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Recuperar la confianza

La credibilidad de los políticos y de las instituciones sigue cayendo. Hay que replantearse actitudes y moderar el discurso para superar la confrontación

Protesta en Madrid contra el elevado desempleo juvenil en 2011, en uno de los peores momentos de la crisis económica.
Protesta en Madrid contra el elevado desempleo juvenil en 2011, en uno de los peores momentos de la crisis económica.

Una tras otra, las encuestas constatan que la confianza de la ciudadanía en la política desciende cada día. Ni los políticos en general merecen credibilidad ni, en consecuencia, se confía en el buen funcionamiento de las instituciones. Ya ningún líder aprueba, ni siquiera los de los partidos emergentes. Es una obviedad añadir que la campaña electoral sólo puede contribuir a aumentar el desafecto. No creo que las campañas, a estas alturas de nuestra democracia, consigan motivar ni siquiera cambiar el voto de nadie. Acabamos de conmemorar los cinco años de la concentración de los indignados cuya proyección política no ha conseguido sostener el entusiasmo que en principio provocó. ¿Qué habría que hacer o dejar de hacer para que resurgiera una mínima esperanza en la actividad política? Pues es evidente que se trata de hacer algo, no perderse en proclamas grandilocuentes y vacías. La confianza sólo se recupera con acción, con políticas capaces de convencer a la gente de que algo se puede y se va a arreglar.

La lista de lo que habría que cambiar está hecha y repetida hasta el cansancio. Los programas de unos y otros incluyen todo lo que está pidiendo reformas urgentes. Precisamente, uno de los defectos de los programas electorales es su prolijidad que, de entrada, ya está diciendo que casi nada llegará a realizarse. Pero algo habrá que poder hacer. Determinarlo es la tarea a la que tendrán que aplicarse los políticos electos cuando se sepa el resultado de las elecciones. El “sí se puede” funcionó durante un tiempo para agitar algunas voluntades, pero no es suficiente decir que se puede. Ahora toca ponerse a ello y demostrar que realmente se va a hacer algo que satisfaga por lo menos algunas de las demandas.

Para ello, lo primero es cambiar unas actitudes que, de entrada, sólo han producido desencuentros. De la potencia al acto hay un recorrido que exige modestia, razonabilidad, discernimiento, adaptación y mucha paciencia, un conjunto de virtudes que, por lo general, no son las que adornan el quehacer político. Si hay que actuar en común, como lo exige la pérdida de las mayorías absolutas, las polarizaciones no son un buen punto de partida. La confrontación sólo muestra que las distintas fuerzas políticas se afirman a sí mismas no dando a conocer sus proyectos, sino focalizando lo que las aleja del adversario, poniendo límites para no encontrarse, porque parece que no hay discurso posible sin un otro a quien oponerse. Difícilmente se construirán encuentros si uno no es capaz de salir de sí mismo para acercarse al que está fuera. Partir de la confrontación no es la actitud que se espera y hace falta para negociar los acuerdos que serán inevitables tras el presumible resultado de las nuevas elecciones.

Rehuir el enfrentamiento implica moderar el propio discurso. No complacerse en los fallos del rival, sino buscar los puntos de encuentro que sin duda hay incluso entre los partidos más distantes entre sí. Ninguna formación niega que hay que luchar contra la impunidad de los corruptos, mejorar la representatividad política, sostener el Estado de bienestar, recuperar el empleo perdido, abordar el conflicto territorial. No se discrepa en los grandes objetivos, sino en cómo se alcanzan, con qué políticas y con qué compañeros de viaje.

El miedo a perder votos la ciudadanía lo percibe, se llama electoralismo, y sólo produce más desconfianza

Ni la autocomplacencia ni la descalificación del adversario son compatibles con el esfuerzo de contrastar propuestas políticas y buscar posibles acuerdos. Es obvio que la contienda electoral no ofrece el marco pertinente para ese trabajo que obligaría a los partidos políticos a reconocer cuáles son sus posibilidades reales. No todo va a ser posible con los mimbres que resultarán de las elecciones. Reconocerlo y moderar las propuestas de cada uno sería la forma de no obviar la pregunta inevitable: qué se puede hacer.

