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El dogma de la inmaculada concepción catalana

El relato del proceso soberanista reinventa la historia de Cataluña e imagina la independencia como el nacimiento de una nueva nación sin pecado original

De izquierda a derecha, Macià Alavedra, Rodrigo Rato, Jordi Pujol, José María Aznar, Josep Antoni Duran i Lleida, Joaquim Molins, Josep Sánchez Llibre y Mariano Rajoy, en el Palace de Madrid para sellar el pacto de gobierno entre el PP y CiU, llamado Pacto del Majestic.

Los cuatro años del proceso han conseguido concentrar en un corto periodo de tiempo un eterno empate histórico, entre una nación que no consigue asimilar y homogeneizar a sus componentes más diferenciadas y una de estas componentes, definible y definida como nación histórica y cultural, que no consigue afianzarse como entidad política aparte. Un conjunto, según feliz definición del republicano y catalanista Lluís Nicolau d’Olwer, caracterizado por “el deseo de unión y la imposibilidad de la amalgama”.

Los historiadores deberán en su día investigar cómo se llegó a todo esto. Hay una explicación inmediata en el impulso que condujo a la crisis en 2010, que no fue otro que la sentencia del TC sobre el Estatuto de Cataluña. Pero esta explicación requiere remontarse a la elaboración del Estatuto y al resultado final, con numerosos hilos argumentales que exigen explicación. Para sintetizarlo en una sola, pero fundamental pregunta: ¿qué sucedió entre el PP y CiU, entre Pujol y Aznar, que fueron socios leales entre 1996 y 2000 e incluso más allá, y pactaron el mayor desarrollo histórico de la autonomía catalana y del Estado de las autonomías, para que llegaran al enfrentamiento del Estatut y de la sentencia primero, y luego a la ruptura y enemistad explícitas entre 2012 y ahora mismo?

La primera y más simple explicación es que el proceso se produjo porque estaba en la naturaleza del nacionalismo catalán. Hay historiadores que creen detectar posiciones secesionistas en el entero catalanismo desde las mismas bases de Manresa. La más pegada a nuestra actualidad, como es la que hace Gabriel Tortella (Cataluña en España, historia y mito), establece una especie de plan pujolista de nacionalización catalana que no podía terminar de otra forma.

Hay una segunda explicación en la inhabilidad de los Gobiernos españoles, sobre todo de derechas, a la hora de enfrentarse a las dificultades de una sociedad cultural y lingüísticamente diversa y a una realidad económica, industrial y urbana con excesivas asimetrías para su acomodamiento a un proyecto de nación homogénea, centralizada y radial. La fuerza del nacionalismo catalán se debe históricamente a la debilidad nacionalizadora española, es decir, a la incapacidad de las élites españolas para construir un proyecto inclusivo que neutralice el impulso diferenciador catalán.

Es sabido el peso de la coyuntura económica, del deterioro de las finanzas y necesidades electorales

La derecha española y parte de la izquierda fraguaron la idea de que el reconocimiento conseguido por Cataluña era el punto de llegada y la culminación final del proyecto; mientras que el nacionalismo catalán y la izquierda menos jacobina lo ha considerado como el punto de partida y lo ha utilizado para construir la nación catalana, sin esperar a que encajara con una nación española plural como hubiera correspondido a la única forma útil para compatibilizar ambos procesos de nacionalización o construcción nacional.

Esta explicación da pie a otra más banal y circunstancial: el independentismo catalán era minoritario, es cierto. ¿Pero alguien puede entender que un movimiento minoritario, que jamás había contado con oportunidades históricas, no aprovechara un conjunto de circunstancias excepcionales para un envite último en el momento en que prácticamente todo el mundo daba por cerrada la época de las secesiones al menos en la Europa desarrollada?

