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“La gente lloraba al oír el nombre del capo”

La trata de nigerianas es una de las más feroces, por la sumisión mediante ritos vudú y por el poder de las mafias de este país, que dominan el paso del Estrecho

Dos prostitutas en el polígono Marconi, Madrid, el pasado sábado.

Las nigerianas víctimas de trata, captadas en su país con engaño, que llegan a España jugándose la vida en viajes infernales por el desierto y el mar, violadas por el camino, obligadas a prostituirse en la calle, niegan todo en comisaría. Afirman que están ahí porque quieren, que nadie las controla. Un paquetito muy burdo, de papel y cinta adhesiva, con su nombre escrito, es el secreto, la clave oculta de la verdad. “En cuanto se lo enseñas, cuando ven que lo tienes tú, les cambia la cara, se derrumban, liberadas, y te lo cuentan todo”, cuenta José Ángel González, comisario del grupo de Trata de Seres Humanos del Cuerpo Nacional de Policía. Todas las víctimas nigerianas llegan del mismo sitio, el estado de Edo y la ciudad de Benin City, al sur del país, de religión cristiana mezclada con creencias animistas.

En los registros de los capos nigerianos, lo más buscado por los agentes, lo más escondido, son esos paquetitos. Contienen vello púbico de las víctimas, uñas, prendas íntimas con sangre menstrual. Los confecciona un brujo de su pueblo, en Nigeria, para sellar el pacto con la persona que le ha ofrecido trabajo en España. Ese rito vudú aprisiona luego a las víctimas, comprometidas a pagar su deuda y a no denunciar a nadie, si no quieren que la desgracia caiga sobre ellas y sus familias. El rito se repite en España para reforzar la amenaza. A partir de entonces, por el poder de estas creencias, su vida está en poder del tratante. Se ven esclavizadas sexualmente en el nivel más bajo de la prostitución —la calle, los polígonos, las rotondas—, y con una deuda de hasta 60.000 euros que nunca se acaba. “Todas vienen engañadas. Incluso las que saben a qué vienen no se imaginan cómo es”, advierte Luis Peláez, teniente coronel de la Unidad Técnica de Policía Judicial de la Guardia Civil.

Hay una historia que pone nombre y rostros a esas abstractas alusiones a las mafias de trata y tráfico de seres humanos de los políticos. Empieza en 2015 con una niña nigeriana de 16 años que pasó la frontera de Ceuta oculta en la carrocería de un coche, y acaba el pasado mes de noviembre con el arresto en Tánger del gran capo de las pateras del Estrecho de los últimos ocho años, un nigeriano de 40 años llamado Ebo Rabel. Se calcula que desde 2008 ha enviado más de mil embarcaciones ilegales de Marruecos a España, con unas 6.000 personas. Esta operación del Cuerpo Nacional de Policía ha logrado que las autoridades marroquíes colaboren por primera vez con un país europeo en una detención de este tipo. “En los interrogatorios la gente lloraba al oír su nombre, era muy temido”, cuenta el jefe de la investigación.

Aquella niña, que acabó en una ONG de Madrid, tenía que haber terminado en una rotonda de Torrevieja. Cuando llegan a España, las víctimas saben el número de teléfono de la persona a la que tienen que llamar y vuelven a manos de las redes. Esa niña era valiosa para los tratantes, por su edad y su belleza, y por eso la pasaron en coche, que es más caro, hasta 3.000 euros. En patera, cuesta de 1.200 a 1.500 euros. Las víctimas de menos valor, en la óptica criminal, van por la ruta más peligrosa, por Libia y el Mediterráneo a Italia, si llegan, por 150 euros. Las más preciadas, por avión, desde Marruecos o Estambul. Todo esto lo paga el tratante, desde España, a la organización encargada del traslado. Que a su vez, a los tres o cuatro años, pueden vender a la mujer a otro grupo por 8.000 euros.

En Torrevieja, con turismo todo el año, actúan varias mafias nigerianas de trata. Uno de los capos más agresivos era una mujer, Gloria. “Tiró los precios, las víctimas cobraban cinco euros por servicio”, relata este mando de la Policía. Esta figura, la mammy, es frecuente: una exprostituta que al final se convierte en explotadora. Gloria, que incluso hacía comer barro a sus chicas y ocultaba el material de los ritos vudú tras la nevera de su casa, tenía como cómplice al pastor de la Iglesia evangélica nigeriana local, también detenido. Este dato corrobora el peso del factor espiritual en la intimidación: este líder religioso, a cuyas misas dominicales las chicas debían asistir obligatoriamente, hablaba con ellas en sus momentos de debilidad. Si era necesario, recurría a las amenazas.

Gloria tenía contactos muy buenos en Marruecos, las víctimas captadas en Nigeria llegaban muy rápido a España. Esa ruta era cosa de Ebo Rabel y sus hombres. Uno de ellos, Promise, iba a Nigeria y llevaba a grupos de mujeres en todoterreno a Níger y luego a Argelia. En Oujda, la frontera con Marruecos, la colonia nigeriana domina el paso al otro lado por un bosque, mediante guías, guide man en inglés en la jerga de los traficantes. Una vez en Marruecos, otro hombre de la red, Stanley, era el responsable del alojamiento. Ebo Rabel era el gran connection man que monopolizaba el paso del Estrecho desde 2008. Muy respetado, tenía su guardia personal y llevaba un alto nivel de vida. Manejaba una gran liquidez para comprar motores fueraborda de pateras, la pieza clave del mecanismo. Daba gasolina hasta aguas internacionales, donde la embarcación ya podía ser rescatada. “Era fiable y trabajaba bien, garantizaba el viaje”, explica este mando policial. De hecho, apunta, el vacío que ha dejado Rabel se ha notado estos meses, porque en muchos intentos de llegar a la costa española ha predominado la precariedad, incluso con botes hinchables de juguete, algo que antes jamás habría ocurrido.

Stanley y Promise también fueron detenidos en Marruecos en diciembre de 2016 y enero de este año. Pero la investigación siguió cuando Europol comunicó que en una comisaría de Austria había aparecido una nigeriana con una foto y el teléfono de Gloria, la mammy de Torrevieja. La mujer había conseguido huir de Italia, una pista que llevó a arrestar al hombre de Rabel en ese país, detenido en marzo. Se encargaba de buscar a las víctimas de la red que iban por la ruta libia y acababan en los centros de acogida de inmigrantes de Sicilia y el sur de Italia. Las llevaba a Roma y luego, en autobús a Barcelona.

La Policía liberó a 36 mujeres esclavizadas por Gloria, y siete de ellas vencieron el miedo y denunciaron, muchas para estos casos. En algunos casos, las víctimas nigerianas han llegado a terminar en tratamiento psiquiátrico, una macabra profecía autocumplida: se han vuelto locas realmente, como predecía la amenaza vudú si traicionaban su promesa.

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