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Yo no soy chivato

El acoso escolar solo es posible gracias a la complicidad del grupo que ríe las gracias o calla cómplice. Denunciar abusos acarrea todavía el estigma del soplón

Grupo de mediadores contra el acoso escolar del instituto Camilo José Cela en Pozuelo de Alarcón, Madrid. EL PAÍS VÍDEO/ FOTO: SAMUEL SÁNCHEZ

“Es el día a día de las aulas, que se rían de un chico, que le acosen. Todos lo saben, los profesores también, pero nadie dice nada. Crees que no es para tanto. El problema es que estas cosas evolucionan y pueden acabar peor. Tú le ves cada vez más triste y piensas, ‘podría haber ayudado”. Deborah es alumna del IES Camilo José Cela de Pozuelo de Alarcón. Tiene 15 años y, sentada en semicírculo junto a un grupo de compañeros, da en el clavo. El acoso escolar solo es posible gracias a la complicidad del grupo que ríe las gracias o calla cómplice. El problema es que denunciar abusos acarrea todavía el estigma del chivato. Los compañeros son una de las claves para frenar una lacra que se vive a diario en los colegios e institutos españoles. Los datos que ha publicado la UNESCO esta semana afecta o ha afectado a uno de cada cinco alumnos en el mundo.

Los expertos identifican a los compañeros, al grupo, como una figura clave para desactivar al acosador. Los padres de Lucía, la menor que se suicidó en Murcia el 10 de enero, han pedido que se revisen los protocolos para detección del acoso, que supuestamente se aplicaron a su hija en el instituto y que no detectaron los abusos que ella les relató meses antes de morir. “No basta con que las escuelas tengan un protocolo de actuación cuando hay acoso. Esto no es una cuestión de víctimas y acosadores. Hay demasiadas personas buenas que miran hacia otro lado. El grupo tiene que estar dispuesto a intervenir a la mínima señal”, señala María José Díaz Aguado, directora de la Unidad de psicología preventiva de la Universidad Complutense de Madrid y autora principal del único estudio estatal que existe hasta la fecha sobre el acoso escolar. Un grupo de alumnos que se para a reflexionar lo que sucede a diario en sus aulas, le da la razón.

Ana, una alumna de la ESO madrileña, sentada en un semicírculo con otros compañeros en un aula, reflexiona así: “La gente que se chiva… Bueno, chivarse es una palabra un poco fea. Esa gente es muy valiente. Casi nadie se atreve por miedo a lo que le estén haciendo te lo hagan a ti. Luego cuando ya se pasa el tema o cambias de clase, te das cuenta de que deberías haber hecho algo porque al final las circunstancias de que te podían haber llamado a ti chivato no son para tanto. El chaval lo estaba pasando mal y tú no hiciste nada. Eso se te queda y luego te arrepientes mucho”.

Estamos en Pozuelo de Alarcón, en el Instituto Camilo José Cela. Son las doce del mediodía y Yousseff, Almudena, Ana, Asier, Abraham, Deborah (todos de 15 años) y Teresa (de 17) acceden a sentarse y a sincerarse. Retratan con crudeza la cobardía, los miedos e inseguridades que habitan las aulas de los adolescentes españoles. Este no es un instituto especialmente problemático, ni ellos son alumnos especiales, pero aquí se trabaja activamente para prevenir. Trazan un retrato del día a día de un centro educativo cualquiera. El resultado es estremecedor.

“No hablas porque tienes miedo a que te puedan etiquetar de chivato y la tomen contigo, a ser el acosado”, prosigue Deborah, que confiesa que juega al fútbol y se planteó dejarlo para no ser diferente del resto de las chicas. “El chivato en realidad es muy valiente”, reflexiona Ana. Esto dicen del silencio:

Yousseff: “Se calla por miedo o porque quiere integrarse con ese grupo. A veces es poder físico, de fuerza o alguien muy querido, el más malote. Estar con él y gozar de varios privilegios como ser respetado te lleva a ayudarle, a callarte”.

Ana: “Si le pegas y tienes a 20 detrás diciéndote ‘qué bien, qué guay eres’ o ‘qué valiente’, no van a parar. En cambio, si le pegas a un niño y te dicen ‘tú eres tonto’, pues vas a parar de hacerlo”.

