Esperanza y los batracios

Ignacio González es la última rana que se añade al estanque en cuyo fango encontró su hábitat la corrupción de PP madrileño

González y Aguirre el pasado 10 de marzo en el Comité Regional del PP.

Tiene mala suerte Esperanza Aguirre. Tanta mala suerte que los cargos implicados en los escándalos más inquietantes coinciden con los políticos de mayor confianza y hasta de mayor responsabilidad. López Viejo, viceconsejero de Presidencia, figura en el embrión de la trama Gürtel, mientras que Francisco Granados, consejero plenipotenciario de Interior, Justicia y Presidencia, organizó a brochazos la trama Púnica.

“De 500 cargos que he nombrado, alguno me tenía que salir rana”, objetaba Aguirre desde la relatividad estadística. El problema es que el PP no era tanto un partido como un estanque lleno de batracios. Favorecía su desarrollo el hábitat del fango. También lo hacía la amnesia y la ignorancia de Esperanza Aguirre. Ignorancia porque ella misma admitía una responsabilidad in vigilando. Fue la razón que forzó su dimisión a punto de jubilarse -llevaba 12 años al frente del PP- o fue una medida preventiva respecto a los escándalos que comprometen el horizonte judicial del partido.

El ejemplar que ha croado en último lugar es Ignacio González. Ya decidió sacrificarlo Mariano Rajoy en el laboratorio de Génova 13, quizá porque desconfiaba de la honestidad del ex presidente de la Comunidad de Madrid. O porque se temía que pudieran imputarlo a cuenta de las anomalías del ático de Estepona. Ahora no se dice imputar, se dice investigar, de forma que los políticos presuntamente corruptos han encontrado un asidero semántico que no rebaja las dudas pero sí rebaja el énfasis del linchamiento social.

Y las dudas se antojan embarazosas. No ya porque el ático estuviera originalmente a nombre de un testaferro en un paraíso fiscal, sino porque habría sido el premio en ladrillo a la arbitrariedad con que se adjudicaron fincas públicas en favor de la empresa Martinsa, cuyo titular, Fernando Martín, forma parte de los empresarios investigados sistemáticamente en la trama Gürtel. “Cantó” el comisario José Manuel Villarejo y se valió de unas grabaciones que él mismo realizo a González en la cafetería La Mallorquina, otorgando al caso el prosaico sesgo berlanguiano de la corrupción española: tahures y megalómanos hipnotizados en el movimiento circular de la hormigonera.

El ático era el premio tangible, pero Villarejo sostiene que González pudo haber recibido dos millones de euros en dinero invisible por haber adjudicado unos terrenos en Arganda del Rey, de tal manera que la putrefacción en la Comunidad de Madrid estaría amparada desde la cima jerárquica mientras Esperanza se recreaba en la placidez del estanque.

El juzgado de Estepona vincula a González con un delito de cohecho y otro de blanqueo de capitales. E investiga -antiguamente imputa- a Enrique Cerezo por su oscuro papel de mediador, quizá demostrando que la película más famosa producida por el presidente del Atlético de Madrid no aludía al sexo sino a la corrupción: “Desde que amanece, apetece”.

 

Más información