca sorna, les preguntó: “¿A que todavía le habláis de usted a Olivencia?”. Era la prueba del nueve, la de una distancia insalvable. Y fue entonces cuando buscó el recambio y encontró al hombre providencial: a Jacinto Pellón, un ingeniero de toscas maneras, pero dotado del instinto de la eficacia que hacía falta, y que acertó con un equipo de muy alta solvencia. Lo malo es que ese relevo ya no se lo perdonaron al Gobierno socialista. El consenso que había tejido Olivencia en torno a su figura saltó hecho pedazos en un momento. Mientras en Barcelona todo era unidad, en apoyo a la Olimpiada, en Sevilla se discutía todo. Todo iría mal. Haríamos el más espantoso ridículo internacional. El AVE era “el rapidillo”, los puentes se caerían, no vendría nadie… Con decidida voluntad de que la nave naufragara, se orquestó una campaña de burlas, amenazas y malos augurios, que daba hasta miedo. Pero Pellón, como buen navegante que era, resistió la tormenta. Y nos enseñó a resistir a todos, como si aquello no existiera. Y la Expo fue un éxito, un cuento maravilloso convertido en realidad inenarrable. La única diferencia es que no ocurrió “de repente”, como en las historias fantásticas, sino tras un esfuerzo descomunal y silencioso. Eso sí, como en los cuentos, la gente lo disfrutó extasiada, tan de verdad que parecía mentira.

Aun así, siguieron sin perdonárselo, ni a Pellón ni al PSOE. Al cántabro le orquestaron otra sonora campaña de desprestigio, por cuenta de presuntos delitos societarios, malévolas acusaciones de trinque al por mayor. (Y que los socialistas devolvieran aquellos dineros fantasmales). Siete años lo tuvieron arrastrándose por los juzgados, demostrando inocencia. Al final, un juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, lo archivó todo, porque nada había. Pero el daño estaba hecho. (Jacinto Pellón murió de un infarto el 9 de mayo de 2006). Ahora, a los 25 años de todo aquello, justo es que Sevilla salde la deuda de gratitud que aún tiene para con aquel rudo “albañil”, que le decían.

Antonio Rodríguez Almodóvar es escritor y fue director del Pabellón de Andalucía y de Andalucía de los niños, en Expo 92. Este texto está extraído de sus Memorias, en preparación.