Deborah: “Toda la clase tiene que saber que quien ríe la gracia al acosador, está participando en el acoso”.

Los chicos también hablan de cómo son los estudiantes a los que todos quieren parecerse, qué significa ser guay y tener el prestigio social que temen perder si se chivan. El chico guay es “malote. Es chulo. Va de subidito. Pasa de todo. Es un graciosillo. Es muy popular. Siempre está rodeado de amigos. Nunca está solo. Todo el mundo quiere estar al lado de él. Bebe, fuma”, explica Ana. “Las chicas guays son delgadas, se arreglan mucho y pueden estar con varios chicos a la vez”, añade Teresa.

Aproximadamente la cuarta parte de los centros de secundaria españoles (23,7% según el Estudio estatal sobre la convivencia escolar, el último disponible, editado en 2010 por el Ministerio de Educación) tienen equipos de mediación para resolver conflictos. En ese mismo estudio, se preguntaba a los alumnos. Cuando sucede un caso de acoso en tu instituto, ¿qué sueles hacer? El 12% dijo que quería intervenir, pero no se atreve porque no tiene poder y piensa que pasaría a ser víctima. De ahí se desprende que tener amigos es una de las principales fuentes de protección. Por eso, no sorprende que las agresiones se ceben sobre todo con los chicos más solitarios. El 32% interviene solo si es amigo y el 36% piensa que debe intervenir en cualquier caso. El 14% se declara indiferente, es decir, aseguran que no intervienen porque ni es su problema ni les parece mal y el 4% participan. En resumen, hay tres grupos de silenciosos: los que solo defienden a sus amigos, los que no se atreven y los que piensan que no es su problema. Juntos suman mayoría.

“El papel de un espectador no tan inocente puede transformarse en el de un testigo resistente o un defensor valiente: una persona dispuesta a defender un objetivo para hablar y actuar en contra de una injusticia”, recoge la autora estadounidense Barbara Coloroso en un libro sobre bullying con un título elocuente: El acosador, el acosado y el no tan inocente espectador en el que refleja que el 86% de los alumnos estadounidenses de 12 a 15 años aseguraron que habían sido insultados o acosados en la escuela, “Acosar es más habitual que fumar, el alcohol, las drogas o el sexo en esas edades”, remarca Coloroso. “El matón ya no está actuando solo: los espectadores se han convertido en un grupo de matones que también denigran el objetivo”.

Tres roles

El espectador, el chivato. Es uno de los aspectos que tratan los programas de convivencia que ha implantado la fundación Anar en 18 colegios. Se trata del programa del Buen trato, en el que participan por ejemplo los alumnos del instituto de Pozuelo y en el que uno de sus objetivos es desactivar el miedo a ser etiquetado como chivato. “Queremos que los alumnos sean conscientes de los tres roles”, Benjamín Ballesteros, director de Programas de Anar. Ya en la primera sesión trasladan el mensaje de que quien es testigo de algún tipo de violencia no debe tolerarla. “Ellos tienen que interiorizar ese derecho y transmitirlo a los compañeros, es un efecto en cadena”.

“Que la Guardia civil vaya a dar una charla es bueno, pero hay que hacer mucho más. Hay que cambiar la cultura”, como en el caso de la violencia de género, recomienda Díaz Aguado. Marta Domaica, experta en convivencia escolar del Ayuntamiento de Pinto en Madrid, cree que las escuelas deben ser “más abiertas y democráticas, donde los alumnos establezcan normas deberes y derechos y los derechos humanos y la no violencia sea uno de los ejes”. Domaica es una de las artífices del programa de desarrollo integral de la convivencia del colegio público Las Artes de Pinto, que este año ha recibido el premio de Prevención del Abandono escolar y la Prevención y Atención del Acoso escolar del ministerio de Educación.

Allí, han diseñado programas de mediación para todos los espacios, el comedor o el patio, donde los profesores tradicionalmente no están tan pendientes. Domaica pone el énfasis en la mediación entre iguales. “Las familias piden más vigilancia, pero no es la solución”, asegura. Para Domaica, como para otros expertos una de las recetas del éxito es que los programas nazcan de los propios centros y que los alumnos lo asuman como algo propio. “La clave no es que venga un grupo de expertos y te lo haga”. En Pinto también se esfuerzan en borrar el estigma del testigo que da la alarma. “El mediador no es un chivato”.

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