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El trabajo del futuro

El paro es el principal problema de España. Urge crear empleo, y empleo de calidad

Los robots y la inteligencia artificial amenazan los puestos de trabajo como hoy los conocemos

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Decenas de personas, ante una oficina de empleo en Vallecas.

Alcoi, 2 de marzo de 1821. Un millar de campesinos y jornaleros de pueblos vecinos que cardaban e hilaban lana en sus casas para la industria textil local asaltan la ciudad “reduciendo a cenizas 17 máquinas y otros enseres”, actuando en cuadrillas, a plena luz del día y “con las armas en la mano”, según relata el Diario de Sesiones del Congreso del 18 de marzo de 1821. Era la mayor manifestación hasta el momento en España del ludismo, el movimiento encabezado por artesanos de Manchester a comienzos del siglo XIX contra las máquinas de la revolución industrial que les dejaban sin empleo.

El tiempo ha demostrado que, pese a dejar perdedores a corto plazo, el resultado de los avances tecnológicos ha sido una mejora de la productividad y del nivel de vida del conjunto de la población. Así ha sido con la imprenta, la excavadora, el tractor, el ordenador personal y tantas otras innovaciones. Con frecuencia surge la discusión sobre si esta vez será diferente, pero con la Cuarta Revolución Industrial (The Future of Jobs, World Economic Forum, 2016) o segunda era de las máquinas (Robots, crecimiento y desigualdad, de Andrew Berg, Edward F. Buffie y Luis-Felipe Zanna), con el auge aparentemente imparable de la robótica y la inteligencia artificial, resuena con fuerza de nuevo el debate sobre el futuro del empleo, la pérdida de puestos de trabajo y la desigualdad. “La tecnología que llega, tiene por su naturaleza la capacidad de transformar la forma en que el trabajo y la producción se organiza”, admite a EL PAÍS Guy Rider, director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). “Como consecuencia del retroceso de los salarios y del crecimiento del capital, el trabajo (humano) ocupa una parte cada vez más pequeña de la economía”, señalan Berg, Buffie y Zanna.

El economista Juan Francisco Jimeno distingue dos cuestiones: cómo la digitalización cambia las relaciones laborales, en casos como Uber, donde consumidores y productores se ponen de acuerdo a través de una plataforma. Eso es un reto jurídico sobre cómo se define lo que es trabajo autónomo y cómo se regula el papel de las empresas que aparecen como intermediarios. “Lo ideal sería regularlo de forma coordinada en todos los países, lo cual va a ser difícil”, señala. El otro asunto es el relativo a los cambios tecnológicos. “Como norma general, está demostrado que los cambios tecnológicos no destruyen empleo a largo plazo, sino que cambian la composición del empleo y llevan a que los trabajos sean más o menos cualificados, lo cual es un reto también para el sistema educativo. Pero los efectos de cambios tecnológicos derivados de la robotización y la inteligencia artificial pueden ser sustancialmente distintos, especialmente si llega el punto en que son básicamente autónomos y llegan a desempeñar una parte sustancial de los empleos que hoy existen. Eso abre paso a propuestas como la socialización de los robots porque genera problemas más sustanciales que en realidad no sabremos bien cómo abordar hasta que no los afrontemos más de cerca”, señala.

Si además del desafío de la inteligencia artificial y la robótica tenemos en cuenta el impacto que ya tiene en numerosos sectores la digitalización, a eso sumamos la globalización de las cadenas de producción, la internacionalización del mercado de trabajo y la dilución de la relación entre trabajador y empresa tenemos algunos de los debates sobre el presente y el futuro del empleo que van a dominar las próximas décadas y que España debería empezar a plantearse.

El mayor problema español

Pero en España la urgencia apremia. El paro no tiene rival. Ni la corrupción, ni la situación política ni la inseguridad, la educación, la sanidad, las pensiones ni, desde hace ya bastantes años, el terrorismo. Ningún problema es, a ojos de los españoles, tan importante como el desempleo, como muestran un mes tras otro los barómetros del CIS. Lamentablemente, es un problema singularmente español. España tiene una tasa de paro que cuadruplica la de Alemania, Reino Unido y Estados Unidos, triplica la de Austria, Dinamarca o Suecia y casi duplica la de Francia, Italia y Portugal. En el conjunto de países desarrollados, la tasa de paro española es la segunda más alta, solo por detrás de Grecia, según los datos de Eurostat y la OCDE. Y lo que es peor, es un problema de décadas. Se agrava con las crisis, pero incluso tras periodos de fuerte crecimiento el paro español sigue siendo mayor que el de los países de nuestro entorno.

¿A qué se debe el alto desempleo español? “Obviamente, el empleo fluctúa por razones cíclicas, pero en un horizonte más a largo plazo el nivel de empleo y paro y las diferencias entre países tienen que ver con cómo organizamos el mercado de trabajo. En mi opinión, en España tenemos todavía que corregir la elevada segmentación del mercado de trabajo entre temporales y fijos, y la rigidez en la negociación colectiva de convenios sectoriales”, explica Jimeno, economista y autor del libro Crecimiento y empleo: una relación turbulenta e incomprendida (RBA, 2016).

