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ANÁLISIS

El toreo se tira al ruedo, por fin

El mundo del toro ha decidido salir en Valencia de las cobardes trincheras para defender en voz alta la tauromaquia

Manifestación en apoyo a los toros en Valencia. JOSE JORDAN (AFP) / ATLAS

Nunca es tarde. Ya era hora. Por fin. El mundo del toro decidió ha decidido salir este domingo en Valencia de las cobardes trincheras en las que ha estado agazapado para defender en voz alta la tauromaquia de los muchos e injustos ataques que está sufriendo por parte de movimientos políticos y sociales. Es una deuda que los de luces, ganaderos, empresarios y taurinos en general tenían contraída con la historia de este país, con quienes han mantenido la fiesta a lo largo de los años, y con quienes la sustentan hoy a pesar de que no atraviesa, ni mucho menos, su mejor momento.

Bueno es que alguien salga a la calle para decir en voz alta que la tauromaquia es una actividad legal en este país; controvertida, sí, pero legal, y considerada por ley patrimonio cultural.

Bueno es que las minorías defiendan sus derechos, y griten a los cuatro vientos que los aficionados a los toros no son torturadores ni pertenecen a una secta de crueles mortales enfermos de morbo. Forman parte, eso sí, de una cultura en la que el toro es el protagonista de un modo de entender la belleza, y disfrutan con la bravura, con un destello, con un golpe de inspiración, con un detalle de armonía, con la grandeza de un héroe artista y un animal poderoso y enigmático.

La fiesta es cruenta, sí, pero no cruel, porque no es la sangre el motivo del disfrute. La fiesta se sustenta en cimientos éticos y estéticos que merecen ser defendidos. El toro muere en la plaza porque es su razón de ser; la misma que lleva a la gallina a hacer un buen caldo. Esa es su misión. Y el toro solo sirve para la lidia en la plaza, para generar emoción y arte… No es la tauromaquia, además, una escuela de violencia, esa que los niños aprenden en la televisión en horario infantil o en los videojuegos; es, por el contrario, una universidad de valores en la que se forjan mujeres y hombres en el sacrificio, el esfuerzo, la superación y la búsqueda de la gloria.

Es verdad que la fiesta de los toros tiene media estocada en las agujas y anda a la deriva y desnortada; es verdad que está fragmentada y desunida, carece de liderazgo y se muestra incapaz de frenar la incesante caída de espectadores. Además, ha cambiado radicalmente la relación del ser humano con los animales, lo que contribuye al agotamiento del modelo, que pide a voces una revolución interna que recupere, si ello es posible, el tiempo perdido.

Pero lo que no se debe permitir es que se prohíba. La fiesta de los toros desaparecerá —si así tiene que ser— el día que el público, cansado de aburrimiento, abandone definitivamente las plazas. Mientras tanto, debe ser defendida como lo que es, una tradición en la que millones de ciudadanos, gente que hace cada día este país, de extracción, ocupaciones e ideologías diversas, esperan encontrar un chispazo de felicidad.

Por todo ello, qué bien que el toreo haya saltado al ruedo. Nunca es tarde, ya era hora, por fin…

 

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