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Bidart, hito policial en la lucha contra ETA

Se cumplen 25 años de una operación antiterrorista clave que permitió desarticular a la cúpula etarra

Policías franceses confiscan el material incautado tras la detención de la cúpula etarra en Bidart en 1992.
Policías franceses confiscan el material incautado tras la detención de la cúpula etarra en Bidart en 1992.

“El final de ETA no es resultado de un único hito. Es la suma de la experiencia acumulada por todos los Gobiernos de la democracia”, dijo Alfredo Pérez Rubalcaba, ministro del Interior cuando ETA anunció el cese definitivo del terrorismo el 20 de octubre de 2011. Lo mismo opinó José Luis Corcuera, titular de Interior cuando detuvieron a la cúpula de ETA en Bidart (Francia), cuyo 25º aniversario se celebra este miércoles. Fue uno de esos hechos que marcaron la decadencia del terrorismo etarra, herido mortalmente tras consolidarse la democracia en España, y cuyo aniversario viene a coincidir con el desarme de la banda y su previsible disolución.

En la tarde del 29 de marzo de 1992, grupos especiales de la policía francesa penetraron en una vivienda en Bidart, a 20 kilómetros de la frontera, y detuvieron a Francisco Múgica Garmendia, Pakito; José Luis Álvarez Santacristina, Txelis, y a Joseba Arregi Erostarbe, Fitipaldi. No ofrecieron resistencia.

La detención de Bidart fue un bombazo. Por vez primera, las fuerzas de seguridad desarticulaban a la cúpula de ETA que llevaba más de una década dirigiendo la banda terrorista. Era la responsable de la continuidad del terrorismo tras la muerte de Franco, de los atentados de los años ochenta y la que utilizó el coche-bomba como arma mortífera.

La tenaz labor de un infiltrado

La detención de la cúpula de ETA en Bidart tuvo su origen en una infiltración en la banda terrorista, según la versión del general de la Guardia Civil, Rodríguez Galindo, artífice de la operación, posteriormente condenado por los GAL. El exministro Corcuera se remite a esa versión y adelanta: “La detención de Bidart fue fruto de una información que lleva a Galindo a vigilar durante meses a un dirigente de ETA hasta que le guía a la dirección de la banda”.
Todo arranca con la detención del Comando Eibar en 1989, autor de siete asesinatos. La detención fue propiciada por la delación de uno de los colaboradores del comando, el dueño de la vivienda en la que se refugiaban los terroristas. Según la versión de Corcuera, los terroristas abusaron de la confianza de su anfitrión, y este los delató.

Su venganza fue aún más lejos. Tras la detención del comando, el anfitrión de los etarras huyó a Francia como aparente colaborador de ETA, donde accedió a información sensible. De ese modo, la Guardia Civil localizó a José Luis Álvarez, Txelis, jefe del aparato político de ETA. Txelis fue seguido en Francia durante meses con el objetivo de que les guiara a la cúpula etarra, lo que sucedió el 29 de marzo de 1992.

El delator y aparente colaborador de ETA (cuya identidad es hoy conocida) murió de cáncer en Francia, pocos años después, y fue homenajeado como miembro de la banda terrorista.

La consecuencia inmediata de aquella detención fue el alivio del Gobierno de Felipe González ante la inmediatez de la inauguración de la Expo de Sevilla (faltaban 22 días) y la proximidad de la celebración de los Juegos Olímpicos en Barcelona. Corcuera recuerda: “Era un momento crucial. ETA ya había puesto una bomba en el Hotel Alfonso XIII de Sevilla y temíamos una campaña de atentados con el objetivo de arruinar unas celebraciones de eco internacional. La detención de sus jefes frustró la campaña etarra y salvó los eventos de 1992”.

Pero Bidart tuvo aún más alcance. “La detención de su cúpula demostró que ETA era vulnerable y provocó gran desmoralización en sus bases. ETA ya no fue la misma. Se desmanteló su aparato logístico. Necesitó años para reconstruirse y, cuando lo hizo, no tuvo la fuerza de su etapa precedente. Los comandos no contaban con las redes de apoyo de antes, lo que implicó una disminución de sus atentados y asesinatos”, señala Corcuera.

