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Nos vemos en esta vida o en la otra

Adelanto del nuevo libro de Manuel Jabois sobre el primer condenado por los atentados del 11-M

Jornada del juicio del 11-M en octubre de 2007.
Jornada del juicio del 11-M en octubre de 2007. Reuters

Una mañana de septiembre de 2003 un repartidor de pollos asados aparcó su moto frente al número 10 de la travesía de la Vidriera, en Avilés (Asturias). Era un motorista de la empresa Artesa, comidas a domicilio. Tenía 20 años y medía alrededor de 1,75. Un chaval flaquito que se movía como un bailarín de breakdance. Llevaba vaqueros, una camiseta blanca de manga corta y un casco calimero.

En el portal estaba la pandilla del barrio del Arbolón, unos críos que pasaban el día fumando porros en un muro pegado al garaje, donde veían entrar y salir coches. En aquella época, el vecino del primero se asomaba a la ventana, olfateaba el hachís y pegaba gritos diciendo que iba a llamar a la policía. Se terminó cansando.

El repartidor, que conocía a algunos chicos de cruzárselos en los bares, se paró un momento con ellos. Les dijo que estaba en medio de un reparto y que subía a "pillar unos porros". Los pasaba un vecino del quinto. "Pues nada, tira". Al rato bajó y se despidió.

El barrio del Arbolón, una zona deprimida de la ciudad, tuvo durante décadas el honor de acoger el árbol más grande de Avilés, un olmo gigantesco de cerca de treinta metros al que hirió de muerte un temporal. El periodista Borja Pino, de El Comercio, recuerda que se levantaba "erguido y majestuoso" en el cruce de las calles de Gutiérrez Herrero, Llano Ponte y la avenida de Gijón. El olmo resistió a la Guerra Civil y a la dictadura. Cayó a pedazos en 1973 cerca de donde iba a caer, talado por una paliza, el repartidor de pollos.

Mientras el joven estaba arriba comprando hachís, la pandilla tuvo una idea. Un par de chicos fueron hacia la moto, abrieron el cajetín de comida y sacaron lo que había: un pollo asado y un sándwich calientes. Metieron las bolsas debajo de un coche aparcado y se pusieron a esperar. El repartidor bajó, se despidió de ellos rápidamente ("llego tarde"), se colocó el calimero en la cabeza y arrancó la moto.

Minutos después, un Mercedes 500 negro aparcó en la misma calle, subiéndose a la acera. Del coche se bajó un joven nervioso de 27 años, aproximadamente 1,80 metros de altura y vestido con vaqueros y camisa por dentro, de una elegancia "dominguera", según Gabriel Montoya Vidal, Baby. Raro porque, según la novia del conductor del Mercedes, Carmen Toro, "no se viste nunca, es muy dejado, no se arregla, es muy gitano y viste muy mal. Si no estás encima de él, riñendo, no se arregla nada". Sin embargo, Rubén Iglesias, un amigo suyo, decía que solía ir bien vestido, hasta con corbata: "Yo lo llamaba Titto Bluni porque iba siempre muy elegante".

Tenía el pelo castaño, los ojos oscuros, las pieles blancas y sudadas, y una mirada entre socarrona e ida. Saludó a la pandilla y se puso de cháchara con ella.

Los chavales lo conocían de aquí y de allá, como se conoce a la gente en el ambiente de la calle y los bares. De alguna manera le tenían respeto y temor. Baby recuerda que, en ciudades pequeñas, encontrarse a alguien habitualmente termina desembocando en un saludo formal; las copas hacen el resto. El joven se llamaba Emilio Suárez Trashorras, aunque en Avilés todos lo llamaban el Minero. Baby llevaba un tiempo escuchando hablar de él. En ese momento pensó que por fin lo tenía delante y que le sonaba de verlo alguna vez porque estaba seguro de que eran vecinos.

A los pocos minutos llegó disparada de vuelta la moto de Artesa, comidas a domicilio. Alguien en Avilés se había quedado sin comer. El repartidor se bajó y se dirigió a Emilio como un poseso. No reparó en que el Minero no estaba cuando él arrancó la moto.

—¿Fuiste tú el que me robó el pollo?