Jimeno admite que otros factores como el modelo productivo, la falta de tamaño de las empresas españolas, las barreras a la competencia en los mercados o la dotación de capital de las empresas también influyen y en parte explican que, con una misma legislación laboral haya tasas de paro tan diferentes en distintas comunidades autónomas, pero cree que la raíz fundamental del problema está en las instituciones laborales. La reforma laboral de 2012 no ha terminado de resolver por completo estos problemas.

Ante el problema del paro, hay consenso sobre el fin, pero disenso sobre los medios. “Nuestro mercado de trabajo afronta tres retos fundamentalmente. El primero, seguir recuperando el empleo perdido por la crisis. El segundo reto es avanzar en la calidad en el empleo en todas sus vertientes: estabilidad, retribución, formación, conciliación... España no puede competir de manera sostenida en costes bajos, debe hacerlo en talento. Y el tercero, conseguirlo afrontando las oportunidades que nos depara el futuro del trabajo; la robotización, la globalización, la economía colaborativa…”, señala en declaraciones a EL PAÍS, la ministra de Empleo, Fátima Báñez.

Las reformas previstas

El objetivo compartido es tener más empleo y de mayor calidad. La forma de conseguirlo y hasta el diagnóstico de las causas del elevado desempleo son diferentes. La ministra considera que “la receta es apostar por la flexibilidad para las empresas y la seguridad para los trabajadores”. Más fácil decirlo que hacerlo. El acuerdo entre el PP y Ciudadanos para la investidura de Mariano Rajoy plantea simplificar las modalidades de contratación, introduciendo un contrato de protección creciente (que bebe en las fuentes del llamado contrato único), una mochila austriaca (fondo que los trabajadores acumulan y que pueden llevarse si cambian de trabajo, para favorecer la movilidad) y penalizaciones para las empresas que abusen de contratos temporales. Esas tres figuras, con mínimos matices, se recogían también en el acuerdo entre Ciudadanos y el PSOE para la investidura (fallida) de Pedro Sánchez.

Organismos internacionales como el FMI, la Comisión Europea o la OCDE se alinean entre los que piden otra vuelta de tuerca a la reforma laboral. Pero enfrente tendrán a los sindicatos y, en algunas materias, a PSOE y Podemos. “Queremos recuperar el papel de la negociación colectiva que es fundamental. Por tanto, necesitamos hablar de reforma laboral. Partimos de la exigencia de la derogación de la reforma laboral y queremos hablar con el Gobierno de un calendario para modificar sustancialmente el Estatuto de los Trabajadores en cosas que afectan a la contratación, al despido y a la negociación colectiva”, señalaba esta misma semana Ignacio Fernández Toxo, secretario general de Comisiones Obreras, un planteamiento que su sindicato comparte con UGT. Los sindicatos creen que la reforma laboral de 2012 ha desequilibrado la balanza de la negociación colectiva en favor de las empresas.

Junto a eso, la otra gran asignatura pendiente son las políticas activas de empleo. España dedica a ellas menos recursos que países con una tasa de paro muy inferior y su eficacia ha sido muy escasa hasta ahora. Además de posibles medidas de choque, en esta materia es donde hay que empezar a pensar en la educación y formación como herramientas para un futuro en que el empleo será diferente.

Un empleo diferente

“La perspectiva de conservar un mismo empleo durante toda la vida laboral ha quedado obsoleta en el mundo del trabajo de hoy en día”, se apunta en la Memoria del director general de la OIT sobre la Iniciativa del centenario relativa al futuro del trabajo. El aumento de la movilidad espacial y funcional de los trabajadores apunta a formas de trabajo cada vez más flexibles, a corto plazo y efímeras. Eso a la vez, puede “socavar las sólidas redes sociales fundadas en una experiencia compartida en el lugar de trabajo, así como las relaciones personales forjadas a lo largo de mucho tiempo, o el sentido del compromiso que nace de una relación de trabajo estable”.

Frente al riesgo de aislamiento, inseguridad y alienación, el director general de la OIT apunta también otra visión que resalta las libertades y oportunidades que se podrían generar en mercados de trabajo dinámicos para personas con las competencias necesarias. “La economía actual (…) permite que el individuo tenga un mayor control sobre su vida laboral, lo cual supone una mejora importante en comparación con los trabajos fragmentados y rutinarios, o cuando no extenuantes, que había en la época industrial o preindustrial”.

Frente a la amenaza de los robots, Berg, Buffie y Zanna señalan “la importancia de una educación que promueva el tipo de creatividad y de aptitudes que no desaparecerán frente a las máquinas inteligentes, sino que las complementarán”.

No se trata de quemar las máquinas, como hace 200 años, sino de prepararse para dominarlas.

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