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11-M: La masacre que golpeó a los trabajadores

Las delicada situación de las víctimas se acentúa 13 años después por el impacto de la crisis económica

José Martín Lapo, Catalina Jiménez, Jakeline Rivera y Dante Scherman víctimas del 11-M.

Las víctimas del 11-M aún llevan "la metralla en el alma". Aún permanece en ellos la herida psicológica que les acompañará a pesar de los años, a pesar de la distancia. La delicada situación de los afectados por terrorismo se ha acentuado en los últimos 13 años por el golpe de la crisis económica de 2008. La mayor parte de los viajeros de los trenes era gente trabajadora, estudiantes, vecinos de barrios humildes, de Santa Eugenia, Villaverde, Coslada. Muchos de ellos perdieron su empleo o encontraron uno precario que no les permitía hacer frente a la hipoteca. La recesión económica les fue poniendo cada vez más trabas y hoy tienen una situación vulnerable. 

Jakeline en su piso en Aranjuez.
Jakeline en su piso en Aranjuez.

Es el caso de Jakeline Rivera, de origen ecuatoriano, de 44 años. La mañana del 11 de Marzo se subió al tren en Entrevías camino hacia Arturo Soria donde trabajaba cuidando a un niño. Abrió Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez y se puso a leer, hasta ahí llegan sus recuerdos. Se despertó en el hospital 12 de Octubre y allí la encontró su familia. Tuvo que dejar el trabajo. Con el tiempo su situación mejoró. Empalmó un trabajo con otro y obtuvo la nacionalidad pero en 2009 todo se truncó. Tuvo que dejar su vivienda de protección oficial antes de que la desahuciaran y se mudó a Aranjuez. Allí vive en un piso de alquiler por 300 euros. "Antes ganaba bien pero ahora tengo un contrato a tiempo parcial...¿con 600 euros qué haces?", cuenta. 

Dante en una cafetería Guadalajara.
Dante en una cafetería Guadalajara.

Catalina Jiménez, de 54 años, y Dante Scherman, de 59, no faltaron ni un día al trabajo tras los atentados. “Pensaba que si me daba de baja no iba a volver a trabajar. El lunes siguiente cogí el mismo tren. Y el martes, y el miércoles. Hice un esfuerzo inhumano", recuerda Scherman entre sollozos. Estas víctimas deseaban superar el drama y recuperar sus vidas, no querían agarrarse al dolor, pero a los días aparecieron los mareos y los ataques de ansiedad. Este hombre fue notándose cada vez más mermado y decaído hasta que finalmente dejó su empleo. Se veía incapaz de asumir la responsabilidad que le exigía el puesto. Scherman aún se pregunta cómo pudieron atentar contra gente modesta. Contra gente que iba a trabajar, universitarios. Contra trabajadores que iban "con sus bolsas de comida" para el almuerzo.

Catalina en su casa en Pueblo Nuevo.
Catalina en su casa en Pueblo Nuevo.

Jiménez recibió atención psicológica y volvió a su rutina sin grandes problemas. Era administrativa, pero en el año 2013 la despidieron. Se había separado de su pareja, tenía una hipoteca que no podía asumir y tuvo que dejar su casa. No trabaja desde entonces y duda de que pueda asumir durante mucho tiempo el alquiler del pequeño piso al que se mudó en Pueblo Nuevo. "La calefacción no la pongo, mi calefacción es la manta. La familia me ayuda pero no puedo seguir así toda la vida y ya tengo una edad...no sé si voy a encontrar un empleo", reflexiona. 

"Las víctimas del 11-M tuvieron unas secuelas en ese momento, pero hoy siguen siendo víctimas y los problemas evolucionan con ellos, día a día. Muchos han perdido audición con el tiempo o sus trabajos y sus casas. Las secuelas a veces dan la cara con los años pero como la sentencia del juicio no las recoge, las instituciones no se las reconocen como daños por el atentado", explica Pedro Pérez, trabajador social de la Asociación 11-M Afectados de Terrorismo. Jakeline y Dante conviven con unos pitidos constantes dentro de los oídos. "Son como grillos que no se callan, por eso no te puedes olvidar nunca de lo que has vivido, te acompaña siempre", explica ella.

Esta mujer, madre de una joven de 18 años, de voz dulce y espíritu positivo no tiene ganas de pararse. A pesar de enfrentarse cada día a la precariedad en todos los ámbitos de su vida tiene ganas de avanzar. Se sacó un certificado de profesionalidad para trabajar con personas mayores, con ayuda económica del Ministerio de Interior y de la Asociación, y su próximo reto es ser auxiliar de enfermería. "A ver si lo consigo y tengo más ingresos", dice con una sonrisa. Los héroes y heroínas de nuestro tiempo no llevan capa de invisibilidad ni vuelan. Se levantan cada día a las seis de la mañana, atraviesan la ciudad en transporte público para llegar a sus empleos, cada vez más precarios, pero que no se resignan, resisten y luchan por sobrevivir. 

José Martín, Catalina Jiménez, Jakeline Rivera y Dante Scherman en la estación de Santa Eugenia. ampliar foto
José Martín, Catalina Jiménez, Jakeline Rivera y Dante Scherman en la estación de Santa Eugenia.

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