Era todo demasiado prosaico. Hasta para Emilio. No fue casual que el repartidor le preguntase a él: era todo un personaje en Avilés. Tampoco que Emilio contestase con ironía que sí, dando a entender que un traficante de drogas, de coches y de dinamita como él había planificado el robo de un pollo asado y un sándwich con tanto detalle que había alquilado un piso durante meses y montado un punto de venta de hachís para atraer al repartidor y así, al alejarlo de su moto, hacerse con el botín.

Emilio fue hacia el repartidor y le dio un puñetazo en la cara que lo tiró al suelo. Fue un golpe inesperado que hizo que el casco calimero rodase por el asfalto. Le pegó uno más en el otro lado de la cara. Y luego se abalanzó sobre él. Dice Baby que fue "una ensalada de hostias", que le rompió la camiseta y que le dio varios puñetazos en el rostro y patadas mientras estaba tirado en la acera hasta que el repartidor pudo salir corriendo.

Los chavales de la pandilla contemplaron la paliza atónitos. Tras terminar, Emilio fumó un porro más con ellos, se subió al Mercedes 500 y desapareció. Uno de los chicos cogió a la carrera el pollo asado y el sándwich, puestos en la carretera, y los metió de nuevo en el cajetín de la moto.

El repartidor regresó acompañado de la policía con la cara hinchada y llorosa. Los agentes preguntaron a los del Arbolón si conocían al autor de los golpes. Todos dijeron que no sabían quién había sido, que no lo habían visto nunca. El repartidor, por su parte, sólo quería recuperar la moto. No se dio parte, ni hubo denuncia, y el chico de las comidas a domicilio desapareció del barrio.

La somanta impactó a todos. Aquel método era la forma que Emilio tenía para impresionar a los más jóvenes y hacerse respetar entre iguales. Baby supo semanas después, cuando le vio sacar la pistola y liarse a tiros con unos camellos a 20 metros de la comisaría de Avilés, que la actitud del Minero era la propia de un intocable.

Baby tenía 15 años, era un chico de piel oscura y muy delgado, con un ojo caído que le daba aspecto de chaval peligroso. Llevaba siempre encima Ventolín, pues era asmático; en muchas ocasiones tenía que parar, coger resuello y echar mano de él. Pocos años antes los médicos le habían abierto el cuello para extraerle una fístula de la que le salía pus a la garganta; dos cicatrices pequeñas debajo de la barbilla recuerdan la operación.

Dice que se quedó asombrado por aquella mirada medio ida de Emilio en cuanto se disponía a atacar a alguien; nunca vio pegar a nadie así. Parecía querer matarlo. Antes de ir a por él, como si tuviese que despachar un rito, se mordió brevemente las uñas. Cuando estaba nervioso, Emilio siempre se mordía las uñas.

Baby, al que también llamaban Gabri o el Guaje, hace memoria. La primera vez que le dirigió la palabra a Emilio fue tras la paliza al repartidor:

—Joder, fiera, menudas hostias le has dado —le dijo.

Uno de los amigos con los que estaba Baby aquel día era Iván Granados, de 21 años. Un chico de gesto aturdido, mirada mansa y buena. Las cejas espesas, oscuras y juntas. Tenía una gordura de san bernardo y le solían llamar Piraña. Baby lo conocía del colegio público Marcelo Gago, aunque Piraña iba algunos cursos adelantado. Volvieron a encontrarse en el barrio, porque Piraña vivía en la travesía de la Vidriera, como Baby y como Emilio. Los dos tenían algo en común: ni Piraña ni Baby habían acabado el colegio. Baby había trabajado como albañil en obras aisladas. Piraña lo había hecho en un taller de coches, en un concesionario, como fontanero y como peón en empresas de montajes y de la construcción. En aquella época se encontraba trabajando en un servicio de limpieza.

Emilio Suárez Trashorras había reclutado con una exhibición de fuerza a dos integrantes de lo que el periodista de EL PAÍS Pablo Ordaz llamaría después "los chicos de Trashorras, la clase de tropa, su fiel infantería". Uno de ellos, Piraña, le dijo "no" en el momento decisivo; otro, Baby, se convirtió en su mejor amigo.

 

Nos vemos en esta vida o en la otra
Barcelona, Planeta, 2016
231 páginas
18 euros
Sale a la venta el 28 de abril

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