También hay una explicación accidental: si Zapatero no hubiera vencido a Rajoy el 14 de marzo de 2004 tras los atentados de Madrid, la pelea por el Estatuto, planteada por Maragall como el mejor instrumento para desplazar a CiU de la centralidad catalana y oponerse al Gobierno de la derecha española, hubiera tomado un rumbo muy distinto.

Es difícil cifrar todo un rumbo histórico en un accidente, sobre todo cuando la confluencia de circunstancias ha sido realmente insólita: la reforma del Estatuto catalán sin el consenso del principal partido de la derecha española; el fracaso del Estatuto reformado gracias al empeño del PP con su recurso al Tribunal Constitucional; la mayoría absoluta del partido conservador español tras el descalabro del socialismo; la crisis financiera que sitúa a España al borde de la quiebra y la convierte en un peligro para el proyecto europeo; el declive del proyecto unificador de la UE que había cubierto bajo su paraguas buena parte de las tensiones nacionalistas; y, finalmente, la sorpresa del referéndum escocés, que proporciona un ejemplo, un argumento e incluso una coartada política y moral a un referéndum del mismo tipo para la resolución del caso catalán.

A todas estas circunstancias hay que añadir otra oportunidad única que permite la programación del conflicto, como es el tricentenario de la caída de Barcelona al final de la Guerra de Sucesión (1708-1714), constituido en motivo narrativo y celebratorio con el que se remodela el relato nacionalista, hasta entonces ajeno a los derechos históricos, desde una visión pesimista y victimista hasta otra eufórica e incluso determinista, que fija en el aniversario el momento de la ruptura definitiva con España.

La fuerza del nacionalismo se debe históricamente a la debilidad nacionalizadora española

De todos es sabido el peso de la coyuntura económica, del deterioro de las finanzas catalanas y naturalmente de las necesidades electorales de Convergència i Unió e incluso de las ambiciones personales de su presidente Artur Mas en las distintas decisiones que han conducido a la actual situación y especialmente en el giro de julio de 2012, en vísperas de la Diada, cuando el núcleo dirigente de Convergència, aterrorizado por la crisis financiera que sufre España y por el peligro de un default inminente, deciden pasar a la máxima velocidad y apostar por lanzar un órdago a Rajoy.

El tricentenario ha constituido una sensacional exhibición de imaginación política en la construcción del relato histórico, en el sentido de invención de la tradición tal como la explicó Eric Hobsbawm. El argumento histórico sirve para exhibir una continuidad del sujeto político catalán y reivindicar una restauración de libertades, derechos e incluso textos legales perdidos o anulados. La Cataluña independiente que se dibuja frente a la España en crisis, de democracia defectuosa y con fuertes reminiscencias franquistas, es excepcionalmente atractiva sobre todo porque aparece como una nación inmaculada, democrática y europea, fruto de un nacionalismo no étnico sino cívico, defensivo y no opresivo, que considera agotados los caminos para incluirse en España y ahora se plantea como una única salida la creación de su Estado propio.

La nación inmaculada del relato inventado lo es en un doble sentido: históricamente, porque siempre se sitúa en el lado bueno de la historia, con el ejemplo culminante y fuertemente idealizado de la Guerra Civil y el franquismo: y en la actualidad, porque el nacimiento del Estado propio también se producirá sin incurrir en los pecados históricos en que han incurrido otras naciones al nacer. Concebida sin pecado original como las otras naciones, que han necesitado guerras, matanzas, limpiezas étnicas, dictaduras y supresión de libertades, los dirigentes del proceso insisten en que Cataluña hará un proceso impecablemente democrático al que solo se le exigirá en algún momento unas microrrupturas para poder alumbrar una nueva legalidad constitucional y constituyente. Esta hipótesis requiere, al igual que el dogma de la concepción inmaculada de María, de algo parecido a un milagro para llegar a ser realidad y de mucha fe para creerla.

Fragmento de ‘Lecciones españolas. Siete enseñanzas políticas de la secesión catalana y la crisis de la España constitucional’. ED Libros. 336 páginas. 20 euros.

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