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El olvido que ya fuimos

La porfía por el control del relato ya se daba antes de 2011 en Euskadi. El miedo impuso comportamientos defensivos y cobardes

Cartel con el rostro del concejal Miguel Ángel Blanco, secuestrado y asesinado or ETA en julio de 1997. Ampliar foto
Cartel con el rostro del concejal Miguel Ángel Blanco, secuestrado y asesinado or ETA en julio de 1997.

Ochocientos cincuenta y siete ciudadanos (23 niños) perdieron la vida por la acción directa de ETA. La cifra varía según las fuentes consultadas, pero siempre sobrepasa los ocho centenares. Este aserto es difícilmente discutible, aunque nunca se sabe. ¿Acaso no hay quienes niegan la Shoah a pesar de las evidencias? Supongo que menos difícil ha de resultar la negación de una cantidad mucho menor de víctimas.

Según quien lo dé, el siguiente paso en la organización de la memoria colectiva ya toma rumbos diferentes e incluso contrapuestos. Se dirá con razón que aquellas 857 personas no perdieron la vida; fueron asesinadas. Por su parte, los agresores cuentan con adeptos y simpatizantes, no solo en el campo de la política, también en el de la historia, los cuales no hablan de terrorismo, sino de lucha armada, y afirman que aquellas muertes se hubiesen podido evitar solo con que el Estado hubiera concedido lo que se le pedía.

Salta a la vista que todo testimonio comporta tanto una perspectiva como un juicio, y que una y otro, además de dar forma y sentido a un recuerdo por fuerza parcial, determinan si lo narrado es justo o injusto, verídico o falaz. A este respecto, se me figura que la cantidad es tan importante como la calidad. Cuantos más y mejores relatos testimoniales dejemos a las generaciones venideras, mayores posibilidades tendrán de hallar respuestas a los interrogantes que a buen seguro se les han de plantear.

La porfía por el control del relato ya se daba antes de que ETA, vencida y diezmada, se viera constreñida en octubre de 2011 a poner fin (¿para siempre?) a la actividad que le daba su razón de ser: atacar la estructura de un Estado democrático por la vía de liquidar individuos. La traducción de acontecimientos en testimonios no empezó en dicha fecha, sino que ya venía de largos años atrás, con notable participación del periodismo, el reportaje, las entrevistas con los afectados y los estudios de carácter histórico y sociológico. El cine, con sus habituales inconvenientes de financiación, ha hecho asimismo aportaciones meritorias. La literatura, en cambio, ha sido un gran silencio apenas salpicado por unas cuantas voces sueltas, si bien de un tiempo a esta parte asistimos a un incremento de obras de ficción, particularmente aquellas que sitúan el foco del relato en las vivencias de las víctimas.

Sería una indignidad abstenerse de reconocer que la palabra pública discrepante fue perseguida con saña en Euskadi y Navarra por la banda terrorista y sus cómplices. Entre los más de 800 asesinados figuran personas que ejercieron el periodismo. Otras de la misma condición se salvaron por los pelos; la bomba no estalló, quizá aquel día cambiaron de ruta. Tampoco los profesores de universidad se libraron del acoso. No poca gente con oficios vinculados a la palabra se tuvo que marchar. No era insólito que les enviaran un paquete-bomba. A este, por posicionarse en público contra el proyecto totalitario de ETA, le quemaron el coche o el comercio; aquel, por lo mismo, no podía salir de casa sin escolta. Mi librería de toda la vida fue atacada repetidamente con pintura y fuego.

Que una persona borre de su memoria el daño que le infirieron entra de lleno en la esfera de su libertad personal

A otros, durante años, el miedo les coartó la crítica y el relato. Sería raro que no hubiera sucedido así. El miedo (ya sé que no descubro nada) es una pulsión natural, en modo alguno privativa del ser humano. Impone comportamientos defensivos y cobardes que, trasladados a la cultura, inducen al silencio, al escapismo y las medias tintas. No falta en Euskadi quien sostenga lo contrario, particularmente ahora que se han reducido los riesgos asociados al uso de la palabra en libertad; pero el hecho cierto es que si uno se toma la molestia de hablar con las víctimas (y no solo de las víctimas, a distancia), se encuentra con una respuesta unánime: en todo momento se sintieron desamparadas. Todavía es trabajoso y polémico homenajearlas en la vía pública. Cuesta imaginar que nadie, por muy diestro que sea en el arte del camuflaje, pueda relatar la complejidad de su tiempo omitiendo a los numerosos ciudadanos que lo padecieron. El problema, ahora que, según dicen, reina la paz, ya no es de querer o no querer, de atreverse o no atreverse, sino de ostensible carencia de empatía.

