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Entroido: donde el Carnaval es una forma de ganarse la vida

Cigarrones y peliqueiros mantienen en la provincia de Ourense una fiesta ancestral que comienza con un rito casi taurino del vestuario

Marcos Álvarez, en su taller.
Marcos Álvarez, en su taller.

En el valle de Monterrei (Ourense) resiste uno de los carnavales (Entroido en Galicia) más ancestrales del mundo. Días antes del miércoles de ceniza el caos irrumpe como hace siglos dándole la vuelta al orden social. Pero aquí no hay espectáculo, sino clara exhibición: la de las figuras de peliqueiros (en el municipio de Laza) y cigarrones (en el de Verín), protagonistas de una especie de psicodrama que comienza con una liturgia íntima, la del vestuario, similar en no pocos aspectos a la taurina.

El hombre (y ahora alguna mujer) asume su nueva identidad, de cigarrón o peliqueiro, mediante un proceso de transformación para el que se necesita tiempo y la ayuda de una o dos personas. Una vez vestidos, los cigarrones salen en grupo, corriendo, provistos de látigos y sin pronunciar una sola palabra. Su poderoso silencio se hace estruendo con el sonido de los cencerros que cuelgan de sus cinturas. Nadie les chista. Nadie interviene.

“Yo soy cigarrón. Me vestí por primera vez a los cinco años. Hay que sentirlo; hay que tener un sentimiento de orgullo de pertenencia a una zona que no todo el mundo tiene”, explica Miguel Rosas los resortes que mueven a algunos verinenses como él a transformarse, mediante un vestuario de origen aún poco claro, en una figura enmascarada que sale a dominar las calles del pueblo durante cinco días concretos del mes y pico que dura el Entroido. “No es un disfraz”, puntualiza Rosas. “Nosotros no nos disfrazamos, nos vestimos”, recalca.

Su liturgia comienza con la exposición de cada pieza de su vestuario en el salón de su casa, en donde se recluye sin más presencia que la de un par de ayudantes para someterse a la transformación. Empieza por las medias (artesanales, de lana trenzada, adquiridas en mercerías del vecino Portugal) que se sujetan por debajo de las rodillas con unas ligas rojas. Después, los ayudantes lo envuelven (debajo de las costillas flotantes y encima de la cadera) en dos fajas, también rojas, muy tensadas y enrolladas en sentido contrario. Sobre los pantalones le ponen un cinturón con seis cencerros que aportan entre 8 y 10 kilos a los 20 que acaba pesando el traje que se completa con camisa blanca, corbata roja, chaquetilla torera adornada con ribetes dorados y charreteras antiguas en las hombreras. Zapatos negros.

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Más de media hora para cumplir un rito que culmina con la colocación de una máscara de madera tallada a mano y hecha a medida para que encaje como un guante en las facciones de cada cigarrón o peliqueiro. La máscara se prolonga en una mitra metálica con el dibujo de algún animal y cubierta de piel de conejo. Detrás cuelga una peluca (a estas alturas ya sintética). En definitiva, la simbiosis de los poderes de la bravura animal (el toro el que más) y de las mañas de su matador.

Marcos Álvarez se somete al mismo proceso litúrgico que Rosas en su pueblo de Laza. Es peliqueiro (el traje apenas tiene variaciones) y como el verinense se “vistió” por primera vez a los cinco años. Ahora tiene 33 y lleva desde los 18 haciendo de forma artesanal, “en un tallercito que tengo”, las máscaras de madera de cigarrones y peliqueiros de la comarca. No vive de esto: es bombero forestal. “Me suelen hacer entre ocho y diez encargos al año y las máscaras son intransferibles y para toda la vida”, afirma, dejando claro que la tradición no mengua. Álvarez detalla el mismo sentimiento que Rosas al hablar de los motivos que lo llevan a vestirse de peliqueiro: las raíces, el sentimiento de pertenencia a un pueblo, el vínculo generacional...

“Laza es pequeño y el Entroido es, sin duda, la fiesta más potente”, afirma. Lo es; de las más potentes de Galicia y de las más antiguas del mundo. Una ritual exhibición del caos en donde, como ocurre en Verín o en Xinzo (los tres municipios forman el llamado “triángulo mágico ourensano”), el Entroido es, más que alegría y desfiles de disfraces, auténtico follón. Para muestra, el lanzamiento, el “lunes borralleiro” -lunes de Carnaval- de barro y hormigas sobre la multitud que llena, mirando, el pueblo

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