Una de las quejas más persistentes de los indignados fue la de “no nos representan”. Muchas instituciones se han deteriorado y convertido en cotos cerrados que no ven más allá de asegurar la permanencia de quienes están en ellas. Por ejemplo, nuestro Parlamento es una muestra de institución obsoleta, rígida, impermeable a los requerimientos de la ciudadanía. Más de 40 años de democracia no han logrado acercar los representantes políticos a la ciudadanía. Los intentos de reformar el reglamento, repetidos en todas las legislaturas, nunca han dejado de ser buenas intenciones sin resultado. Pero el Parlamento es y debe ser el escenario propio de la política. Más que la calle.

Si la política de confrontación no conseguirá que se recupere la confianza en un quehacer político al que se le pide algo más que bronca continua, tampoco la sustitución de las formas de representación política por movilizaciones constantes y llamadas a la participación ciudadana lograrán que se afiance una democracia que es y sólo puede ser representativa. Mejorar la representatividad y hacerla más convincente no es sustituirla por un simulacro de democracia directa, sino por acciones y actitudes que den visibilidad al deber de los parlamentarios de representar a quienes les han puesto donde están.

En el Ayuntamiento de Barcelona acaba de producirse un acuerdo de gobierno entre Barcelona en Comú y el PSC. Antes de llevarlo a cabo, ambas facciones quisieron consultar a sus bases sobre su pertinencia. La participación en ambos referendos fue más bien escasa. En ningún caso llegó al 40%. Es dudoso que lo que la ciudadanía anhela para sentirse mejor representada sea tomar parte activa en todas las decisiones políticas. No se trata de restarle valor a las consultas, sino de poner más énfasis en la responsabilidad de los políticos que han sido elegidos para gobernar, esto es, para no cejar en el empeño de sostener y mejorar los servicios, gestionar los conflictos desde perspectivas no partidistas, ocuparse de los más desfavorecidos, perseguir los fraudes, dar señales fehacientes de que se erradica la política clientelar que tanto ha perjudicado a la representatividad democrática.

Ni la autocomplacencia ni la descalificación del adversario son compatibles con el esfuerzo de contrastar propuestas

Confianza viene de confido, “tener fe”. Es un sentimiento de raíz religiosa que tiene que ver con dioses omnipotentes y promesas de salvación eterna. Por eso es difícil confiar en los humanos que son contingentes, volubles y cambiantes. Los filósofos ilustrados intentaron liberar a la humanidad de todos los miedos que la mantenían atenazada e impedían el progreso. Condorcet escribió que “el miedo es el origen de casi todas las estupideces humanas y, sobre todo, de las estupideces políticas”.

Tanto la política de polarización y no moderación como la condescendencia a una participación ciudadana más que discutible son modos de esa estupidez política provocada por el miedo. El miedo no al adversario, que todos fomentan desde sus posiciones particulares, sino el miedo de cada parte a perder votos. Un miedo que se traduce en una mirada corta que no es capaz de ver nada que tenga que construirse a largo plazo y con la colaboración de amplias mayorías. Ese miedo a perder votos la ciudadanía lo percibe, se llama electoralismo, y sólo produce más desconfianza. Es lógico que la gente no vea las instituciones como los espacios idóneos para la política y se eche a la calle.

La confianza no es un afecto que pueda perseguirse simplemente con la voluntad de ser más creíble. Un político gana credibilidad si satisface las expectativas de la gente. Las expectativas ciudadanas son muchas y están claras porque sabemos los problemas que tenemos. El diagnóstico de nuestros males está hecho, lo que falta es el tratamiento adecuado. Faltan proyectos realistas, eficaces y creíbles. Como nadie tiene la clave para aportar soluciones definitivas, no hay más remedio que conjugar opiniones diversas y valorarlas por sí mismas, sin apresurarse a rechazarlas sólo porque vienen del bando opuesto. El clima de confianza debe cultivarse también entre los partidos. Es la base del diálogo y de la democracia.

Victoria Camps es catedrática emérita de filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona y autora, entre entre otros libros, de Breve historia de la ética.

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