Se ha llegado a postular públicamente el olvido, con argumentos edulcorados y buenistas que parecen sacados de una sesión de psicoterapia. La sociedad necesita recomponerse, se nos dice antes de soltar la ristra convencional de metáforas: mirar al futuro, pasar página, tender la mano… No me consta que este discurso haya arraigado entre quienes sufrieron actos de violencia; sí, en cambio, en otros que durante los años sangrientos se acogieron a la zona templada del tablero político. Una cosa es callar por temor a ponerse en peligro y otra hacer como que se dice no diciendo nada, jugando al ajedrez a un tiempo con las blancas y las negras.

Es indudable que el olvido de nuestro pasado reciente o, si se prefiere, su retirada del primer plano del debate, propiciaría ciertas formas cotidianas de la satisfacción, al tiempo que facilitaría la convivencia con nuestros semejantes desde una posición de equilibrio emocional. El olvido así concebido es un bálsamo psicológico, por supuesto legítimo, incluso recomendable en determinadas circunstancias para la salud mental del agraviado. Que una persona borre de su memoria el daño que le infirieron entra de lleno en la esfera de su libertad personal.

La cosa cambia cuando dicho daño fue de índole colectiva y afectó, en consecuencia, a la sociedad entendida como espacio donde los ciudadanos se interre­la­cionan. En tal caso el olvido favorece ruinmente al agresor, pues oculta sus atrocidades, difumina su culpa y le permite, por añadidura, perseverar por otros cauces en los propósitos que impulsaron su crueldad. De hecho, si, como afirma alguno desde estrategias claramente justificativas, la violencia sistemática de ETA fue de naturaleza política, entonces dicha violencia constituye una perversión todavía mayor. Entonces tiene razón Joseba Arregi cuando sostiene que ETA debería pedir perdón al pueblo vasco, en cuyo nombre, sin consultarlo, mató a 857 personas y a ninguna, añado yo, de forma casual, puesto que se supone que en todos los casos los atentados fueron acciones políticas.

¿Es bueno, saludable, conveniente, confiar al olvido o arrumbar en los museos la larga serie de crímenes de ETA? Los contemporáneos de tanto horror, los testigos de época que aún podemos expresarnos desde la experiencia personal, ¿debemos escamotear a las generaciones futuras un testimonio que, además de contribuir a la formación de un fondo documental, trace un dibujo lo más preciso posible de los hombres de nuestro tiempo: de sus acciones, sus fines y sus palabras? ¿O dejamos que novelistas y estudiosos del futuro, sin más recurso que las hemerotecas o lo que les cuenten sus abuelos, redacten la historia? Yo le tomo mi respuesta a Hannah Arendt, quien a propósito del Holocausto defendía la utilidad moral del relato incesante.

Todo testimonio comporta tanto una perspectiva como un juicio, que dan forma y sentido a un recuerdo parcial

Esta opción representa, claro está, una denuncia sin fecha de caducidad, circunstancia a la que contribuyen los propios terroristas al reafirmarse públicamente en las atrocidades que perpetraron, cerrándose a la salida humana que les proporcionaría el arrepentimiento y la solicitud sincera de perdón, y no el mero reconocimiento del daño causado. Porque si reconoces que hiciste daño, ¿a qué puñetas esperas para pedir perdón? Una vez aceptado el mal, ya no tienes excusa para no dar el paso último de la contrición.

Idéntica consecuencia afecta a aquello que confiere a los terroristas identidad en el plano ideológico, lo mismo que a la causa con la cual se comprometieron, ahora teñida para siempre de sangre. Se dice entonces que una sociedad no puede ni debe hipotecar su desarrollo, deteniendo la historia y dedicándose a todas horas, sin solución de continuidad, a darle vueltas a un periodo vergonzoso de su pasado. E incluso se alzan voces (siempre hay alguien dispuesto a pintarle a ETA la casa de blanco) que equiparan el recuerdo con la venganza.

Es dudoso que el conocimiento exhaustivo del propio pasado, incluso cuando no es heroico, perjudique el desarrollo de una sociedad. Antes al contrario, el cierre adecuado de las heridas históricas es un favor impagable que podríamos hacer a nuestros hijos, en lugar de legarles conflictos irresueltos, agravios pendientes, odios y demás. Estoy persuadido de que ocultarles dicho pasado será imposible. Manipularlo ya es otra cosa. De hecho, hay quien lo intenta estos días desde los alrededores mentales de ETA, con famosas visitas a Parlamentos donde no le faltan amigos. Pero son eso, amigos, adeptos, compañeros de circunstancias cuyos aplausos difícilmente podrán acallar el recuerdo sonoro de tantos y tantos heridos, secuestrados, amenazados, agredidos, extorsionados y, no lo olvidemos, el recuerdo más estruendoso de todos, el de los 857 muertos (23 niños) que piden justicia y no cesan de señalar con el dedo a los hombres crueles que los asesinaron, a sus ideas, a sus pretextos, a sus ayudantes.

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es escritor y su último ensayo es Las letras entornadas. Publicará en septiembre en Tusquets Patria, una novela sobre los últimos 30 años de la historia del País Vasco, un tema que también trató en su libro de cuentos Los peces de la amargura.

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