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OPINIÓN

Imborrable Borrero

Currante, curiosa, carismática, Paloma Gómez Borrero fue para los periodistas las fuentes del Vaticano y el modelo de la modestia

Paloma Gómez Borrero, en diciembre de 2016.

La muerte de Paloma Gómez Borrero no tiene ningún sentido. Le habíamos atribuido una dimensión intemporal. O se lo había ganado ella misma, de tantas relaciones como granjeó en el ámbito metafísico. Y de la vitalidad que rebasaba el prosaísmo de los cumpleaños. O de la curiosidad que estimulaba el brillo de sus ojos. Paloma fue bastante mayor de joven y bastante joven de mayor, aunque su dependencia de la Olivetti precipitara malentendidos tan aparatosos como el que vivimos en el aeropuerto de Ereván. Cerca estuvieron las autoridades armenias de arrestarla porque pensaban que su máquina de escribir era un tesoro clandestino de anticuario. Y creo que la obligaron a desenfundarla. Y a tocarla, como si fuera la Olivetti un clavecín. Y un clavecín no era, pero Paloma conseguía parecer una intérprete renacentista delante del teclado, tan ensimismada como acostumbraba a quedarse, sin otra partitura que el diccionario de sinónimos. Era su equipaje de reportera y de vaticanista. Y su idiosincrasia de periodista preconciliar en los años en que empezaban a abrumarla los neologismos tecnológicos. Ni Twitter, ni Instagram, ni Facebook. Paloma tenía su Olivetti y no le preocupaba que sus colegas la observaran como una secretaria de Juan XXIII. Que se conocieron, la una y el otro, como también conoció la maestra Borrero a Pablo VI.Y a Juan Pablo I. Y a Juan Pablo II, un pontífice inaccesible e inescrutable menos para Paloma. Y digo Paloma porque así la llamaban Wojtyla y el rey Juan Carlos en la visita a España de 2003. Tan popular era la Borrero que la feligresía la aclamaba en el aeropuerto de Barajas como si estuviera ella de visita oficial. Firmaba autógrafos. Y puede, puede, que le pidieran la bendición de algún retoño.

Se le tenía envidia a Paloma, no necesariamente sana. Y se le agradecía su generosidad y su predisposición. No nos engañemos. Cuando un periodista español -y foráneo- citaba “fuentes vaticanas” de solvencia quería decirse que había hablado con Paloma Gómez Borrero. O que había cenado en su casa del barrio de Prati. Donde no era extraño coincidir con una eminencia, una excelencia, un nuncio o un monseñor. Se diría que los clérigos con ambiciones de carrera le presentaban sus credenciales a Paloma, como hacíamos los periodistas en una suerte de ritual iniciático. Agradecidos por la hospitalidad de la periodista. Y abrumados por los premios que se amontonaban en su despacho. Que parecía el salón de trofeos del Real Madrid. Y que nunca indujeron al pecado de la vanidad, sino a la virtud del agradecimiento. Currante era Paloma. Y buena, noble. Incluso inmortal, como la bocca de la verità, como el templo de Bramante, como el éxtasis de Santa Teresa entre las manos temblorosas de Bernini. La prueba está en que Paloma fue siempre corresponsal de TVE en el Vaticano, incluso cuando dejó de serlo muchos años después de que la destronara el felipismo. Se había instalado en el portal de Belén de los hogares. Y formaba parte de la iconografía carismática de la televisión pública por los siglos de los siglos, como Rodríguez de la Fuente. Como Fofó. Como Hermida.

Ha muerto Paloma Gómez Borrero a los 82 años. Lo escribe uno como lo ha leído en las agencias de noticias. Incrédulo. Y no sé si van a doblar las campanas. O si van a sufragarse misas pontificias por su alma. O si van a canonizarla. El problema es quién toca ahora la Olivetti. Y quién remedia la sequía de las fuentes vaticanas, ahora que Paloma se ha hecho espíritu santo.

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