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OPINIÓN

El Parlamento no es un bar

Pablo Iglesias y Podemos vulgarizan el templo del Congreso en su estrategia de acercar la calle y para indignación de los demás partidos

Cañamero y Pablo Iglesias, en la sesión de Control al Gobierno en el Congreso el pasado día 22. En el vídeo, Iglesias en el Congreso.

No hace falta recurrir al videoarbitraje para identificar la reincidencia con que las señorías de Podemos vulneran el reglamento parlamentario en el desdoro de las buenas maneras. Camisetas reivindicativas. Mártires paródicos como Bódalo. Lenguaje soez. Hábitos de tribuna sur que trivializan el espacio sagrado de la Cámara.

Se lo reprocharon ayer los demás partidos. Y lo hizo Ana Pastor con sus galones de colegiada, aunque Pablo Iglesias interpretó que las amonestaciones de la presidenta del Congreso representaban un ejercicio intolerable de partidismo y de intimidación. Como si el árbitro estuviera comprado y fuera Podemos la víctima de una conspiración que han urdido los partidos de la casta para dejar en fuera de juego los humores de la calle.

Iglesias pretende trasladarlos al Parlamento, los humores callejeros, los exabruptos atribuyéndose, como siempre, el privilegio inequívoco de la interlocución popular —la gente, la ciudadanía y erigiéndose en agotador recurso iconoclasta.

Vestir como la gente viste, al límite del chándal, hablar como la gente habla me la pela, me la bufa es la manera que ha encontrado Iglesias para reivindicar sus facultades de mediador social privilegiado. No ya convirtiendo la Cámara Baja en un bar de Lavapiés, sino incurriendo en un embarazoso y trágico malentendido litúrgico.

El escrúpulo en la indumentaria y el esmero en la oratoria no aspiran a alejar al político del ciudadano, sino a acercarlo al concepto sagrado de la ley. El Parlamento es un territorio de excepción. Un templo que aloja la devoción a la democracia representativa. Y que los diputados están obligados a observar, no para abusar de la gomina ni de las corbatas de Hermès sino para reconocerse en la categoría de ciudadanos ejemplares. Las formas son el fondo en la superficie. Y el origen de todo misterio.

Lo saben los tenistas que juegan en Wimbledon de blanco. Lo demuestran cada tarde los toreros en sus trajes de seda y oro. Lo reivindican los jueces con sus togas. O los abogados con sus pelucas. Y lo experimentan los turistas cuando son constreñidos a vestirse con decoro en el umbral de San Pedro. La basílica vaticana es un espacio de sugestión. Una representación del cielo en la tierra que contraindica los selfies, las palabrotas. Y que incita al silencio en su correlación contemplativa.

Puede decirse lo mismo de un Parlamento en su iconografía y en su semiótica. De ahí la importancia que reviste el aseo y el cuidado de la palabra. Se lo debemos a nuestro linaje grecolatino y a la herencia de Cicerón. Su oratoria es una ciencia de las emociones, pero también el medio desde el que se desglosa un sistema de valores. Lo escribe el latinista Nicola Gardini: “Hablar bien es una filosofía. Escribir bien es una manera de hacer el bien. Y Cicerón lo ha demostrado, exponiendo su propia elocuencia al servicio de una sociedad amenazada por la tiranía. Fue el enemigo jurado de cualquier despotismo y fue un heroico portavoz del Senado. Su arma fue una palabra: libertas”.

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