Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
ANÁLISIS

El arte de incordiar a tus jueces

Artur Mas negó haber dispuesto físicamente las urnas el 9-N de 2014. Homs, hizo este lunes lo contrario

Francesc Homs a la salida del Tribunal Supremo tras declarar por la consulta del 9-N.
Francesc Homs a la salida del Tribunal Supremo tras declarar por la consulta del 9-N.

La diferencia es de calado. Artur Mas negó haber dispuesto físicamente las urnas el 9-N de 2014. Se distanció en la vista oral de los hechos tangibles, los endosó a los voluntarios. Y optó por asumir una genérica responsabilidad política.

Su valet de chambre, Quico Homs, hizo este lunes lo contrario. “Asumo todos los hechos que usted me incrimina e incluso podría añadir más”, dijo. Fantástico para un catalán comarcalista, la supuesta tímida antítesis del chulapo madrileño.

El descarado desplante diferencial arranca de que las pruebas contra Mas son vericuetos y contra Homs hay una carta firmada humeante: ordenaba a la informática T-Systems desoír la prohibición del Tribunal Constitucional (TC) del 4 de noviembre y la amenazaba con acciones legales “por no cumplir el contrato” de suministro.

También se explica porque Mas tiene dos flancos para zafarse: la falta de reiteración en la alerta del TC, primero; la ausencia de dolo o intencionalidad de incumplir (o su ardua comprobación), en el límite. Pero la intención de Homs va en su firma.

Y las expectativas son distintas: Mas aspira a la absolución o a una condena de inhabilitación leve, para poder retornar al poder. Homs solo puede volver en la estela de la palma martirial: a mayor pena judicial, mayor opción a redención política.

¿Por qué? Muchos ignoran que en su (nuevo) partido se la tienen jurada. Le atribuyen una frivolidad despótica cocausante del declive de Convergència. Hasta esperan que “el punto de temperatura” para recuperar indecisos en pro de la secesión venga por una sentencia contra Carme Forcadell — que estuvo en Esquerra— y no por causa de Homs. La normalidad le asfixia.
Porque le ignoran. Por eso necesita sobreactuar, gesticular y doctorarse en el noble arte de incordiar a sus jueces. Por eso “lo volvería a hacer”. Por eso indica que en la providencia del TC “hay una decisión política”. Por eso le acusa de adaptar “su agenda a lo que le conviene al Gobierno”. Por eso, si el Supremo le condena será “el fin del Estado español”. Nunca se oyó nada más grandilocuente, ni más agónico: su absolución particular, convertida en garantía de la sostenibilidad de España.

Nadie descarte, pues, que las sentencias sobre Mas y sobre su ayudante —dos casos no idénticos— acaben siendo de distinto gramaje. Así podrán especular con que los (traidores) jueces catalanes son más demócratas que los (esclavos) magistrados españoles. Y seguirá el espectáculo.

Homs es el más auténtico. Cuando el secesionismo se agarra al clavo ardiendo de una condena muy fuerte, o a una sobreactuación del Gobierno retirando urnas (para eso las quiere poner), actúa colectivamente como él. Su mejor baza de triunfo es la catástrofe general. Porque a Mas y a Homs ya los inhabilitaron sus votantes: de tercer partido en el Congreso, a carecer de grupo; de 62 escaños en el Parlament, a 29; de primera fuerza catalana en la Eurocámara, a cuarta o quinta en las encuestas. Perdieron la coalición, el santo, la seña y hasta el nombre del partido.

Más información