Pero Corcuera insiste en la tesis de “la suma de hitos” y considera que en el debilitamiento de ETA más importante aún que la detención de Bidart fue la incautación por parte de las fuerzas de seguridad del archivo de la banda en Sokoa, seis años antes, en noviembre de 1986. “La incautación y estudio de aquel archivo fue la universidad en la que se instruyeron las fuerzas de seguridad. Conocieron cómo era ETA y la información analizada facilitó operaciones policiales hasta 12 años después. ETA fue mucho más vulnerable”, afirma el exministro.

“Al final, los hitos se relacionan y todos, operaciones policiales y políticas, contribuyeron al debilitamiento progresivo de ETA”, admite el que fue titular de Interior. Entre la incautación de los archivos de Sokoa, en 1986, y la detención de la cúpula de ETA en Bidart, en 1992, se producen varios acontecimientos, claves por su alcance político, que segaron la hierba bajo los pies de la banda terrorista: la matanza del Hipercor de Barcelona en 1987, la mayor de ETA (21 muertos), tuvo como respuesta el Pacto de Ajuria Enea, en 1988, la unidad política de nacionalistas y no nacionalistas contra ETA en Euskadi que contribuyó a aislarla. Un año después, en 1989, el Gobierno de Felipe González aceptó dialogar con ETA en Argel. La ruptura de las conversaciones por parte de la banda contribuyó a aislarla más. “Sabíamos que ETA rompería. Pero aceptamos el diálogo para ganar apoyo internacional y debilitarla”, admite Corcuera.

También reconoce Joseba Urrusolo Sistiaga, destacado activista del comando Barcelona de la organización, que aquella ruptura los debilitó. “Cuestioné la ruptura del proceso de Argel. En ese momento pensaba que había que reconducir la situación, que la reforma política y el Estatuto se asentaban, que perdíamos apoyo, que se nos cerraban las puertas y que la represión era más selectiva. Txomin Iturbe [máximo dirigente de ETA, fallecido en un accidente en Argel en 1987] ya dijo antes de morir que si no negociábamos vendría la derrota”, señaló a EL PAÍS recientemente.

Huir hacia adelante

La cúpula etarra, detenida en Bidart en 1992, fue sustituida por Mikel Albisu, Mikel Antza, como jefe político de la banda. Optó por “huir hacia adelante”, señala Urrusolo. Se materializó en la “socialización del sufrimiento”: el ataque indiscriminado a no nacionalistas (además de policías, políticos, concejales, periodistas, profesores...). “Como ETA estaba muy debilitada policialmente, trató de buscar blancos fáciles, ampliando su actuación a nuevos colectivos y fue su perdición definitiva”, recuerda Corcuera.

De los detenidos en Bidart, Txelis está en libertad. Pakito sigue en la cárcel, expulsado de ETA. También sigue encarcelado Arregi. Urrusolo, activista clave en aquella etapa, crítico con ETA y en libertad, explica de este modo la tardanza de la banda en reconocer su final: “Ha habido una inercia y muchos han vivido cómodamente alrededor de la violencia. En la izquierda abertzale han tardado mucho en decir lo que pensaban, dando cobertura al empeño desastroso de ETA. Se ha vivido una radicalidad artificial”.

 

Del blanco fácil a la perdición definitiva

ETA inició una cadena de atentados con Gregorio Ordóñez (1995) que alcanzó su cénit en julio de 1997 con el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Aquel crimen provocó que Txelis, el líder etarra detenido en Bidart y encarcelado, condenara a ETA y la exigiera abandonar el terrorismo. Lo mismo hicieron Urrusolo y otros ex- militantes de ETA. Pakito, también detenido en Bidart y encarcelado, esperó a agosto de 2004.

Dos meses después de la reclamación de Pakito, en octubre de 2004, detuvieron en Francia a Mikel Antza, jefe político de ETA durante 12 años. Le sucedió Thierry. Sólo duró cuatro años. Tras su detención en 2008, las sucesivas cúpulas de ETA duraron sólo meses.

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