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“No todo se arregla a porrazos”

Inquieta y alegre, la policía Rosa Chamorro entiende su trabajo como un servicio público. El más peculiar de sus proyectos es la ONG Héroes de 4 patas

Rosa Chamorro, policía Nacional.

Lo de Rosa Chamorro fue una vocación tardía. A los 30 años conoció al que sería su marido, que ingresaba entonces en la Academia de Policía, y fue una seducción doble. Lo primero que le decían sus amistades es que ella no serviría para una vida tan arriesgada, que era flacucha, que no imponía; lo que le dicen ahora, cuando va de paisano, es que no tiene pinta de policía. "Lo que yo digo, mejor será para mi trabajo pasar desapercibida", dice riéndose. Esta mujer inquieta y con sentido del humor ha pasado por muchos departamentos, de la oficina de denuncias a patrullar las calles. Entiende su oficio como un servicio al ciudadano y a él se entrega apasionadamente. Se sintió útil, sobre todo, en la atención al complicado universo familiar. Fueron muchos sus desvelos para convencer a mujeres aterradas de que denunciaran a su agresor.

Si te haces cargo de un perro viejo y con enfermedades, por fuerza has de ser buena gente"

Rosa no para. Y en ese no parar se unió con cuatro compañeros para organizar el más peculiar de sus proyectos: buscar hogar a los perros policía que por razón de salud o edad se jubilan. Pusieron en pie una ONG, Héroes de 4 Patas, en la que se articulan adopciones para todas las unidades que precisan de la astucia perruna. Mientras nos encaminamos a la Casa de Campo, donde los policías adiestran a los animales, me va contando."Yo daba por hecho que nuestros perros se quedaban con los guías, y en la mayoría de los casos es así, pero no pueden hacerse cargo de todos".

Rosa Chamorro , policía Nacional.
Rosa Chamorro , policía Nacional.

¿Qué sabe hacer un perro que no podamos hacer nosotros?

Uf, muchísimas cosas. A día de hoy no podríamos prescindir de ellos. Localizan explosivos, estupefacientes, acelerantes del fuego, billetes de curso legal, plagas de chinches, veneno, restos humanos, seres vivos, personas ocultas. No podemos competir con su capacidad olfativa ni rastrear como ellos. Siempre hay gente muy radical que te recrimina que se les utilice para trabajar pero yo trato de explicar que es una cuestión humanitaria. Nadie puede localizar a un bebé que está bajo los escombros salvo ellos.

¿Qué enseñanza recibes tú de estos compañeros?

Los admiro. Me enternecen porque salvan muchas vidas. Para ellos es un juego, son rastreadores natos, sólo esperan que tras su trabajo les mimes, y a mí esa inconsciencia de la gran labor que realizan me emociona. Por eso, lo que queremos nosotros es mejorar sus condiciones de trabajo y buscarles un hogar en la vejez.

¿Cómo son las personas que adoptan a vuestros jubilados?

Si te haces cargo de un perro viejo y con enfermedades, por fuerza has de ser buena gente. Además, los policías que los entrenaron siguen viéndolos. Date cuenta que fueron colegas de trabajo. Yo he visto a más de un policía llorar a la hora de separarse de su perro. Pero los perretes enseguida se acostumbran a la vida tranquila de jubilado.

¿Vuestra acción está sirviendo para concienciar de su valía?

No lo dudo, por primera vez esta semana se ha condecorado en la Academia a cuatro perros. Uno de ellos es Chusky, ya jubilado. Nuestro Chusky estuvo en el terremoto de Haití, buscando a Marta del Castillo, a los pobres niños de Córdoba… Obviamente, a él le da igual, pero la sociedad debe reconocer su valor y su olfato.

Las mujeres sois aún un porcentaje pequeño en la policía, ¿qué estáis aportando?

Sonará tópico, pero tenemos otra sensibilidad, más templanza en momentos conflictivos. Ya ves, yo fuerte no soy, pero cuando patrullaba y había una situación violenta mis palabras servían más que una respuesta agresiva. El 98 por 100 de los casos en los que intervine se resolvieron hablando. Hay hombres que piensan que solo es la fuerza, la fuerza. Y no, te aseguro que no todo se arregla a porrazos.

Cuando llegamos a la Casa de Campo, Rosa saca una bolsa de pasteles para sus compañeros. A eso se le llama sensibilidad. Y también astucia.