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Euskadi evita mirarse en el espejo del pasado

La formación de Iglesias puede alterar definitivamente el tablero político vasco y resquebrajar el sentimiento de pertenencia nacionalista

Celebración el pasado 27 de marzo del Día de la patria vasca (Aberri Eguna) en San Sebastián. EFE

“No hay una relación causal entre la represión franquista tras la Guerra Civil y el nacimiento de ETA y su opción por las armas”, sostiene el historiador Gaizka Fernández Soldevilla. “De hecho, en el País Vasco, la represión franquista causó entre 1.660 y 1.800 víctimas mortales. Se trata de una cantidad de asesinatos muy inferior a la registrada en Málaga (7.471), Badajoz (8.914) o Sevilla (12.507), por nombrar las tres provincias más castigadas por los sublevados”, asegura el historiador bilbaíno.

En su libro La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, Gaizka Fernández desmonta el mito invocado recientemente por ETA de que Euskadi fue víctima de una limpieza étnica, idea que conecta con la tesis del ultranacionalismo vasco según la cual “España” —no el franquismo, parte de los españoles y de los vascos y catalanes, sino España—, sumó el genocidio lingüístico y cultural al militar y policial con el propósito de borrar a la nación vasca de la faz de la tierra. Para el historiador, la dictadura nunca fue un régimen ajeno al País Vasco y a Navarra. “Contaba con la bendición de la jerarquía eclesiástica, el apoyo de un alto porcentaje de la burguesía y las clases populares y la adhesión del carlismo vasco. No estuvo empeñada en un genocidio contra los vascos, objetivo imposible, sino en la persecución de los disidentes. Pretendió acabar con la diversidad política, identitaria, cultural y lingüística en toda España. La idea de que ETA empezó a matar por imperativo histórico es una (consoladora) falsedad”, asegura.

Mientras los mitos nacionalistas reverdecen de la mano de propagandistas nada escrupulosos disfrazados de historiadores —se vuelve a la teoría de que las guerras carlistas fueron un enfrentamiento entre vascos y españoles y, en un ejercicio de desvergüenza intelectual, se atribuye en última instancia a los españoles la quema de San Sebastián llevada a cabo por las tropas anglo-portuguesas en 1813—, empiezan a rellenarse poco a poco las grandes zanjas de la filiación ideológica que dividen a los vascos. En las poblaciones pequeñas y medianas la retirada de ETA libera poco a poco caudales de relación estancados, habilita espacios de contacto antes prohibidos, pero es en las familias divididas donde la distensión restaura afectos congelados y resulta más provechosa. La normalización es una montaña menos accesible y útil ya para las generaciones maduras que tienen sus canales de relación construidos y consolidados.

Que la espita abierta no quede cegada dependerá en buena medida de la honestidad con que se comporte el nacionalismo a la hora de interpretar lo que les ha ocurrido a los vascos, y de prefigurar el futuro común. Puede que la paz vasca no sea otra cosa que lo que ahora mismo se respira: alivio por la retirada de ETA, ganas de vivir horizontes más abiertos e interés en enterrar estas décadas, pero, como señala Gaizka Fernández, “antes de pasar página, convendría leer bien ese pasado trágico para evitar que pueda volver”.

El PNV no quiere emular el ejemplo del independentismo catalán

El nacionalismo vasco, en sus dos versiones, no tiene interés en abordar descarnadamente las razones que explicarían la persistencia de ETA a lo largo de siete lustros de democracia. No quiere interpelarse sobre su acción o omisión y en eso conecta bien con una gran mayoría social que prefiere no mirarse en el espejo del pasado. “Como historiador, me preocupa la versión equidistante que va a quedar de esta historia trágica que ha costado 845 víctimas mortales, un mínimo de 2.533 heridos (de ellos, 709 con gran invalidez), 15.649 amenazados (solo en el período 1968-2001) y un número desconocido de exiliados forzosos y damnificados económicamente. Discrepo de esa idea de reconciliación que se está difundiendo, según la cual todos somos víctimas y todos somos culpables”, indica José Antonio Pérez, autor junto al también historiador Fernando Molina de la obra El peso de la identidad. Mitos y ritos de la historia vasca. Florencio Domínguez, periodista y director de la fundación Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, observa en los planes que desarrolla la Dirección de Paz y Convivencia del Gobierno vasco cierto empeño en que se llegue a la reconciliación personal entre las víctimas de ETA y los GAL. “Puede que todo sea más sencillo, ahora que han desaparecido los agresores. Puede que lo que las víctimas demandan sea simplemente respeto y que no necesiten reunirse y buscar que les quieran. El problema no ha estado ni está en las víctimas, sino en sus agresores”, subraya.

A propósito del relato con el que la izquierda abertzale busca justificar su comportamiento y camuflar su pasado, Domínguez pone el acento en el esfuerzo que realizan, particularmente en el terreno audiovisual, para presentar a los activistas de ETA con su rostro más humano. En el documental dedicado a Mikel Goikoetxea, Txapela, miembro de ETA asesinado por los GAL en 1983 tras haber participado en una veintena larga de atentados mortales, su hija alude al “trabajo” de su padre para referirse a sus actividades y termina profesándole abiertamente su cariño, pero no solo el derivado de su condición filial sino también el que cree que le corresponde por haber militado en ETA.

Elecciones autonómicas

¿Es ese el suelo sobre el que EH Bildu pretende construir la nueva convivencia y su renovado proyecto para Euskadi? De momento, su línea política consiste en emular el “ejemplo” del independentismo catalán aunque en esa vía no puede contar con el PNV. Los nacionalistas de Urkullu saben que no tienen nada que ganar y sí mucho que perder en un escenario de descomposición y crisis territorial de España. Su propuesta de reforma estatutaria para dotar a Euskadi de un “nuevo estatus” perdería sentido entreverada en el envite rupturista catalán. El PNV proclama las virtudes del consenso y la pluralidad y apuesta por la moderación convencido de que, dadas las circunstancias, obtendrá por ese camino la consolidación del autogobierno y mayores avances en los objetivos de su relación con España. Ha sido vencido en votos por Podemos, pero confía en que el previsible reajuste de las autonómicas le restablezca holgadamente en su condición de primera fuerza y le permita formar Gobierno pese a la complejidad que entraña la mayor fragmentación política.

Pero las encuestas están lejos de confirmar un eventual hundimiento de Podemos Euskadi. El electorado vasco tiene una doble faz electoral, según sean comicios generales o autonómicos. El voto estable pragmático seguro ganador nacionalista de las autonómicas mengua en las generales y a medida que la participación aumenta. La pregunta es si Podemos Euskadi aguantará el tirón en las próximas autonómicas, a celebrar en el otoño-invierno de este año. Además de alterar decisivamente el tablero político —complicar la gobernabilidad al PNV, cerrar el paso a EH Bildu y amenazar al PSE con la irrelevancia— eso resquebrajaría el sentimiento de pertenencia nacionalista, la poderosa y provechosa argamasa político-emocional que a medio camino entre la ensoñación y el utilitarismo ha obtenido hasta ahora la adhesión-comunión de la mayoría.